La propuesta personalista de Mounier

Luis Rosa Invernón

 

 

Emmanuel Mounier (1905-1950) es el padre del personalismo. Según Mounier, podemos llamar “personalista a toda doctrina, a toda civilización que afirma el primado de la persona humana sobre las necesidades materiales y sobre los mecanismos colectivos que sustentan su desarrollo” 1. La clave del personalismo es poner a la persona como centro (de valor) y construir el mundo en torno a las propias exigencias de su esencia. Se trata, por tanto, no de una tendencia filosófica abstracta, sino de un movimiento que trata, en expresión de Mounier, de pensar con las manos. Pensar el presente para descubrir la verdad y los mecanismos del desorden establecido; pensar el pasado para aprender de la historia y encauzar, reavivar y unificar los movimientos en favor de la persona; pensar el futuro para hacer posible una acción transformadora de la realidad que genere una civilización personalista.

Cuando pensamos críticamente el mundo descubrimos que el orden establecido es realmente un gran desorden, pues la persona, que debería ser centro, está subordinada a otras realidades. El desorden que caracteriza a la sociedad actual viene de la subordinación de la persona al capital y de crear una falsa conciencia de felicidad (basada en el placer del confort y la seguridad).

Superar este desorden establecido supone decidirse a andar contra la corriente social poniendo en marcha toda una revolución personal. “Llamamos revolución personal -dice Mounier- a este estilo que nace en cada instante de una toma de mala conciencia revolucionaria, de una revuelta dirigida en primer lugar por cada uno contra sí mismo, sobre su propia participación o su propia complacencia en el desorden establecido, sobre la separación que tolera entre aquello a lo que sirve y aquello a lo que dice servir –y que se expande en un segundo momento en una conversión continua de toda la persona solidaria, palabras, gestos, principios, en la unidad de un mismo compromiso–” 2. Esta conversión personal de la que nos habla Mounier es requisito indispensable 3 para la necesaria revolución comunitaria, que no es más que una reordenación de las estructuras sociales, políticas, culturales, científicas, etc., tomando como centro a la persona.

En este camino de conversión personal el acontecimiento es nuestro maestro interior, y la comunidad nuestro lugar humano de referencia. La comunidad es una persona de personas, un núcleo tejido de relaciones interpersonales que potencian a la persona y la impulsan en el camino de su vocación. El amor es la energía fundamental de la vida comunitaria, que jamás muere en sí misma, sino que es fuente, a través de la fuerza de conversión personal que se vive en ella, de transformación social. “Nuestra creencia fundamental es que una revolución es un asunto de hombres y que su principal eficacia es la llama interior que se comunica de hombre a hombre cuando los hombres se ofrecen gratuitamente a los hombres” 4 . Llegamos a ser persona en la relación interpersonal 5, en la comunicación, a través de un esfuerzo constante por responder a nuestra vocación a través de impulsos creadores.

La conversión personal implica además una desposesión radical de sí para hacerse entrega para los demás; implica optar por los pobres haciéndose pobre para poder ser libre de las ataduras con las que trata de retenernos el sistema capitalista.

 

1 Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo, Ed. Taurus, Madrid, 1976, p. 9.

2 Mounier, E., Revolución personalista y comunitaria, Obras Completas I, pp. 327-328.

3 “Las estructuras exteriores favorecen o impiden, pero no crean al hombre nuevo, quien nace por esfuerzo personal” (Mounier, E., Manifiesto al servicio del personalismo, Ed. Taurus, Madrid, 1976, p. 14).

4 “Debate en voz alta”, febrero de 1946, en Certidumbres difíciles, Obras Completas IV, 152.

5 “Soy amado, luego existo” dirá Carlos Díaz, llevando a su radicalidad el “amo, luego el ser es y la vida vale (la pena de ser vivida)” de Mounier.


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