ESPIRITUALIDAD PARA UN TIEMPO NUEVO

El aire fresco que entró a través de las ventanas abiertas por Juan xxiii, removió un polvo de siglos que se había acumulado sobre las posturas sociales y políticas de los católicos. También, mal que les pese a algunos, despejó el camino para una profunda renovación teológica. Pero hay que reconocer que no empujó suficientemente por el camino de una nueva espiritualidad. Más bien parece que la espiritualidad pagó el pato de los excesos espiritualistas de siglos pasados; y el descubrimiento de la tarea social y política de los cristianos la relegó al papel de Cenicienta en la familia del cristianismo renovado.

Afortunadamente, cada vez más volvemos a prestar atención al dato fundamental de que sin espíritu no hay vida. Y para fortalecer el espíritu necesitamos una espiritualidad que, naturalmente, esté enraizada en los nuevos tiempos, en su cultura y su sensibilidad. Nueva espiritualidad que para los cristianos tiene que partir ineludiblemente de escuchar, como hombres y mujeres de hoy, la Buena Noticia de Jesús de Nazaret, la que nos transmitieron las personas que convivieron con Jesús, expresada con sus palabras de ayer.

Seguramente, lo primero que necesitaremos es recuperar esa idea de Buena Noticia. Liberarla de toda la suciedad acumulada sobre ella, la que le quitó su brillo y su alegría, y acabó convirtiendo al cristianismo en una carrera de obstáculos para evitar la condenación eterna. La que construyó una religiosidad sombría y patética, donde se hablaba mucho de un Dios infinitamente bueno y misericordioso… que no aparecía por ninguna parte. La espiritualidad de pláticas sobre el pecado y el infierno, en el que se podía caer por un solo pecado, aunque fuera un simple pensamiento erótico. Situación que alguien, que a pesar de todo conservaba un cierto sentido del humor, resumió diciendo: «Al infierno van los malos… y los buenos a poco que se descuiden».

Pues en el campo protestante, sobre todo en algunas de sus corrientes, el panorama ha sido todavía más sombrío. El Dios terrible y arbitrario de Calvino predestina a unos hombres para la salvación y a otros para la condenación, y éstos nada pueden hacer para evitar su destino. La posibilidad terrorífica de que la vida de una persona sea sólo la sala de espera para una condenación indefectible, arroja un peso de angustia que ensombrece toda la vida de los seres humanos.

Esos calvinistas y puritanos, serios, tensos y atormentados, fueron los principales impulsores de la sociedad capitalista en la que hoy vivimos. Como pusieron de manifiesto los concienzudos estudios del sociólogo alemán Max Weber, el espíritu del primitivo capitalismo hundía sus raíces en esta concepción calvinista de la vida. Mucho ha cambiado el capitalismo desde entonces, pero el Dios de Calvino sigue en los cimientos de los grandes rascacielos, y ninguna droga puede traernos la alegría que él nos quitó.

Es, pues, vital recomponer la espiritualidad exultante que empujó a los primeros discípulos. Que hoy nos ayude a romper el dogal asfixiante de una religión triste, a saltar de nuestra camilla de paralíticos, abrir el corazón a las palabras de un hombre que pasó –¿pasó? ¿sólo pasó? ¿acaso no sigue pasando hoy por nuestro lado dando vista a los espíritus ciegos, haciendo danzar a los cojos, anunciando que la vida es bella, que tenemos la salvación al alcance de nuestro corazón?–

Esponjar el espíritu, arrojar con gozo los fardos de la ambición, el temor, el rencor y la desconfianza, y levantar los brazos hacia ese Jesús que sigue pasando por nuestras vidas ofreciéndonos la esperanza, la libertad y la alegría de vivir. Esa es la tarea de nuestra espiritualidad.

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