EL “HOMBRE” COMO MERCANCÍA

Javier Domínguez

 Primera parte: “el hombre”

                  Del único amor terrenal de mi vida, no sabía ni supe jamás el nombre

 El filósofo Humberto Eco en su novela “El nombre de la rosa”, pone estas palabras en boca de Adso en un capítulo cuyo contenido es “Adso descubre el poder de los nombres propios”. Algo parecido me ha pasado a mí al buscar título a este artículo. No encuentro un nombre que designe, como nombre propio al “hombre”, al hombre  sea varón o mujer, blanco o negro, vasco o manchego, ario o zulú, católico o islámico, creyente o ateo. La lengua alemana tiene dos palabras distintas: der Mensch, que jamás se utiliza para nombrar al varón y der Mann, el varón. El latín también tenía dos palabras: homo (“hombre”) y vir “varón”.  La palabra hombre castellana proviene de homo. Primero se habló de home y luego hombre. El Riojano Gonzalo de Berceo describía el manantial de la cercana Sierra como lugar apetecible “para home cansado”.

En una sociedad machista el lenguaje es machista  Ese machismo de la sociedad llevó a emplear  la palabra “hombre” para designar al varón con exclusividad Y más: en algunos lugares se emplea la expresión hombre para designar al varón y se le contrapone a hembra en lugar de mujer. (tengo tres hijos, dos varones y una hembra) con lo cual aparece el machismo en la palabra varón al contraponerlo a hembra (el contrapuesto de hembra no es varón sino macho) para designar a la mujer.  Es cierto que en castellano la palabra “hombre” puede utilizarse y se utiliza de hecho con el sentido latino de “homo” varón o mujer. Pero no cabe duda de que es una palabra contaminada. ¿Qué hacemos entonces? ¿Qué nombre le ponemos? Pensé emplear la palabra latina “homo”, pero esta palabra la utilizan los científicos para designar un género, el genus homo, (que no tiene nada que ver con lo que llamamos “género” hoy en día): homo antecesor, homo erectus, homo sapiens. La palabra homo latina designaba sólo al homo sapiens. ¿Cómo llamamos al homo sapiens? ¿Ser humano, que dicen algunos y algunas? No me gusta por dos razones: porque no es un nombre sino un adjetivo (humano), y sobre todo por el mismo motivo que no me gusta llamar al perro, ser perruno. ¿Persona? La palabra persona tiene un contenido distinto que la palabra hombre. Así que antes de renunciar al nombre me decidí por poner la palabra hombre entre comillas o con mayúscula para indicar que no la utilizo para designar al varón. Pienso que las feministas y los feministas que han conseguido que se emplee la arroba @ como letra jeroglífica impronunciable, que el ordenador interpreta como una dirección de correo electrónico, podríamos ponernos de acuerdo en impedir que se utilice la palabra hombre para designar al varón, tachando de machismo ese uso y utilizarla sólo para designar al homo sapiens. En pocos años se podría conseguir.

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Queremos advertir  que la palabra hombre tiene artículo masculino porque proviene de homo, que termina en o. El latín no tenía artículos y en castellano pusimos artículo masculino a las palabras terminadas en o y femenino a las terminadas en a. Esta norma a veces se cambiaba si sonaba mal. El águila, por ejemplo, que por terminar en a debía llevar artículo femenino, para evitar la malsonancia a+a lleva artículo masculino en singular (el águila) y femenino en plural porque la s separa las as (las águilas). Por estos mismos motivos y no por machismo o por ser un objeto punzante, el cuchillo es masculino y la navaja es femenino, la cara es femenino y el rostro es masculino. La palabra persona, tan amada por algunos porque es femenina, es femenina porque termina  en a  y solamente por eso. Incluso el órgano masculino tiene nombres femeninos (cuando las palabras que le designan terminan en a) y el órgano femenino tiene nombres masculinos si terminan en o) El artículo masculino o femenino la mayoría de las veces no tiene nada que con el género sino con  el sonido.  No podemos censurar como “machista” la palabra hombre porque lleve artículo masculino, sino porque  se utiliza para designar solamente al varón

Parece que esta disquisición lingüística tiene poco que ver con el humanismo al que dedicamos este número de la revista, otro humanismo es posible, y sin embargo es muy importante caer en la cuenta como el viejo Adso de que nosotros los que nos llamamos humanos y humanistas y hemos consagrado la vida a luchar por “el Hombre”, por su liberación con indudable espíritu de solidaridad, del amor de nuestra vida, no conocemos el nombre y tenemos que usar un nombre contaminado

Es grave esto de que el sujeto y  objeto del humanismo que propugnamos ni siquiera tiene nombre. Está por hacer. Es una utopía.

 

Segunda parte: como mercancía.

 

El humanismo es una ida hacia el encuentro del “Hombre”.Se llamó humanismo al movimiento renacentista y desde entonces a todos los movimientos que salen al encuentro del Hombre. El humanismo siempre tomó forma de “movimiento”, complejo, que normalmente incluye una cosmovisión, una antropología y una praxis.

