LAS VIDAS DE LOS CURAS OBREROS

Esteban Tabares

Sevilla Acoge

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Si el número de los curas obreros siempre fue y sigue siendo muy reducido en todas partes, sin embargo puede afirmarse que sus vidas, modestamente, son portadoras de un significado y de una lectura utópica y simbólica y que prestan un buen servicio tanto a la Iglesia como al mundo obrero y popular. Nunca han sido un grupo de presión, ni tuvieron poder ni influencia social o eclesial. No lo pretendieron, desde luego. Son casi desconocidos, no aparecen en las estadísticas ni en los cuadros de la estructura eclesiástica, pero siempre buscaron ser expresión pública -compartida con otros cristianos/as comprometidos- de una esperanza y testigos de unos valores que se hicieran visibles en el entorno de sus vidas.

            Buscan sencillamente ser signos concretos de humanización y también de la presencia escondida de Dios entre los afanes y combates cotidianos. La historia personal de cada uno de ellos es como una semilla utópica enterrada en lo vulgar y sencillo de la vida obrera y entre quienes no pintan nada en esta sociedad. Un signo pequeño, casi insignificante, pero con capacidad de generar esperanza y fe, a pesar de las decepciones y sombras que a veces nublan el futuro humano. Pues la vida del cura obrero y de quienes se sienten obreros/as del Reino de Dios es como “la levadura que metió una mujer en medio quintal de harina y todo acabó por fermentar”. O también como “el grano de mostaza que, siendo la más pequeña de las semillas, cuando crece se hace un árbol y los pájaros anidan en sus ramas” (Mt. 13,31-33).  

            Los curas obreros –no solamente ellos, claro- abren otras perspectivas en la misión evangelizadora. Son curas y son obreros, uniendo en sus vidas inseparablemente estas dos realidades que parecen contradictorias. No se trata de un plan estratégico para convencer, ni de un compromiso provisional con el mundo obrero y popular, sino de una simbiosis cada día mayor, aunque no exenta de tensiones. No tienen dos formas de analizar la vida: una como obreros y otra como curas, sino que asumen con autonomía y con todas sus consecuencias los análisis y métodos de las organizaciones sindicales, políticas o sociales a las que pertenecen junto a sus compañeros de trabajo. Tampoco renuncian a la dimensión englobante de su fe cristiana, que actúa en ellos como instancia crítica de aquellos planteamientos, tanto obreros como eclesiásticos, que rebajen la dignidad de las personas. Por otra parte, ser creyentes les ayudó con frecuencia a descubrir nuevas dimensiones no utilitaristas en las relaciones humanas.   Asimismo, su fe les ayudó también a buscar la comprensión y la unidad obrera y a mirar siempre hacia los últimos en las reivindicaciones.

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    Los curas obreros han comprobado en sus carnes que puede vivirse de otro modo la relación Iglesia-mundo obrero y popular: como ámbitos complementarios y no con enfrentamiento o alejada separación. Además, creemos que estos curas han sido -y son los que quedan aún- un signo utópico ante el mundo obrero y popular en el sentido de que la fe en Jesús y su Evangelio contienen un inmenso potencial humanizador y revolucionario por su exigencia perenne de justicia e igualdad, imperativos imprescindibles para vivir la fraternidad y para que la presencia amorosa de Dios en la historia humana sea creíble. Ante la Iglesia son un testimonio profético en el sentido de que únicamente entre los pobres, los desposeídos y los explotados germinan las semillas del Reinado de Dios; y de que la Iglesia sólo tiene justificación si ayuda a la liberación de los excluidos-oprimidos siguiendo los pasos del Maestro: “…Y a los pobres se les anuncia la buena noticia” (Lc.7,22), puesto que “Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada” (obispo Jacques Gaillot).    

             En definitiva, una aportación básica de los curas obreros es ser testigos de otra forma de comprender y de realizar la relación entre la Iglesia y el mundo obrero y popular, entre el Evangelio y los pobres y sencillos. Tal aportación significativa la realizan silenciosamente, al margen de la eficacia visible que ellos puedan tener a nivel político, sindical, vecinal o dentro de la Iglesia misma. Puesto que la esencia del signo no reside en su número ni en su potencia arrolladora, sino en su capacidad para indicar la dirección correcta y animar a seguirla.

           A lo largo de los años, han hecho un camino casi inexplorado, entre fuertes dificultades y contradicciones de todo tipo, a veces en medio de la noche oscura de la Fe, pero también en la Alegría de un Evangelio que se contagia al ritmo de la vida de la gente y de los acontecimientos de la historia. Este largo camino comprometido da sentido a sus vidas con una esperanza plena de temor y de gozo a la vez. Todos presentimos el tiempo en que la Palabra terminará por llenar al Mundo, y hablará la lengua de cada cual y nos ayudará a entender la lengua de los demás, hasta que Dios sea “Todo en todos” y la Humanidad una familia bien unida.

           Saben por experiencia propia que algo de esto ya se ha hecho audible y visible en ellos mismos y también en muchas otras personas compañeras y cercanas. Porque la Palabra continúa haciéndose “carne” de mil maneras con la fuerza creciente y liberadora del Espíritu que todo lo habita: “Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Al sediento, yo le daré a beber de balde de la fuente de agua viva. Quien salga vencedor heredará esto, porque yo seré su Dios y él será mi hijo” (Ap. 21,6-7).

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