Un mundo sin fronteras

Luis Pernía Ibáñez

(CCP Antequera)

El 14 de septiembre de 2016 Europa dio un paso más en su política de cierre de fronteras al aprobar el Consejo de Europa un Reglamento que legislaba sobre el funcionamiento de la Guardia Europea de Fronteras y Costas, que inició sus actividades a mediados de octubre. Está integrada por la Agencia Frontex (con funciones adicionales) y por las autoridades nacionales encargadas de la gestión de las fronteras.

Europa se encierra más en su torre de cristal, pues la creación de este nuevo Reglamento implica el refuerzo de la Agencia Frontex, que duplicará con creces el personal permanente de la Agencia y que, por vez primera, podrá adquirir sus propios equipos y desplegarlos en operaciones fronterizas sin previo aviso. Se pondrá a disposición de la Agencia una reserva rápida de guardias de fronteras y un parque de equipos técnicos, con lo que ya no habrá escasez de personal o equipos para llevar a cabo las operaciones de la Agencia.

Implica también acrecentar la externalización de fronteras (trabajo conjunto con terceros países). La Agencia contará con un nuevo mandato para enviar agentes de enlace a terceros países vecinos y poner en marcha operaciones conjuntas con su  concurso, incluso en su territorio.

El nuevo paso a la cerrazón conlleva, sobre todo, el fortalecimiento del sistema de expulsiones a través de la creación de una Oficina Europea de Retorno. La Oficina Europea de Retorno, que se creará en el seno de la Agencia, permitirá el despliegue de equipos europeos de intervenciones de retorno integrados por escoltas, supervisores y especialistas en retorno, que trabajarán para devolver a los nacionales de terceros países en situación irregular. Un documento europeo normalizado de viaje para el retorno garantizará una mayor aceptación por parte de los terceros países.

Como dice el poeta francés Marcel Cohen, No hay muro que, en algún momento, no haya sintetizado el mundo. Los muros resumen las incongruencias de la condición humana; por eso existen desde tiempos inmemoriales. Y los hay de todo tipo: desde la muralla china, los muros de los romanos contra los bárbaros, la disparatada y fallida zanja de Alsina, hasta los actuales muros contra los inmigrantes (Frontera de Estados Unidos-México con una longitud de 3,185 km y un coste de más de 3.000 millones de dólares; vallas de Ceuta, Melilla y Marruecos, enmarcadas en el programa fronterizo europeo FRONTEX, que  impiden la entrada terrestre y también marítima de inmigrantes desde el norte de África). Muros que solo crean sufrimiento humano, como las Paredes del Sahara, construidas desde 1980 por Marruecos, de 2.700 kilómetros, que es el segundo muro más largo del mundo después de la gran muralla china y que tratan de proteger las reservas de fosfatos y las reservas pesqueras; o el muro de Israel en Cisjordania (700 km), justificado para evitar ataques terroristas contra la población israelí, pero visto por muchos organismos internacionales como un segundo apartheid, construido para segregar a las comunidades palestinas; sin olvidar que Iraq se encuentra en buena parte cercada por las vallas que han instalado en su contra Arabia Saudí (900Km) y Kuwait (400km). Una fiebre enfermiza de construir muros como las vallas plantadas en diversos países centroeuropeos para impedir el paso de los refugiados o el proyecto de muro entre Francia e Inglaterra con el mismo propósito. Son muros que  expresan el reconocimiento de categorías diferentes de ciudadanía. Y tanto ayer como hoy están para marcar a colectivos de personas como población sobrante, clases peligrosas y, en el límite, como cuerpos sacrificables.

Los muros son un símbolo que ilustra nuestro tiempo para poner de manifiesto las diferencias y las desigualdades sociales. Crean enclaves, zonas de excepción, extraterritorialidad, mundos en sí mismos; y no los hay solo del lado de los privilegiados (como muestra el caso de los countries y los barrios privados), sino de los pobres, como los asentamientos y los barrios marginales. La lógica de los muros nos revela un mundo fragmentado, constituido por islas, que hacen cada vez más difícil construir solidaridades sociales, políticas y culturales mayores.

Pero los muros representan sobre todo un modo de pensar, como escribe en El muro la escritora y socióloga Maristella Svampa. Los muros están, sobre todo, en las conciencias, por eso son los más difíciles de traspasar, retroalimentados permanentemente por un sistema económico que necesita de la amnesia, la fragmentación social y el sálvese quien pueda. Por eso, recordando a Wendy Brown, en su obra Estados amurallados, soberanía en declive, mientras no llegue el sueño de un mundo sin muros donde la familia humana en comunión con la Naturaleza se sienta una como tal, nos toca ser “pico y pala” para derribar nuestros muros  de cada día.

 

 

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