Memoria religiosa

Evaristo Villar

Cuando nació Utopía, ya…

             Utopía y la secularización. Cuando nació Utopía, el panorama religioso en Europa y principalmente en España caminaba bajo la amenaza que la modernidad había lanzado desde finales del s. XIX y primera mitad del s. XX. Se había anunciado la desaparición progresiva de la religión, como había profetizado Nietzsche y habían teorizado los teólogos de la muerte de Dios. La profecía de Nietzsche, “Dios ha muerto”, proclamada en La Gaya Ciencia por el loco de la plaza ante el hazmerreír de los transeúntes, no era la confesión personal de un ateo, como dijo el filósofo Heidegger, sino que suponía “el final de la metafísica”. No obstante, cuando nace Utopía en la década de los 90, en España estábamos aún recorriendo las primeras etapas de las tres que el sociólogo Juan María Gónzález-Anleo llama “oleadas de secularización”, es decir, la anticlerical y la que, por la década de los noventa, iba perdiendo ya interés por las instituciones religiosas, fundamentalmente por la Iglesia católica, y, más en concreto, por su magisterio  y su doctrina moral.

En este contexto, Utopía ha sido testigo, durante los últimos 25 años, de la llegada progresiva de una secularización más radical, esa que va alejando a las personas de las cosmovisiones religiosas, no tanto por enemistad o por odio cuanto por su carencia de interés y utilidad. Se trata de una indiferencia y lejanía creciente que, en palabras de Fernando Sebastián, tan agresivo siempre en estos temas, se manifiesta como “mundanización” o “socialización del descreimiento”. Digamos, para completar el panorama, que esta actitud puede convivir perfectamente con un “pluralismo religioso creciente”, más  volátil y gaseoso, como anunció en los noventa el académico y orientalista  Gilles Kepel en su libro La revancha de Dios.

  1. Utopía y la crisis del cristianismo. Cuando nació Utopía, la Iglesia católica estaba sumida en un monumental proceso de “contrarreforma”, lo que el teólogo Rahner llamó “invierno eclesial”. Era la reacción de la minoría conciliar, liderada por Juan Pablo II y su mano derecha, el entonces cardenal Ratzinger, luego Benedicto XVI. Llegada a la cima del poder, esta minoría, deslegitimada en el aula conciliar (aunque no el teólogo Ratzinger, que estaba entonces con la mayoría reformista), muy conservadora y nostálgica de las glorias del pasado, decidió acabar con lo que todo el mundo consideraba como “Primavera eclesial”, iniciada por el papa Juan XXIII y continuada por la primera etapa de Pablo VI. Desde la minoría,  ahora en el poder,  se decía que se trataba de buscar una “Nueva Iglesia”,  desmadrada entonces, a su juicio, por los abusos litúrgicos, que se apoyaban  en la “errónea interpretación de los textos conciliares” y una “hermenéutica de ruptura” que ponía en cuestión la continuidad del magisterio de antes y después del Vaticano II.

Pero en estos 25 años Utopía ha sido testigo de que a esta contrarreforma, espectacular en los viajes de Juan Pablo II —de quien se decía que “llenaba las estadios y vaciaba las iglesias”—, le han seguido unas consecuencias muy penosas que han llevado a la Iglesia Católica, y particularmente a la Iglesia española, no tanto al “Nuevo Pentecostés” que anunciaba Juan Pablo II, cuanto a la pérdida de relevancia y significación pública. Por citar algunas de sus apuestas más firmes —hoy consideradas graves errores—:  se rechaza  su integrismo doctrinario y su beligerancia y complicidad con políticas conservadoras que no le han permitido entender fenómenos como el laicismo, el secularismo y el pluralismo religioso, lo que ha empujado a la intelectualidad ilustrada a la huída de la institución; se rechaza su verticalismo jerárquico organizativo, su patriarcalismo y su moral mayormente centrada en la sexualidad, lo que la ha llevado a la exclusión de sectores sociales vivos y militantes como la Iglesias de Base y las CCP,  las mujeres y los LGTB, a congregaciones religiosas y matrimonios divorciados; se ha dado la espalda a su forma de espiritualidad,  meramente ritual y litúrgica, lo que ha llevado a muchas personas a buscar otros espacios más personales, participativos, más jugosos y creativos. En definitiva, si es cierto que mucha gente se mantiene aún en las creencias básicas de la religión cristiana y católica, un porcentaje muy elevado no consigue articular esa creencia con alguna forma de pertenencia.

