Mar adentro

Mar adentro, mar adentro,

y en la ingravidez del fondo

donde se cumplen los sueños

se juntan dos voluntades

para cumplir un deseo

Un beso enciende el deseo

con un relámpago y un trueno,

y en una metamorfosis

mi cuerpo no es ya mi cuerpo;

es como penetrar el centro de universo:

El abrazo más pueril

y el más puro de los besos,

hasta vernos reducidos

en un único deseo: Tu mirada y mi mirada

como un eco repitiendo, sin palabras:

más adentro, más adentro,

hasta el más allá del todo

por la sangre y por los huesos.

Pero me despierto siempre

y siempre quiero estar muerto

para seguir con mi boca

enredada en tus cabellos.

 Ramón Sanpedro

 

Este poema de Ramón Sampedro parece ser  el leit-motiv  de Mar adentro, un film de Alejandro Almenábar recientemente premiado en el Festival Internacional de Cine de Venecia. La película está basada en la vida y muerte de Ramón Sampedro, tetrapléjico, treinta años en cama al cuidado de su familia y que, con su presencia en la pantalla, ha puesto en candelero el espinoso problema de la eutanasia. Por una única ventana abierta al mundo y al mar, donde él se accidentó en su juventud, Ramón hace viajar a diario su indomable  deseo de morir dignamente. Además de la plenitud y la inmensidad,  el mar recobra en este film el ardiente deseo de muerte y libertad, quizás también de trascendencia.

Es de destacar la fuerte presencia del tema de la “muerte” en la breve pero exitosa obra de Almenábar:  En Tesis tiene un carácter surrealista; más fantasiosa parece en Abre los ojos y en Los Otros; en Mar adentro, finalmente, adquiere tintes melodramáticos: el Sampedro  de Almenábar es ciertamente tetrapléjico, pero rezuma un cierto aire tierno y seductor, lírico y socarrón, un santo laico que acaba transformando la compasión inicial que sientes por la persona discapacitada en simpatía y hasta enamoramiento. No se entiende bien cómo una persona con un perfil como el de este Ramón Sampedro está empeñada en morir.  Pero se entienden bien, sin embargo,  sus argumentos: la falta de libertad y la tremenda precariedad de su calidad de vida.

Los técnicos no dejan de encomiar los aciertos en la dirección de esta película: la luminosidad de su fotografía, la profunda amenidad del texto, el ritmo y la dinámica en la secuenciación de las escenas, la insistente presencia del mar, la definición clara de los personajes y la impecable representación de los y las artistas (¡qué papelón el de Javier Barden, y con él, el formidable trabajo de  Lola Dueñas, Mabel Rivera… casi todos!), etc.

Más al fondo de cualquier calificación religiosa o filosófica está el tremendo drama antropológico y existencial de la persona llegada a estos extremos. Tampoco se puede obviar su dimensión jurídica. Todos estos ángulos habrá que tenerlos en cuenta en el debate antes de tomar partido en pro o en contra de la eutanasia. Quizás, en este sentido, la jerarquía eclesiástica se ha precipitado y debería ser un poco más cauta para no encrespar los ánimos  y llevar  precipitadamente “a pie de calle” un asunto que requiere mayor reflexión y mayor respeto a otras sensibilidades. En todo caso, no parece acertado hacer propaganda  de un punto de vista, respetable ciertamente, pero costeado con el dinero de todos los ciudadanos.     

                                                                      Evaristo Villar

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