ORAR CON LA DANZA. NUESTRO CUERPO HABLA DE DIOS

Marisa Vidal Collazo

marisavidal@edu.xunta.es

 La danza es una forma de expresión, y, como tal, es también un vehículo para manifestar experiencia religiosa. De hecho, podemos encontrar diferentes danzas rituales en todas las religiones y culturas. La danza es un arte, una forma de expresión humana que nos eleva y ayuda a trascender la realidad. Por esto mismo también es un buen vehículo para ponernos delante de Dios, para la contemplación.

 Quizá nuestra mentalidad europea está todavía demasiado hipotecada por los presupuestos filosóficos griegos y agustinianos que demonizaban al cuerpo y todo lo relacionado con el, tachándolo de imperfecto, mundano, “poco celeste”. Pero el cuerpo es todo lo que tenemos, es nuestra realidad, la que nos posibilita el ser, y, lo que es más importante, es también imagen y semejanza de Dios. Por lo general, la espiritualidad occidental desarrolló la oración como un ejercicio mental, dando por supuesto que la mejor manera de acercarnos a Dios era a través del pensamiento. La danza contemplativa quiere dar una nueva perspectiva a la oración: Dios nos ha hecho corpóreos, y nuestro cuerpo puede llegar a ser un buen vehículo para acercarnos a Dios.

Jesús de Nazaret, la encarnación de Dios, es nuestro referente: a Dios se llega a través del cuerpo, pues cada cuerpo, cada mano, cada pierna, cada vientre, cada mirada, son manos, piernas, vientres y miradas de Dios. Dios nos toca y nos mira a través de los cuerpos y los ojos de los demás.

 Cuando danzamos, nuestro cuerpo y nuestra mente se aúnan, y cooperan mutuamente en la labor de ponernos delante de Dios, en la contemplación. Dejemos ya ese divorcio interno entre mente y cuerpo, y seamos Uno en el Todo.

 El “invento” no tiene nada de nuevo. Israel es un pueblo que danza a Dios desde que tiene memoria. En la Biblia se cuentan, como mínimo, hasta ocho verbos distintos para designar la danza, prueba de su importancia para el Pueblo de Dios. La danza ya está presente en el primer capítulo del libro del Génesis, que narra como, en el caos primigenio, la Ruah (el Espíritu de Dios) danzaba sobre las aguas. Miriam, David o el rey Ajab son también pruebas patentes de la utilización religiosa de la danza. Un buen número de salmos hacen referencia a la danza, incluso están escritos para ser danzados.

 En el cristianismo primitivo no estaba estipulada la danza en su uso litúrgico, pero sabemos que hay comunidades que la usan. Un dato significativo: en el Evangelio apócrifo Hechos de Juan, Jesús antes de ser arrestado, baila una danza del círculo con los apóstoles. La danza, pues, no era algo ajeno a las primeras comunidades.

En los Santos Padres encontramos referencias a cinco clases de danza: bíblica, celeste, mística, simbólico-alegórica y profana. En el siglo III, Clemente de Alejandría cita la danza religiosa como un modo de tensión hacia Dios.60 pg 22

 Entre los siglos IV y VIII se cita a la danza como instrumento de culto, como forma de conexión con los ángeles del cielo. Incluso existía la costumbre de danzar alrededor de las tumbas de los mártires. Pero en paralelo con estas prácticas llega al cristianismo la filosofía griega, dominada por un cierto menosprecio hacia lo corporal. El cuerpo es visto como un elemento cuanto menos entorpecedor en el acercamiento místico a Dios. Paralelamente se empieza a denunciar lo inapropiado de ciertas danzas en las celebraciones de las comunidades. A partir del Concilio de Laodicea (siglo IV) empiezan a prohibirse las danzas de forma puntual, tanto las de tipo religioso como las profanas.

La Edad Media va a ver el avance inexorable de este proceso de arrinconamiento de la danza. Sólo queda constancia de unas pocas tradiciones de danza religiosa. Sin embargo, sabemos que algunos místicos usan la danza para ponerse ante Dios. Es el caso de Pascual Bailón, Teresa de Jesús, Felipe Neri. El mismo Domingo de Guzmán adoptaba para la oración determinadas posturas estáticas que le ayudaban en la meditación.

¿Qué queda hoy de todo esto? Poco. En el estado español tenemos el ejemplo de los  “seises” de la Catedral de Sevilla que danzan ante el Santísimo.

En otras tradiciones religiosas cristianas, como en Etiopía, católicos y coptos siguen danzando en sus ceremonias religiosas. Mención aparte merece la Iglesia africana. En el África Subsahariana  la llegada del cristianismo no desplazó la importancia cultural de la danza, y la Iglesia africana danza en todas sus celebraciones, también en las litúrgicas.

 Queda patente con esta rápida reseña histórica como la danza fue vehículo de expresión religiosa en la cultura cristiana, y resistió como tal a pesar de lo poco favorecedoras que pudieran ser las doctrinas filosóficas de cada momento.

 Desde hace un tiempo, está surgiendo con fuerza el empleo de la danza como técnica de interiorización. En el estado español hay una mujer: Victoria Hernández Alcaide[1], bailarina y coreógrafa, que lleva 18 años ahondando y transmitiendo a otros la danza como camino de interiorización. Victoria danza desde que tiene uso de razón. Con 25 años, en 1993, empieza a llevar talleres de Expresión Corporal en Soma y también a danzar en otros encuentros de arte cristiano por toda España: Urca, Vivar, David, Jesús entre los Jóvenes,… En Soma, en 1998, empieza a impartir un taller de Danza Litúrgica, con las danzas que a lo largo de todo ese tiempo ha ido creando y donde vuelca su experiencia de fe. Su trabajo, básicamente danzas cristianas, hebreas y del círculo, ha dado lugar a coreografías que han sido recogidas en una publicación[2] y también a un nutrido grupo de personas que entendemos la danza como una manera de armonizar cuerpo y mente para ponernos delante de Dios.

 A lo largo de diferentes encuentros (La Canal-2002, Casbas-2003, Amorebieta-2004, Manresa-2005, Pueblo de Dios-2006,…) estamos empezando a ser correas de transmisión de este nuevo, y al mismo tiempo viejo, modo de hacer oración. Gracias a la danza, nuestro ser, obra de Dios, se pone ante el Padre-Madre creadora.

 La oración personal sólo es posible si se inicia en el cuerpo del/la que ora, si empieza por el cuerpo, por nosotros, en lo que somos y tenemos. Podemos, por tanto, ponernos delante de Dios no sólo con el pensamiento o el corazón: también con las manos, los pies, las caderas, las piernas,… y entre todos y todas conseguiremos asomarnos a la maravilla que es sentir nuestro cuerpo invadido por la Ruah.

 

[1] Si quereis poneros en contacto con ella: victoriadanza68@yahoo.es

[2] Hernández, María Victoria, Danza Contemplativa. Coreografías, Ed San Pablo. Madrid, 2005.

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