El momento actual de globalización planetaria y mercado total no puede de ninguna manera calificarse de “humanista” sino todo lo contrario

Decía Kant en el siglo XVIII que el axioma base de la ética es que el Hombre no puede considerarse nunca como un medio, sino siempre como fin. La base de todo humanismo es ésta: el Hombre no puede ser un medio sino siempre un fin. El neoliberalimo reinante, que va imponiéndose, subvierte totalmente este orden. Para ellos el fin es el dinero y todo lo demás es medio para conseguir ese dinero. Este principio, latente en el primtivo capitalismo industrial, es ahora patente y global.

67 Reflex 2

Los padres de la Iglesia defendían que la tierra y sus bienes son propiedad común de la humanidad destinada al bien de los seres humanos Esto ya se ha terminado. Vivimos un momento en el que por primera vez en la historia de la humanidad hay bienes y comida suficiente para que podamos todos llevar una vida humana. Pero esos bienes no se administran teniendo como fin al Hombre sino el máximo beneficio de los pocos que se han adueñado de ellos. La estupidez o la desvergüenza humana ha llevado a acuñar un nuevo dogma: la mano invisible del mercado todo lo arregla y consigue que la máxima rentabilidad para el propietario coincida con lo más beneficioso para la humanidad. Personas inteligentes e incluso premios Nobel, defienden este principio económico, que tiene como base que el fin de la economía son los beneficios y no la vida de las personas. La economía va bien si hay beneficios, aunque se mueran de hambre millones de persona. Estamos tan metidos en esta subversión absoluta de los valores, de los medios y los fines, que nos parece normal y ético, sembrar alimentos no para alimentar a las personas, sino para ganar dinero, descubrir nuevos fármacos no para curar a los enfermos sino para venderlos a precio de oro a los que pueden pagarlos negándoselos a los pobres, que mueren  por falta de comida y falta de medicinas.

Los pobres de la tierra no son rentables. Como el fin de la economía global es la rentabilidad, quedan fuera. Están de más. Sobran. Sobramos.

El Hombre es una mercancía, que vale en tanto en cuanto produzca beneficios.

Este principio en estos momentos es especialmente sangrante con los inmigrantes: el inmigrante no tiene derechos sino permisos. Se le niegan derechos fundamentales, como el de convivir con su marido, pero se le conceden “permisos” discrecionales. Una mujer necesita permiso de la policía para convivir con su marido y si viene a unirse a él sin este permiso, se expone a cárcel y expulsión. Estos permisos los da la policía teniendo como norma fundamental la rentabilidad: si se necesita mano de obra se les da permiso, si no se necesita, se les niega. La Unión Europea está yendo muy lejos en esta consideración del hombre como mercancía. Con la detestable “normativa de la vergüenza”, se permite encarcelar (“retener” dicen), al que viva “sin permiso” de la policía. Empiezan a llamar “inmigrantes clandestinos” a los pobres de la tierra. (Nadie tacharía de “inmigrante clandestino” a uno que entra como turista en su yate y prolonga su estancia más allá de lo permitido a los turistas). Se da la paradoja de que están menos protegidos como “inmigrantes clandestinos”, que como delincuentes. (tendría que intervenir el juez para poder encarcelarlos y seguiría un  proceso). No tienen derechos sino permisos, son una mercancía pura y dura.

A los inmigrantes se les niegan los derechos, a los nativos se nos recortan drásticamente. La “privatización” de los bienes comunes y la “desregulación” de los contratos de trabajo son las dos exigencias más reivindicadas por los neoliberales..Ya se ha legislado la posibilidad de la jornada de 60 horas: es la vieja aspiración neoliberal de que el Estado no regule los precios de la mercancía Hombre y los deje al mercado. Es patente también el desmantelamiento de los servicios públicos, sobre todo en sanidad y educación, que en algunos sitios de España, dominados por los neoliberales, neocon e integristas teocon del Opus y Legionarios de Cristo, como en Madrid, empieza a ser amenazante.

Este sistema económico, que se ha impuesto a nivel global  forma ya parte de la “Construcción Europea” berlusconiana que quieren imponernos: una Europa con una Constitución que no  garantiza  Derechos Comunes sobre todo Derechos Sociales,  que quedan a la decisión de los distintos países, la Europa de las sesenta horas, la Europa que para pagar a los rumanos que trabajan en Suecia, puede atenerse a las leyes y salarios rumanos, la Europa que autoriza año y medio de cárcel sin que tome parte un juez, la Europa que se ya ha dado licencia para “fichar, encarcelar (perdón retener) y expulsar” a doce millones de personas la Europa en la que el Hombre es una pura mercancía que necesita permiso de importación,n en un programa cercano al de los nazis, (hemos visto brazos en alto en el ayuntamiento de Roma), que empezó fichando gitanos y judíos. Llegarán hasta donde se lo permitamos, porque dependen de nuestros votos. Hay que pararles los pies.

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