El silencio de la Iglesia ante la tortura

Kepa Martinez de Lagos

Miembro de Comunidades Cristianas Populares de Euskal Herria. Bilbao

 Cuando uno contempla la dramática situación por la que atraviesa este pueblo, le cunde el desánimo y el dolor en lo más profundo de las entrañas, pero también la desesperanza se apodera del alma cuando uno, como creyente en Jesús de Nazaret, mira a la Iglesia y, sobre todo, a su poderosa jerarquía con la ilusión de escuchar unas palabras de 53 pg 29aliento, unas palabras de denuncia, para intentar atajar por lo menos la escandalosa e inhumana práctica de la tortura. Pero no, la Iglesia (su jerarquía) calla y mira para otro lado, dando así amparo y cobertura, no sólo a los torturadores sino también a las instituciones y leyes que la hacen posible y la financian.

Algunas instituciones humanitarias y varios medios de comunicación han denunciado las salvajes, humillantes y dañinas torturas padecidas por los ciudadanos y ciudadanas vascas detenidos en la última redada policial (unas sesenta personas). Debemos confesar públicamente que sentimos dolor y vergüenza de pertenecer a esa misma Iglesia que se calla ante las agresiones tan bestiales infligidas a seres humanos que están tan cerca de nosotros y cuyo único delito en la mayoría de los casos consiste en trabajar por la libertad, la justicia y la cultura vasca, pues la mayoría de esas personas han sido puestas en libertad sin cargos, eso sí, después de haber sido incriminadas públicamente y torturadas vilmente durante varios días. ¿No tiene nada que decir la Iglesia de semejante barbarie?

Sin embargo, esa misma jerarquía dogmatizará sobre la moral, sobre el bien y el mal, sobre muchas cuestiones que son opinables y pertenecen al campo de la libertad de conciencia, sobre la libertad sexual, sobre el amor entre homosexuales, sobre la libertad de religión y de enseñanza, etc., como se ha pronunciado recientemente la Conferencia Episcopal. Estas actitudes de la jerarquía crean confusión y malestar entre los creyentes. La realidad es que pocos son los que cuestionan esas posiciones, pero son muchos los que no las comparten, y en la práctica no las secunda nadie. No se molestan en rebatirlas, pero cada cual se comporta con la libertad que le dicta su conciencia.

En muchos casos la jerarquía prestaría una buena ayuda a la sociedad y a la propia Iglesia estando callada. Sin embargo, en otras ocasiones en que su voz sería necesaria para defender los derechos humanos, la dignidad humana y la indefensión de los más pobres, entonces se calla y con su silencio colabora en la dura represión.

No sólo sobre la tortura. También tendría que decir algo la Iglesia sobre la grave e ilegal situación en que se encuentran las presas y presos vascos y la violación de sus derechos más elementales, porque si algún mensaje aparece claro en los Evangelios es la opción preferente por los pobres y los presos, a los que anuncia su liberación, sin pedirles previamente el arrepentimiento y menos la delación ni la condena incluida en el guión.

Nosotros, que también somos Iglesia, queremos hacer ahora presente el mensaje de Jesús y el compromiso con las personas represaliadas, presas y, hoy más que nunca, con las torturadas y las víctimas del terrorismo de Estado.

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