EL COMPROMISO-ESPERANZA

Emilio J. Soriano

 

Miembro de las Comunidades Cristianas de Base.

Murcia

 

 

Según el Diccionario de la RAE “el egoísmo se caracteriza principalmente por un afecto excesivo de alguien para consigo mismo, anteponiendo su propia conveniencia a la de los demás”. Todos los seres humanos, en mayor o menor medida, somos egoístas. Un sentimiento, un proceder, que, en muchas ocasiones, deriva en desmedida avaricia.

 

Generalizado por todo el Orbe, al neoliberalismo económico se le puede reconocer su capacidad generadora de riqueza, lo cual no es óbice para denunciar que el éxito se sustenta, con demasiada frecuencia, en los anti valores de la codicia, latrocinio, injusticia y una concepción materialista de la vida.” El neoliberalismo es el mundo convertido en mercado al servicio del capital dios”, dice el obispo brasileiro Pedro Casaldáliga. Prueba de ello son los continuos casos de corrupción perpetrados por políticos y funcionarios públicos en las distintas administraciones de los Estados.

 

Aquí, en nuestra región, en el más reciente, el denominado caso ACUAMED, altos funcionarios de esa sociedad se han apropiado ilícitamente de buena parte de sus recursos económicos. Inmoral acción que contrasta con el incremento de la pobreza y la marginación social. El informe de Intermón Oxfam aporta datos de esa escandalosa desigualdad económica.

 

Si bien es cierto que lo dicho anteriormente es una realidad de la que hemos de tomar conciencia, también lo es la creciente corriente de solidaridad que nos impele a asumir compromisos encaminados a   propiciar condiciones de vida digna para todos; a saber: trabajo, vivienda, salario justo, salud, educación… La proliferación de tantas y diversas asociaciones sin ánimo de lucro, proyectos en activo como el comercio justo, la banca ética, el cooperativismo y otros muchos cuya finalidad es la mejora de este mundo, sin duda nos ha de estimular. Hoy, los movimientos sociales están motivados por la necesidad de configurar sociedades más justas y dignas en las que la progresiva supresión de la marginación y la pobreza sea una realidad.

 

Todos estamos llamados a ser portadores de esperanza. A asumir con responsabilidad, generosidad, lucidez y sentido común determinadas tareas en pro del bienestar de nuestros prójimos más perjudicados.  A conjugar la atención a quien lo necesita con el compromiso por la justicia que libera y hace que lo asistencial sea menos necesario.

 

Bueno ha de ser educar para avanzar en la regeneración ética; posibilitar las condiciones sociales que permitan acercarnos al desiderátum de la conquista de la igualdad en todos los ámbitos. Propiciemos lo que Albert Nolan, teólogo luchador por los derechos humanos, define como “una globalización desde abajo.”

 

Movidos por un impulso ético, somos muchos los que, desde la compasión y la misericordia, sentimos el deseo y la determinación de hacer frente al desmedido egoísmo instalado en las estructuras del poder económico y político. La lúcida reflexión del teólogo Juan José Tamayo puede ayudar: “Como motor de la Historia, la utopía pone en camino y estimula la esperanza. Tomando como realidad lo que es ficción, la utopía hace verosímil lo increíble, y posible lo imposible. El principio-esperanza que moviliza la utopía no es un postulado abstracto, al contrario, es un impulso que deviene un “compromiso-esperanza”.

 

Nunca la utopía debiera ser considerada como evasión, sí como aspiración y proyección hacia el ideal de un mundo mejor, capaz de armonizar los derechos individuales con una sociedad organizada en libertad, paz y solidaridad. El impulso utópico capacita para avanzar y mejorar, nos hace conscientes de lo mucho que hay por hacer, que la última palabra no la tiene el sistema capitalista, y que disponemos de recursos y energías para emprender acciones que abran futuro. “Las utopías son apenas verdades prematuras de verdades de mañana” (Ernest Bloch).

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