ECONOMÍA COMPARTIDA

Comunidades de Murcia

 Cuando allá por el año 1968 iniciamos la experiencia del camino comunitario, animados por el espíritu surgido del Concilio Vaticano II, uno de los pilares básicos sobre los que se sustentaba la comunidad era el compartir. Un término éste que, para nosotros, tenía mucho de teoría y poco de práctica. Pero era un reto y, si queríamos de verdad, andar el camino de Jesús, ésto había que experimentarlo.

Juan Mateos, que estuvo con nosotros desde 1974, asistiendo a nuestras convivencias de verano, nos ayudó a iniciar esta experiencia. Al tercer año de explicarnos las bienaventuranzas, empezó a tomar cuerpo la idea de compartir. Se trataba de tomar radicalmente en serio la fraternidad cristiana, de llevar hasta el final el compartir y la renuncia al acumular.

Y empezamos. Después de unas intensas convivencias durante el verano de 1980, aproximadamente, se formaron los que bautizamos como «Grupos experimentales» de compartir. Se pusieron en común los sueldos, desaparecieron las cuentas bancarias, se hizo un fondo único intercomunitario. Algunos grupos compartían incluso las comidas, hacían una compra en común y se separaban sólo por la noche, para dormir. Es decir, en estos grupos sólo faltó la comunidad de techo. Mientras estos grupos vivían esta experiencia, otros compartían a otros niveles: igualdad de sueldos, un porcentaje del sueldo, una cantidad libre, etc. Fueron momentos de euforia; habíamos comprobado, por propia experiencia, que podíamos compartir, que era posible un nuevo estilo de vida.

Desde la Coordinadora de comunidades de base surgió un grupo, al que llamamos «la Inter.» (Grupo Intercomunitario de compartir), que se encargaba de administrar las aportaciones de todas las comunidades. El motivo de la creación de este grupo fue el que, en estos momentos de euforia, el debate sobre la economía se llevaba gran parte del tiempo de nuestras reuniones, para ver qué se hacía con el dinero que se recogía del compartir. Por eso se acordó descargar la responsabilidad de la distribución en un grupo de voluntarios de las distintas comunidades. Desde la «Inter» se fue dando uso al dinero que se recibía y que se transformó en muy diversos proyectos para el Tercer Mundo.

Hoy podemos decir que la comunión de bienes ya no es un ideal inalcanzable, sino una realidad palpable y generalizada en el movimiento comunitario de base de nuestra Región. Es cierto que las fórmulas de compartir han ido cambiando durante este tiempo, adaptándose a nuestras realidades personales y, por supuesto, sometidas a una revisión continua, pero nuestra realidad hoy es que seguimos compartiendo y seguimos asumiendo proyectos del Tercer Mundo, a nivel particular de cada comunidad y a nivel intercomunitario, ya que, en ocasiones señaladas (Navidad, Pentecostés), realizamos celebraciones comunes para, aprovechando que se cobran las pagas extraordinarias, poner en común cantidades más importantes (en muchos casos, la paga extra completa), para poder asumir proyectos de más envergadura.

Esta experiencia viene a apoyar todo este proyecto utópico que pretendemos, conectando totalmente con la fraternidad al servicio del Reino. No se trata de una manera de alcanzar la perfección o la pureza, sino de una oferta, una alternativa que se presenta a la sociedad como posible y que se convierte en signo de esperanza, de concreción de la utopía de la igualdad, la justicia, la entrega, la fraternidad. Desde esta experiencia de comunión de bienes, el Evangelio se hace creíble.

De esta manera, el compartir no es un fin en sí mismo, sino el reconocimiento de la igualdad de derechos y oportunidades de toda la humanidad; algo para manifestar nuestra no complicidad con la injusticia del sistema, de la desigualdad del reparto de bienes, a causa de la acumulación de unos en detrimento de otros. Con la comunión de bienes experimentamos el abandono de los miedos, de la seguridad en el tener, de perder el puesto de trabajo o el prestigio, la influencia o la buena fama. Porque «donde está tu tesoro, está tu corazón.»

«No se puede servir a dos señores.»

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