OTRA IGLESIA ES POSIBLE

 Sólo quien sueña es capaz de producir realidades. La utopía en la vida comienza por soñar, aunque no sólo es soñar. Lo último que pueden robarnos en la vida es nuestra capacidad de soñar y nuestro derecho a soñar.

Los números de Utopía que están saliendo a lo largo de este 2003 quieren expresar la urgencia que tenemos los cristianos de mantener nuestra capacidad de soñar; pero soñar para poder hacer después. En el número 45 manteníamos nuestra esperanza en que Otra democracia es posible; en el 46, exponíamos el sueño de que Otra política es posible; ahora, en este número, compartimos con vosotros la convicción de que Otra Iglesia es posible. Desde los pobres, desde las mujeres, desde los jóvenes, desde los colectivos de gays y lesbianas, desde los inmigrantes, desde los curas casados, desde el mundo de la educación y la cultura… vamos comunicando, a través de las pequeñas realidades ya existentes, nuestros pensamientos y experiencias prácticas en la línea de otra Iglesia que estamos ya haciendo. Quizá sea posible –diríamos, modificando un poco el texto de José A. Labordeta– que esa hermosa mañana ni tú, ni yo, ni el otro la lleguemos a ver, pero habrá que soñarla para que pueda ser.

Es posible una Iglesia pobre (no sólo de los pobres y para los pobres) que renuncie, en favor de su independencia, a las ayudas de los estados, a las exenciones fiscales, al constante incremento de su patrimonio, a sus negocios financieros, y sea capaz de compartir y de compartirse, del mismo modo que Jesús de Nazaret se compartió todo entero hasta dar su vida.

Es posible una Iglesia abierta a otras creencias, sobre todo la judía y la islámica, que busque más una praxis ética común que un debate sobre credos, y que esté cada vez más lejana de la religión dominante del mercado y de sus sacerdotes y templos.

Es posible una Iglesia democrática, la que nace de la presencia del Espíritu en el pueblo, la que no se queda unas veces sin Espíritu, otras veces sin pueblo y otras sin ninguno de los dos.

Es posible una Iglesia sin una casta clerical, masculina y célibe que determina lo que hay que creer, lo que hay que hacer y lo que hay que obedecer, porque eso es exactamente lo que Jesús no quiso.

Es posible una Iglesia que huya de la violencia y del poder, incluido el poder cultural; que no se preocupe tanto por la implantación de la religión como asignatura con calificación académica y se preocupe más por el testimonio de las personas y las instituciones, y por una catequesis seria, más adaptada al mundo de hoy, realizada en la familia y en las comunidades (parroquiales o no).

Es posible una Iglesia en la que no sean miembros de inferior categoría las mujeres, los homosexuales, los jóvenes, los curas que comparten su amor con una mujer y unos hijos, las personas divorciadas…

Desde luego, otra Iglesia es posible; ¿es sólo un sueño o está siendo ya realidad?

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