Entrevista-diálogo entre Inés Vázquez y Farid Yazdani

La entrevista nace dentro del ciclo Orientaciones en Tiempos de Crisis, organizado por Farid Yazdani, y en este caso es un diálogo entre el organizador e Inés Vázquez González, bajo el tema “El papel de la religión en el Siglo XXI”

Pinchando en Dialogo con Inés Vazquez se accede al video de la entrevista

Inés Vázquez es gestora cultural, comunicadora y escritora.  Licenciada en Comunicación Audiovisual y Magíster en Relaciones Internacionales y Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Dirección y Gestión de Entidades Culturales y Artísticas por el Instituto Superior de Arte de Madrid.

En los últimos veinte años ha desempeñado su carrera profesional en el ámbito de la cultura, la educación, la comunicación y las relaciones públicas. Es la creadora del proyecto de prevención del acoso escolar Todos Somos Raros, iniciativa que recorre España desde 2016, y del proyecto Poetas 2030, iniciativa destinada a acercar a la infancia a los Objetivos de Desarrollo Sostenible a través de la poesía.

Directora de Ruréfilos, Festival Internacional de Cine y Mundo Rural. Autora del libro de relatos Unos Cuantos, de los  cuentos infantiles Todos somos raros y que nadie se quede atrás: cómo aprobé el curso gracias a un secuestro y de textos y publicaciones diversas, es también traductora para organizaciones internacionales. Mente inquieta generadora de ideas, es además una entusiasta mamá.

Farid: Al hilo de esta reflexión anterior, y en tu opinión, ¿cómo debería ser el modelo religioso en la actualidad para que este pueda enfrentar y dar respuesta a la realidad presente?

Inés: Se trata de un tema fundamental en los momentos que vivimos. En mi opinión, se ha realizado un mal uso de la religión por parte de los poderes autoritarios, de forma especial en España durante la época de la dictadura, aunque este mismo fenómeno se ha producido en muchas otras sociedades. La religión, como ente estructurado, se empleó como instrumento de control y de sometimiento del pueblo, vinculándolo también con determinadas ideologías políticas. Todo ello causó mucho sufrimiento a muchas personas, quienes, una vez recuperada la libertad política con la llegada de la democracia, huyeron radicalmente de cualquier manifestación que pudiera oler remotamente a religión. En este camino se perdió también, en muchos casos, la vinculación personal con la espiritualidad y con la transcendencia. Existía una especie de “trauma” y, huyendo de este, se pasó de forma abrupta al lado opuesto. En el abandono de lo religioso como expresión organizada, se abandonó también el ejercicio espiritual. Sin embargo, la religión no tiene nada que ver con los dogmas ni con las estructuras jerárquicas. Es un ejercicio espiritual personal e intransferible, que une al ser humano con la trascendencia y lo conecta con “la fuente”, con su “yo superior”, con su expresión más elevada.

En este sentido, el abandono de la espiritualidad, aun habiendo sido una reacción natural por lo ya anteriormente explicado, contó también con cierto apoyo interesado desde ciertas instancias, puesto que una sociedad conectada con su espiritualidad es una sociedad libre, sin miedo, empoderada, que deja de considerarse a sí misma un peón más en un tablero de ajedrez que no domina. Este apoyo ha venido revestido de conceptos como laicismo, razón, ciencia, tecnología…, buscando que las personas pudieran llegar a considerar el ámbito espiritual como un ámbito de superstición, acientífico, poco intelectual… Numerosos mensajes en entornos diversos (publicidad, medios de comunicación, discursos políticos…) ahondan a menudo en esta falsa dicotomía. No obstante, y cada vez más, las personas están tomando conciencia de que por sí solas, solo con la razón, no pueden dar respuesta a muchos de los desafíos a los que nos enfrenta la vida. El ser humano es un ser multidimensional, no únicamente un ser físico que trabaja, compra, come, duerme. El hecho de poder conectar con el aspecto transcendente de nuestra vida es lo que dota de sentido a todo lo que hacemos. Cuando vaciamos de contenido espiritual a nuestra vida, todo empieza a parecer carente de sentido. Muchas veces, obviamente no siempre, las crisis existenciales y las depresiones surgen de este vacío, de esta falta de propósito que deja lugar a una gran angustia. La solución a estas crisis no debería pasar por acudir a la química farmacológica como única alternativa -aunque naturalmente habrá casos en los que sea absolutamente necesario-, sino que el ejercicio de volver a nuestro ser, de conectar con nuestra naturaleza profunda, con nuestra trascendencia, puede ser una gran oportunidad de crecimiento y desarrollo como seres humanos. Inés mencionó, al hilo de esta reflexión, el libro Más Platón y menos Prozac, de Lou Marinoff.

