LA PAZ CRISTIANA. PROPUESTA EVANGÉLICA

Xavier Picaza

Teólogo

A finales del siglo XVIII, Kant escribió un libro muy significativo con el título de La paz perpetua (edición castellana reciente en Tecnos, Madrid 1985). En aquel tiempo, al final de un largo período de un predominio eclesiástico de tipo violento, que se había expresado en las luchas entre católicos y protestantes (siglos XVI-XVII), parecía necesario superar las religiones positivas, para que los hombres pudieran alcanzar por sí mismos la paz, a través de su razón y esfuerzo. Kant pensaba, además, que esa meta final sólo surgiría allí donde los hombres abandonaran los grandes principios de tipo metafísico o religioso y buscaran como puros comerciantes el logro de sus intereses, sabiendo que unos necesitan de otros en un mundo entendido ya como mercado.   

Han pasado dos siglos y hemos visto que «la paz de los comerciantes» que buscaba Kant se ha convertido en la mayor de las violencias a través de la dictadura del mercado, en línea capitalista, y a través del imperio que ha surgido para defender ese mercado, creando para ello una red de mentiras que tienen a gran parte de la humanidad engañada y cautiva. Tampoco las iglesias han logrado ofrecer hasta ahora una contribución importante a la paz de este mundo, quizá porque a veces ellas han estado más interesadas en la paz del más allá y en la defensa de sus privilegios, considerando ese mundo valle de lágrimas y luchas que no pueden evitarse.  Pues bien, a pesar de eso, en este momento en que la violencia parece amenazarnos con más fuerza (a comienzos del tercer milenio), tenemos que seguir buscando la paz a través de la razón ilustrada (aunque por caminos distintos de los que pensaba Kant) y podemos ofrecer una propuesta cristiana, de evangelio, superando las posibles estrecheces y egoísmos antiguos de las iglesias. Esta no será una paz de la razón contra la religión, ni, al contrario, una paz de la religión contra la razón, sino una paz de todos.  Dentro de ellas queremos destacar los elementos evangélicos.

1 Paz de Dios, una paz religiosa y ecológica. Estrictamente hablando, esta paz del evangelio no puede identificarse ya con el triunfo de una determinada confesión cristiana (la iglesia católica o protestante), sino que ha de ser expresión de una fe que se expresa en el amplio campo de la vida, una fe entendida como regalo o gracia. No somos dueños de la vida, nos la han dado; no podemos imponerla por la fuerza, nos la han ofrecido, sin que nosotros hubiéramos hecho méritos para conseguirla. Así decimos que la vida es un don, para nosotros y todos, añadiendo que tiene un valor superior a todos los restantes valores sociales o institucionales.   Desde ese fondo podemos entender la paz como fruto de una gracia que está vinculada con la misma contemplación de la naturaleza, en la línea de Mt 6: «mirad los lirios del campo, mirad los pájaros del cielo…».

Esta no puede ser una experiencia ingenua, pues en la naturaleza hay muchas cosas que nos sobrepasan por su gran dureza y violencia (la evolución de las especies es dura, hay catástrofes cósmicas), pero, al mismo tiempo, ella evoca y despliega ante nosotros el regalo de la vida. No puede haber paz cristiana sin paz ecológica, sin un gran respecto hacia la vida del mundo en el que ha surgido el regalo inmenso de nuestra vida humana. Somos demasiado pequeños para construir la paz, no podemos fabricarla como se fabrica un avión o una máquina. Por eso, debemos agradecerla, como agradecemos la vida: no la hemos hecho, nos han dado la vida. Como dice el Credo, hablando de Jesús, también nosotros somos «engendrados, no creados». Hemos recibido la paz, no podemos hacerla. 

2 Paz personal y dialogal. En este contexto podemos y debemos hablar de la paz como experiencia personal de integración, como un modo radical en el que cada uno agradecemos la vida y  nos aceptamos a nosotros mismos, 53 pg 25reconociendo lo que somos y valorando lo que hacemos, dando gracias por ello, porque Dios o la Vida nos han hecho capaces de vivir y actuar de un modo responsable. En esta línea, la paz es un camino personal, que cada uno debe recorrer descubriéndose a sí mismo, descubriendo su propia vocación, esto es, su lugar y tarea en la vida. Por eso, la paz cristiana empieza siendo una experiencia de maduración interior, de superación de los conflictos y pasiones interiores que pueden destruirnos y hacernos violentos. Sin paz interior y personal no hay paz externa. Así lo ha destacado sobre todo el budismo y las religiones orientales, que interpretan la paz como actitud y  experiencia interior de pacificación.  El evangelio de la paz cristiana puede recorrer un largo trecho con esas religiones.

Pero, siendo integración personal, la paz cristiana se expresa en el amor mutuo y en la justicia social, pues el hombre es amor y sólo cuando le aman y ama de manera radical puede vivir pacificado, superando así el nivel de los intereses (Kant), el enfrentamiento mutuo entre el dueño y el esclavo (Hegel) o un tipo de lucha de clases que habían propuesto algunos tipos de marxismo o que defiende de hecho el capitalismo actual. Ciertamente, los intereses existen e influyen en la vida, pero en contra de Kant, nosotros sabemos que ellos no bastan para construir la paz, porque al final de todo, siendo un don recibido, la paz tiene que ser también el resultado de un esfuerzo básicamente desinteresada y gratuito de los hombres. Esta es la paz de amor mutuo, del descubrimiento y despliegue de la solidaridad, la paz de la justicia, como indicaremos.