  1. Utopía y las Comunidades de Iglesia de Base. Cuando nació Utopía ya existían las Iglesias de Base y había también una gran red de Comunidades Cristianas Populares  en las ciudades y en el mundo rural; existía el Movimiento Estatal pro Celibato Opcional y tantas y tantas otras agrupaciones dispersas por toda la geografía española. Vistos desde el centro de la institución eclesiástica, todos estos colectivos eran la periferia y considerados generalmente como “malas compañías”, es decir, siempre asociados, en las grandes causas con los movimientos vecinales y sociales, rurales y ciudadanos que luchaban por una mejora en las condiciones materiales de vida de la gente. Pero estos colectivos siempre han adolecido de una gran fragilidad, por su dispersión geográfica y su desvinculación mutua. Y en unos momentos  particularmente tensos como los que existían entre el centro y las periferias eclesiales—cuando “parece que se nos quiere echar de la comunión eclesial”, Utopía 1, p.30)—, es cuando llegó Utopía y se ofreció, desde el primer momento, como instrumento de vinculación y de resistencia conjunta. La verdad es que ninguno de estos colectivos, llamémoslos “Movimiento Cristiano de Base”, se sintió nunca ni fuera de la Iglesia Católica ni formando “una Iglesia paralela”, como algunas jerarquías de entonces hubieran deseado. Su inspiración en el Evangelio y en el espíritu del Concilio Vaticano II y los impulsos que seguían llegando desde la Teología de la Liberación y las comunidades de América Latina les estaban llevando a fundamentar su espiritualidad y su praxis sobre los tres ejes que,  aun hoy día,  siguen vertebrando la identidad de la iglesia cristiana: la opción por los pobres, la presencia liberadora en la sociedad y en la Iglesia y la articulación en comunidades de vida, libres y responsables.

Durante sus 25 años de existencia, Utopía ha sido  cómplice ideal de este Movimiento Cristiano de Base, compañera de sus sueños, altavoz de sus experiencias y testigo de sus luchas. La biografía profética y liberadora de este movimiento quedará para siempre escrita en esos 100 números, que son las verdaderas actas, pegadas a la actualidad de  todo lo que se ha movido entre “los y las excluidas del  paraíso” social y del centro de la Iglesia.

  1. Como Moisés desde el monte Nebo. Hasta aquí el testimonio sincero de Utopía. Y ahora, ¿qué? Testigo de un proceso religioso que socialmente ha desembocado en el indiferentismo postsecular y de unas instituciones religiosas o iglesias cada vez menos relevantes por haber perdido el tren de la modernidad y de un movimiento religioso de base debilitado por el tiempo y la edad, Utopía asume modestamente el papel de Moisés ante la tierra prometida: mira con cierta satisfacción el final de un Éxodo plagado de dificultades y tortuosos caminos, saluda con alegría la presencia de una nueva era cargada de promesa y anima a la búsqueda de nuevas mediaciones acordes con el nuevo tiempo ya presente.

Nadie podrá robarnos el sueño que un día podrá ser realidad. Desde luego, la entrada en la nueva tierra prometida no podemos dejarla en manos de la sociología ni siquiera de la ciencia o la misma teología. Como atestigua toda la historia humana, este nuevo paso siempre ha llegado de la mano de la poesía, en cuanto expresión profunda de la antropología y de la mística que residen en el ser humano. Lo expresó acertadamente el teólogo Rahner cuando, al hablar del futuro del cristianismo y de la religión en general,  dijo que sería místico o no sería nada. Y la hermenéutica gestual del papa Francisco parece que va en la misma dirección.

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