Farid: Relacionado con lo que acabas de exponer, me vienen a la mente los pensamientos de Viktor Frankl, neurólogo vienés, quien hablaba de la tendencia existente en el ser humano de ir en busca de la sensación cuando nos falla la construcción del sentido. La construcción de este “sentido” es algo mucho más amplio y que trasciende incluso el ámbito limitado de nuestro planeta Tierra. Yo suelo utilizar la metáfora del cuadro, o cómo un concepto complejo -la realidad intangible del arte- puede tomar forma en una realidad tangible -el cuadro-. Ambas entidades se necesitan mutuamente, pues una corporifica a la otra; sin embargo, el cuadro -la realidad tangible- en sí misma no es más que un medio, un canal para visibilizar lo intangible del arte. Aplicando esta metáfora, el ser humano biológico sería entonces como el cuadro, y la trascendencia podría equipararse en este símil a la realidad intangible del arte, que logra manifestarse de forma visible a través del cuadro.

Por otro lado, está el rol jugado por parte de la estructura religiosa, útil en tiempos para acercar a las personas a la construcción de una cosmovisión determinada, pero también generadora de sombras – diálogo vs falta de diálogo, convivencia vs división-.

Farid. En una sociedad globalizada, en la que es necesario construir herramientas de encuentro, ¿cuál crees que debería de ser hoy en día, a tu juicio, el papel de la religión entendida como institución?

Inés: Dado que las sociedades han cambiado enormemente en los últimos cincuenta años, el rol que podía jugar la institución religiosa como ente organizador de la sociedad, hoy en día, y a excepción de algunos países, ha desaparecido. Por ello, se hace necesario dar un paso adelante y replantear el para qué de su existencia. En este sentido, existen en mi opinión tres aspectos fundamentales que, en la actualidad, deberían ser requisito imprescindible para que una institución religiosa pueda continuar desarrollándose y no perder su razón de ser.

Estar abierta al diálogo con otras religiones.

Esta postura de ser una institución receptiva al intercambio con otras escuelas o confesiones religiosas no debería tener como objetivo final la “conversión” del otro, sino la escucha y la oportunidad de profundizar en la propia fe, empleando el diálogo como una suerte de espejo en el que ambas partes se reflejan, se enriquecen e, inevitablemente, si el diálogo es sincero, encuentran muchos puntos en común. Por el contrario, encontrar puntos de división resulta siempre sencillo. Si uno se detiene solo en lo formal y no busca ir más allá, las diferencias serán lo primero que salte a la vista, pero en la escucha honesta y en el deseo de rescatar lo que nos une reside el verdadero desafío.

Empoderar a las personas.

Recuperar el sentido primigenio de los llamados Derechos humanos y Libertades fundamentales, en este caso rescatando la idea de que obedecen al Derecho natural y que aluden a cada persona individual, a cada ser humano con nombre y apellidos. Ha habido una cierta pérdida de la naturaleza individual e inherente a los derechos fundamentales en favor de agrupar a los seres humanos en grupos, minorías, colectivos. Si bien es obvio que cualquier colectivo, de la naturaleza que sea, es titular de derechos, conviene no olvidar que este es un segundo nivel de titularidad y que no puede existir ningún grupo social satisfecho si no está formado por personas cuyos derechos y libertades fundamentales como individuos son respetados.

Estar conectada con la realidad.

Una institución religiosa, y por ende sus integrantes, debe vivir con un compromiso real con lo que la circunda. De nada sirve regodearse en teorías o en fundamentos filosóficos y compartir estos con personas afines si esto no tiene una repercusión en la sociedad. Los valores en los que cree y defiende una institución religiosa, así como sus integrantes, han de permear su relación con el entorno y, en ese sentido, y como seres espirituales que optan por vivir basados en un compromiso con sus creencias, su actuar ha de ser coherente y contribuir socialmente al mejoramiento de su entorno.

Para todo ello es requisito imprescindible tener valentía.  El coraje de defender aquellas causas que, como practicantes de cualquier religión, nos interpelan y no nos dejan indiferentes (derechos humanos, justicia, equidad, libertad,…).

Farid: Muchas gracias, Inés. Ha sido un diálogo muy interesante.

Inés: Muchas gracias a ti, Farid. Encantada de haber podido participar.

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