3 Paz afectiva, enamoramiento y perdón. En este contexto podemos hablar de la paz como una experiencia afectiva de diálogo en amor: igual que me acepto a mí, tengo que aceptar a los otros como distintos y autónomos, sin querer imponerles mi forma de ser y mis criterios, «mi democracia», «mi religión».  La paz es una experiencia de aceptación de la multiplicidad: es amar a los demás como a mí mismo, a los piensan de un modo distinto y son diferentes. La paz no tiene un color, sino que ha de ser un arco iris de colores, una experiencia en que el blanco se goza de que exista el amarillo y sea distinto y el verde se goza en el violeta, etc. Sin una aceptación y despliegue profundo del amor entendido como descubrimiento y gozo de las distinciones es imposible la paz.  En este contexto podemos hablar de la paz suma del enamoramiento entre un hombre y una mujer (¡tan distintos!), o entre dos seres humanos del sexo que fuere (¡tan distintos!), que descubren en su distinción y amor la paz más alta del misterio, como regalo originario…  Esta es la paz del Cantar de los Cantares,  la paz de los amantes  que descubren su vida como regalo de amor y de esa forma la regalan y comparten, superando el nivel de los enfrentamientos por causa del prestigio o del poder. 

Esta es la paz del perdón, que es el único principio capaz de romper el círculo de una espiral infinita de acción y reacción, según las leyes del talión o de la pura justicia impositiva. Quizá la autora que mejor ha hablado de la paz cristiana como expresión de perdón ha sido la judía Arendt, que sufrió las persecuciones de los nazis:  «El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso y lo articulara en un lenguaje religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular» ( La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, 258). Este perdón es fruto y creación de amor. No es una simple amnistía, ni es resultado de un cálculo partidista, sino expresión de generosidad creadora y de aceptación del otro no sólo como distinto, sino a veces como discordante, pero no para suprimirle (e imponer de esa forma un tipo de pensamiento único y de vida única), sino para superar la discordia en un amor más alto, a través del perdón.

Este es el perdón del Padrenuestro, tomado al pié de la letra: «Perdona nuestras deudas, pues (=como) nosotros perdonamos a nuestros deudores…». A lo largo de los siglos han cambiado las formas en que la iglesia ha celebrado el perdón de un modo personal y social. Actualmente el sacramento del perdón, entendido como confesión privada de los pecados, parece estar en una crisis irreversible. Pero no se puede hablar de paz cristiana allí donde no hay perdón. Por eso, si la Iglesia quiere ser portadora de una paz evangélica tiene ser capaz de crear signos y mediaciones de perdón.

4 La paz de la justicia. Después de lo anterior podemos hablar de la  justicia, entendida en el sentido bíblico, como defensa de los pobres y excluidos, de los huérfanos, viudas y  extranjeros que son privilegiados de Dios, conforme al libro del Deuteronomio (cf. Dt 10, 17-19; 16,11-12; 24,17-22; 27, 15-26). Esta es la paz que rompe todos los esquemas del sistema establecido (que tiene como finalidad la defensa de su orden establecido), para edificarse a partir de los más pobres, a través de una justicia que invierte el orden normal de los poderes del mundo. En la base de la paz cristiana no está una determinada Constitución eclesiástica o civil, nacional o internacional, sino el derecho de los 53 pg 26pobres, de los cojos-mancos-ciegos, de los encarcelados y desnudos, de los enfermos y hambrientos (cf. Mt 25, 31-46). Esta no es por tanto una paz hecha de exclusiones, sino todo lo contrario; ella se construye a partir de los más pobres, no para defender el sistema, ni para excluir a nadie, sino para que los pobres vivan, sueñen, caminen… Y sólo a partir de ellos, en el hueco abierto por esos rechazados del sistema, podrán vivir y tener esperanza todos, incluso los que ahora dicen «paz paz» pero preparan su guerra, es decir, la defensa de sus intereses (cf. Jr 6, 14).

5 Conclusión: la paz cristiana ¿Un proyecto posible?  Kant había programado el surgimiento de una Constitución Civil universal (no europea, sino mundial), una Federación de Estados capaces de vivir en concordia, aunque de hecho ha surgido más bien un mercado egoísta y un imperio violento. Por eso, aceptando los valores ilustrados de su propuesta, será necesario educar mejor a los hombres, para que no caigan en los riesgos del puro mercado y del imperio. Sigue en pie el proyecto kantiano,  pero debe realizarse de otra forma, a través de un camino en el que  puede ser muy importante la aportación de los cristianos, que no deben tomar para ello el poder e imponer su tipo de paz o de moralidad por la fuerza (como ha veces lo han hecho y como lo hicieron lo comunistas rusos el años 1917), sino servir de fermento de paz, desde instituciones que no son impositivas, ni obligatorias.

Eso significa que las iglesias cristianas no se constituyen como un grupo de poder al lado de otros (o por encima de los otros, especialmente de los Estados y del sistema económico-imperial), sino que ofrecen una experiencia de reconciliación concreta entre hombres y mujeres de pueblos y culturas diferentes, no para que ellos abandonen sus culturas y se igualen entre sí, sino para que puedan dialogar y vincularse unos con otros, desde su propia diferencia. El judaísmo era y, en algún sentido, sigue siendo una nación particular al lado de las otras. También el Islam tiende a configurarse, al menos en cierto sentido, como un grupo social, con una cultura propia. Los cristianos, en cambio, no quieren ser una nación, ni un grupo de poder fáctico entre otros, sino que quieren vivir y ofrecer una experiencia de diálogo abierto, unos espacios de paz humana (familiar y social, de perdón y justicia) que puede expresarse en grupos y naciones diferentes, con culturas y formas políticas distintas. La paz cristiana es una fraternidad abierta, de tipo gratuito, que no niega las formas de vida y las culturas particulares, sino que quiere que todas ellas dialoguen en una armonía de amor, en un arco iris bello de colores desde los más pobres y expulsados de la tierra.

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