In Memorian: Paco Cristino

Una semblanza

Lo que amamos nunca muere.

El adiós también es principio de vida.

  También aquí, en Paco, la muerte se ha presentado con su mala educación de siempre: llega sin avisar y, generalmente, cuando menos la esperas. Frecuentemente nos coge a los mortales despreocupados, o, en el mejor de los casos, envueltos en cosas, a veces hasta ilusionantes. Es igual. Siempre llega con su mala costumbre e impone su ley sin atender a razones ni protestas.

A Paco también la muerte lo cogió en medio de sus muchos proyectos. Uno de ellos —y que iba a ser el segundo volumen—, después de su último libro Antología política con ribetes utópicos, construido sobre poemas de la revista Utopía que él mismo seleccionaba con verdadero mimo y que ha tenido tan buena acogida. Y, claro, la muerte lo pilló con esta obra sin terminar. Siempre nos queda algo que hacer en la vida.

A decir verdad, Paco era una persona fundamentalmente buena, machadianamente buena. Y era, además, transparente. Como aquel Natanael del evangelio de Juan que despertó tanto la admiración de Jesús en medio de un pueblo atenazado por la corrupción del poder: “Ahí tenéis un israelita de verdad, en quien no hay engaño”. En Paco, tampoco había dolo; fue transparente y generoso como los árboles del campo.

Siempre tuve la impresión de que Paco se tenía a sí mismo en una alta estima. Pero esa estima era la consecuencia natural de su bonhomía y de su riqueza interior. Una estima que nacía del reconocimiento propio de su gran valía intelectual y moral. Paco disponía de una gran sensibilidad poética y de grandes dotes de observador. El resultado era una autoestima que en nada ofendía, ni humillaba a nadie, sino que generaba empatía y familiaridad, creaba alegría. ¡Esa sonrisa que no abandonaba nunca su boca! Y esa generosidad con que se entregaba a las cosas que hacía a cuantos y a cuantas le rodeaban.

Entendí pronto que Paco era de ese género de personas a quienes el reconocimiento y hasta el halago les satisface, pero no las empuja al orgullo ni a la vanidad. Es el reconocimiento que surge como respuesta a la gratuidad de la entrega y a la dádiva personal. Su fina observación y penetración psicológica puede apreciarse en esta minisemblanza que hace de varios miembros del equipo de redacción de Utopía en una carta personal: “Saluda a los demás del equipo en mi nombre y diles que me acuerdo mucho de ellos. De ti, la dedicación imprescindible; de Jesús, el equilibrado tino; de Emiliano, la permanente entrega; de Pernía, los elocuentes dibujos; de Nacho, la suave reflexión; de Goyo, la sincera intransigencia; de Javier, la ilusionada entrega; de Rufino, la apasionada tenacidad: de Antonio, la preocupación social; de Miguel Ángel, la oblación corporal (ahora tan valorada por mi). De los demás no digo nada porque los o las conozco poco. No se me olvida Luis Ibáñez. Es que no lo sé valorar en relación con la revista, pues él se incorporó después de salir yo del equipo…”

Vivirás, Paco, según la fortaleza de tu fe. Vivirás no solo en el corazón de Dios, sino también en nuestro recuerdo agradecido; vivirás llenando de poesía esa última página que cierra siempre nuestra revista y desde donde, simultáneamente, se ofrece con amor el proyecto inacabado de UTOPIA… Gracias, amigo, y hasta siempre.

Evaristo Villar

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