FIESTA DE MUERTOS EN MÉXICO

Francesca Toffano

Una de las fiestas más importantes, singulares y folklóricas del calendario mexicano es sin duda la que se le hace a los muertos en noviembre. Esta tradición deja sorprendido a cualquier visitante de otros lugares, porque en lugar de ser un acontecimiento triste, como en otros países, en México es un motivo de alegría. Esta tradición se origina en las culturas prehispánicas. La fiesta de muertos está vinculada con el calendario agrícola prehispánico, porque es la única fiesta que se celebraba cuando iniciaba la recolección o cosecha. Es decir, es el primer gran banquete, después de la escasez de los meses anteriores, que se compartía hasta con los muertos. En la cultura Náhuatl se consideraba que el destino del hombre era perecer. El culto a la muerte es uno de los elementos básicos de la religión de los antiguos mexicanos. Creían que la muerte y la vida constituyen una unidad. Para los pueblos prehispánicos la muerte no es el fin de la existencia, es un camino de transición hacia algo mejor. Por otro lado, cuando alguien moría, organizaban fiestas para ayudar al espíritu en su camino.

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Una tradición del día de la Fiesta de Muertos es la calavera (el hueso del craneo), símbolo esencial de la muerte. Todas las panaderías las elaboran de azúcar, amaranto o chocolate con los nombres de las personas escrito y para regalar a los amigos o familiares que la comerán gustosamente (una manera de desafiar y no darle importancia a la muerte). Otras “calaveras” típicas son unos versos  escritos en cuartetos octosílabos rimados, que hacen mofa de la vida a través de la muerte (aparecidas a finales del siglo XVIII para satirizar la pedantería de los panegíricos mortuorios y que iban con la caricatura de la persona a la que se dedicaban), y que van dedicados a una persona en especial. Hoy en día, por ejemplo en todos los periódicos aparecen “calaveras” dedicadas a personajes de la política o de la cultura.

La noche anterior al día de muertos, en todos los cementerios de México se organizan verdaderas fiestas para los muertos que duran hasta el amanecer. Los parientes llevan comida a la tumba del difunto para compartirla con él. Se sientan en la tumba, comen, platican con el pariente muerto, cantan y bailan, le piden favores, le cuentan lo que ha pasado con la familia en su ausencia y le ofrecen vino, comida y flores para su regreso a la otra vida. Esta celebración es especialmente impresionante en el estado de Michoacán, donde los cementerios parecen cobrar vida con la cantidad de velas, olores, sabores que llenan la noche y por la gente que festeja a sus muertos.

Otra tradición es poner en la casa el altar de muertos, una mesa donde se colocan flores, fotografías de los familiares difuntos, su comida favorita, dulces, copal o incienso, un buen tequila (que no puede faltar en las fiestas mexicanas), velas y objetos queridos por los difuntos. Es otra de nuestras fiestas que representa el sincretismo que se dio por la conquista, entre las culturas paganas y las cristianas. El mexicano ese día del año no llora a sus muertos, los invita a la casa o los visita en sus tumbas para convivir con ellos y reavivar el amor que los une a pasar de la separación temporal.

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