LA PALABRA ATREVIDA O EL SILENCIO CÓMPLICE

Luis Pernía Ibáñez (CCP Antequera)

 “¿Han dejado ya de llorar los corderos, Clarice?”, dice Hannibal Lecter, el cruel e inteligente psicópata,  a la agente Clarice Starling en referencia a las muchas víctimas silenciadas, que el propio Lecter dado muerte, en El silencio de los corderos, una película  dirigida en 1991 por Johnatan Demme con guión de Ted Tally basado en la novela de Thomas Harris “El silencio de los inocentes” y que se puede extrapolar a la pregunta que los causantes de las víctimas y el pensamiento único hacen a los ciudadanos de a pie, que, como Lecter, parecen decir  “nuestra verdad es la única, a vosotros os toca callar o a lo sumo llorar en silencio”. Así dirigidos y permanentemente silenciados, desviada la atención sobre los asuntos cruciales, los humanos contribuimos de forma incomprensible a la misión de asustarnos y obedecer.

Dice la periodista y escritora Rosa María Artal que el siglo XXI parece haber alumbrado una ciudadanía que precisa tutela y motivación para afrontar el más nimio esfuerzo, salvo fiestas y gestas deportivas. Atados a hipotecas y créditos, al sueño del triunfo fácil, los afectados por la crisis reaccionan con pasividad inusitada a ese atropello que ha constituido el desarrollo de la hecatombe financiera y las medidas de ajuste que decreta, en connivencia o sometimiento de los políticos. “Quienes pueden hacer que creas en absurdos pueden lograr que cometas atrocidades”, avisaba Voltaire.

José Ortega y Gasset reflexionaba hace casi un siglo sobre el nacimiento del hombre-masa, hijo del progreso técnico y tecnológico sin precedentes que se estaba registrando. El filósofo español ya veía que la sociedad no alcanzaba similar nivel de desarrollo. La búsqueda del dinero y de la “utilidad” había empobrecido lo que él llamaba la conciencia moral para producir, decía, un ser vulgar, consciente y orgulloso de su condición, exigiendo su derecho a la mediocridad sin ninguna cortapisa. En los mimos términos se expresaba en 1913 José Ingenieros, médico, sociólogo y filósofo argentino, que los condensó en el título de su libro El hombre mediocre.  Si estos pensadores vieran lo que vino después se echarían las manos a la cabeza.

Y es que el cambio que trajo nuestra época con la comunicación masiva,  fue la configuración del hombre-masa. Una persona desposeída del pensamiento crítico, que no decide y que está sometida a la uniformidad y repetición de los mensajes. Así resulta paradójico ver a una ciudadanía asolada por problemas económicos, escuchando los consejos de austeridad que le dan los que le roban su dinero.  Quizá en el fondo hay un miedo atávico que le incita a mirar para otro lado pensando que así el peligro se evaporará por sí solo. El permanente control impide la capacidad de decidir y afrontar los contratiempos, de equivocarse, caer y volver a levantarse, dado que una voz paternal aparece puntualmente para apagar el conflicto.  Nos hemos convertido en ciudadanos de talla única en cuerpo, usos y, casi, en ideas.

Por otro lado, a los problemas del hombre masa se une el hecho de que en muchos casos la libertad de expresión está maniatada, en función de los intereses del dueño de la TV o el periódico. Ahí están, por ejemplo,  las dos varas de medir con que los medios de masa tratan los temas de Venezuela y Colombia. Tales medios han publicado numerosos datos sobre la influencia que los asesores cubanos tienen en el gobierno venezolano, pero no han publicado la influencia de los asesores norteamericanos durante el gobierno Uribe,  a pesar que incluso Wikileaks publicó los informes del embajador estadounidense en Colombia, que mostraban la clara participación de dichos asesores y sectores del Ejército colombiano en la desaparición y matanza de personas. Colombia es el país latinoamericano que ha tenido el número más elevado de desaparecidos, mucho mayor que Argentina en los años 70 y 80.  Por otro lado, entre las supuestas violaciones está la eliminación de la libertad de prensa en Venezuela, presentando al gobierno Chávez como dictatorial. De hecho el intelectual orgánico del neoliberalismo en Latinoamérica, Mario Vargas Llosa, siempre se refiere al Presidente de Venezuela como el dictador Chávez, lo mismo que en España hace el ex Presidente Aznar.

Los datos, sin embargo, no avalan tal eliminación de libertad de prensa. Según la Nielsen Media Research International (que analiza los medios de comunicación a nivel internacional) y lo publicado por el Center for Economic and Policy Research, de Washington, la gran mayoría de canales televisivos en Venezuela son canales privados. Las cadenas públicas son la minoría y cubren sólo un 5% de la audiencia. El 95% de la población recibe la información de los canales privados, la mayoría fuertemente hostiles hacia el gobierno Chávez. Los canales públicos, que cubren un 5% de la audiencia total, tienen un porcentaje mucho menor que en Francia (un 37%) o en Gran Bretaña (37%) y nadie acusa a los gobiernos de estos países de ser dictatoriales. Es cierto que el tono de las televisiones públicas de estos países es mucho menos partidista que los canales públicos venezolanos, con lo cual, la comparación tiene límites. Ahora bien, la clara hostilidad hacia el gobierno de la mayoría de los canales privados que cubren a la gran mayoría de la ciudadanía es enormemente partidista. La neutralidad y objetividad no existe en tales medios, siendo meros instrumentos propagandísticos de los grupos de presión afectados por las reformas del gobierno Chávez. Hablar de falta de libertad de expresión, cuando la mayoría de los medios están controlados por la oposición, es un indicador claro de la ausencia de objetividad. Por extraño que le parezca al lector español, Venezuela tiene mayor pluralidad ideológica en los medios que España, donde la extensión de la prensa o medios televisivos de izquierdas es muy limitada.

 El modelo neoliberal entiende la libertad de expresión y libertad de prensa como el uso oligopolístico por parte de quien tiene el potencial financiero suficiente para crear medios de comunicación masivos. Mas con la llegada de las redes sociales y la telefonía móvil este imperio se está debilitando, quizás de forma imparable. El gran acierto de los medios alternativos no está solo en haber desenmascarado los grandes intereses ocultos de la prensa comercial, sino también el estar recuperando la frescura de una realidad que late bajo el espeso manto ideológico que le han echado encima. Evidentemente hay que potenciar estos medios alternativos, consolidando redes, periódicos y webs, mientras que habrá que poner en cuarentena la TV,  las informaciones de la prensa de cada día,  y el pensamiento único.

Y habrá que tomar la palabra, especialmente en estos momentos en que se anuncia la reforma del Código Penal previendo condenas a quienes por Internet convoquen manifestaciones consideradas violentas y criminalizando la resistencia pasiva conceptuada como delito de integración en organización criminal.  Evitar por todos los medios ser marionetas manejadas por los mercados, como recordaba Noam Chomsky. Al fin de cuentas todo es una cuestión de opción, bien la palabra profética o profana, bien el silencio cómplice.


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