Iglesia católica y medios de comunicación en una sociedad laica

Teresa Barbado Pedrera

62 Vivir 3

La presencia de la Iglesia Católica en los medios de comunicación parece lógica y necesaria desde su significación en nuestra realidad social e histórica. Precisamente es en función de ello por lo que se justifica su derecho de acceso a la radio y televisión públicas, como se compila en diferentes leyes que también atienden a otras confesiones religiosas. En la actualidad, si nos paramos detenidamente a analizar la relación entre medios de comunicación e Iglesia, observamos con claridad la utilización de este derecho por parte de la institución eclesiástica que además tiene alguno en propiedad, como es el caso de la COPE.

Una vez establecida la premisa desde la que se justifica social y legalmente el uso de los medios por parte de la Iglesia, cuando abordé el presente trabajo me surgieron fundamentalmente muchas preguntas que aún no he podido responder. Por ello he creído que lo más coherente era interactuar con todos aquellos que decidan leerlo, esbozando mis interrogantes y algunas de mis respuestas, todas ellas muy sencillas y aún abiertas en mi reflexión personal.

En un primer momento cuando se me planteó el abordar este tema me surgió cuestionarme sobre a qué nos referimos cuando decimos Iglesia, ¿estamos pensando en obispos y sacerdotes, o en cualquier creyente que pueda realizar una aportación? Mi experiencia me habla de la rareza de encontrar grupos que utilicen los medios como plataforma para reivindicar posiciones o posturas que difieran del mensaje institucional, y si así se ha hecho, lo común ha sido la tendencia a su silenciamiento de diferentes formas (casos recientes tenemos todos en nuestra memoria). Ante esta situación se me ocurrió apuntar hacia la posible existencia de una doble moral, por una parte, la Iglesia institucional se siente legitimada para hablar sobre cualquier tema social desde su perspectiva ideológica, pero por otro no considera que se deba comunicar lo que ocurre en su fuero interno o que desde fuera se opine sobre cómo debe funcionar la Iglesia. ¿Es la “razón de estado” más importante que los hermanos?

Avanzando en la materia pensé: ¿qué creemos como cristianos cabría esperar de un medio de comunicación de la Iglesia católica, en la que incluyo a todos y cada uno de los creyentes? Mi respuesta tomó la dirección de los caminos de la denuncia profética ante situaciones de desigualdad, el apoyo a los desheredados, el diálogo ante los avances científicos, la necesidad del respeto en las manifestaciones con las opiniones del otro, etc. Recordé en ese instante alguna alocución hiriente dirigida a personas concretas en una radio propiedad de la Iglesia en función de unos intereses políticos y entonces desde una profunda tristeza e impotencia me vino a la memoria la máxima atribuida a Maquiavelo: ¿el fin justifica los medios?

Y en estas lides me encontraba cuando empezó a rondarme la conciencia  que me interpelaba sobre cómo manifestar mis respuestas sin que fueran arrogantes, sin que las formulase o sonasen como verdades absolutas (nada más lejos de mi propósito). Y en este ejercicio de autocrítica me vino otra pregunta, la cual considero de vital importancia: ¿cómo debe la Iglesia formular su mensaje?

En este sentido mi respuesta fue en la línea de que el mensaje que transmita la Iglesia no debe hacerse desde una especie de altillo de la verdad, sino desde un humilde compartir un propio punto de vista sobre las cosas. Por una parte, creo firmemente que la Iglesia no debe tener  complejos para poder decir todo aquello que crea que tiene que aportar a esta sociedad desde su cosmovisión religiosa, a través de todos aquellos medios de comunicación propios o de otros, pero, por otra parte, debe aprender a hacerlo desde una búsqueda común de la verdad –y en este caso de la veracidad informativa- más que desde una especie de posesión de “la verdad” que no es entendida ni aceptada por el común de la sociedad, ni parece justificable en un entorno como el de los medios de comunicación social, que se rigen por leyes autónomas como la veracidad de las fuentes, la contrastación de los datos, etc.

Por último me cuestioné sobre la calidad, el aporte a la intelectualidad del pensamiento de los creyentes. En la transición democrática no era extraño leer, escuchar o ver en un debate televisivo a teólogos que eran requeridos por los medios para ofrecer sus opiniones. Es verdad que cada día nos movemos en una sociedad en lo que lo religioso queda en la esfera de lo privado,  pero eso no es óbice para estar presentes de forma activa en la misma con un mensaje abierto al dialogal. Quizás contribuyan a ello entre otros factores: la escasa pluralidad, los complejos adquiridos, el no responder lo suficiente al espectáculo mediático, etc;  pero personalmente creo que se puede confirmar la existencia de un considerable sector de la población que demanda los contenidos religiosos como demuestran la difusión de esta y otras publicaciones.

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