Ecología y Cristianismo: Mirada de Jesús sobre el cosmos, siempre reciente

Evaristo VILLAR

 A estas alturas ya nadie ignora, salvo pequeños reductos muy ideologizados o interesados, que la intervención humana en la tierra está siendo exagerada. Estamos degradando nuestra casa común. Y cada día es más numeroso el coro de voces que se alza para exigir un cambio en nuestras relaciones estructurales, técnicas y filosóficas con el entorno.

 La ciencia actual, por su parte, nos está advirtiendo que estamos empobreciendo la vida y extinguiendo la diversidad de especies que son, ya en sí mismas, independientemente del uso que hagamos de ellas, un valor inestimable. Esta misma ciencia va poniendo de manifiesto la vinculación radical del ser humano con la tierra con la que forma unidad física y con la que tiene unas relaciones presentes y futuras sólidas e indisolubles.

A todo esto se une el esfuerzo creciente de la teología de la naturaleza que, en el umbral de una nueva cosmología -entre los datos que va suministrando la astrofísica (lo macro) y la física cuántica (lo micro)-, está descubriendo la base de otra posible experiencia de Dios y de una nueva ética ecológica.

En resumidas cuentas, tanto la conciencia social creciente como la ciencia y la reflexión teológica nos invitan a mirar de modo diferente nuestra relación con el conjunto del universo, y, a su vez, el “lugar” que reservamos a Dios en esta mirada.

1Por tratarse de la reflexión teológica de este tema, me detengo brevemente en este segundo aspecto. Si durante el primer milenio, dominado por la cosmovisión de Tolomeo, Dios habitaba “allá arriba” y el ser humano sobre el Planeta era un tímido reflejo de su imagen omnipotente, con el despertar de la razón y los inestimables hallazgos de Copérnico y Galileo, Newton y Einstein se fue allanando el camino para que más tarde la Edad Moderna alcanzara a ubicarlo “más abajo”, entre el universo de las cosas existentes, compartiendo con el ser humano el señorío en el cosmos. San Pablo, mucho antes, había apuntado en esta misma dirección al declarar en el Areópago, ante los sabios atenienses, que Dios “no se encuentra lejos de cada uno de nosotros; pues en él vivimos, nos movemos y existimos… porque somos de su linaje” (Hch 17, 27-28). Pues bien, esta atrevida inspiración paulina se puede ir iluminando hoy día desde las aportaciones de las nuevas ciencias cosmológicas donde todo lo que existe aparece ligado e interconectado y donde el ser humano no llega sobre el planeta como un aerolito venido de otro mundo sino surgiendo desde la entraña misma de la Tierra, estando ésta, a su vez, vinculada a un universo inimaginablemente más grande. “Dios no es todo” (panteísmo), dirá la teología, pero “está en todo”, animando el proceso cósmico hasta su consumación.

2En este contexto cabe preguntarse qué es lo que nos ha pasado para haber perdido tan desmesuradamente los papeles. ¿Cómo es que de ser parte intrínseca de ese organismo vivo –en expresión de Atahualpa Yupanqui, somos la Tierra que anda, piensa, siente y ama– hemos llegado a convertirnos en sus verdugos y enemigos?

Hay muchos que piensan, y no les faltan razones, que de este mal proceso son en gran parte responsables  las religiones y, más en concreto, el cristianismo por la imagen distorsionada que ofrece de la especie humana en el cosmos. Según este discurso, el despliegue real del “hombre bíblico” sobre la tierra ha sido una de las mayores causas de la actual crisis ecológica. Y se pronostica que mientras no cambiemos esta forma de ver nuestra relación con el cosmos, la superación de la actual crisis ecológica será poco menos que imposible.

Uno de los pensadores que más tempranamente denunciaron el origen religioso del deterioro ecológico fue el estadounidense Lynn Townsend White Jr. Este profesor de historia medieval llegó a advertir en el dinamismo cristiano de la Edad Media los “fundamentos psicológicos” que llevaron posteriormente a la Revolución Industrial a unir ciencia y tecnología en la magna y religiosa empresa de explotar la tierra. La teología judeocristiana, legitimadora de tal expolio, la recapituló White en su ya clásica conferencia sobre Las raíces históricas de nuestra crisis ecológica (1966) en dos imágenes sacadas de la tradición sacerdotal de la Biblia: la condición de “imagen de Dios” que distingue al ser humano del resto de la creación, carente de autoconciencia y subjetividad (Gn 1,26-27), y su “dominio absoluto” sobre la tierra, que interpreta como mandato divino (Gn 1, 26-28).

¿Qué hay de verdad en todo esto? Otros pensadores y exégetas, igualmente preocupados por el deterioro medioambiental del Planeta, han continuado explorando la Biblia judeocristiana y han llegado a una conclusión similar. A juicio de Leonardo Boff, por ejemplo, existen evidentes fundamentos antiecológicos en la tradición judeocristiana que, indudablemente, han tenido que ver con el actual deterioro de la Tierra (cfr. Connotaciones antiecológicas en la tradición judeocristiana, en Latinoamericana. Org/2010/info). Boff señala, en primer lugar, el “patriarcalismo” en que está transmitido todo el mensaje bíblico que rompe, ya de entrada, el equilibrio de los géneros. Más al fondo, señala el “monoteísmo”, que, en su versión más radical, llegó a imponerse como fuente única y cerrada de todo el proceso cosmológico, lo que causó una separación absoluta entre Dios y la creación, privando a ésta de la policromía de manifestaciones de la única divinidad. El monoteísmo tuvo su traducción política en el “antropomorfismo” que concentra en el ser humano la representación de la divinidad invisible y de su poder sobre la creación, causando una nueva separación que rompe la gran comunidad cósmica, toda ella portadora y reveladora del Dios único. A todo esto se le añade la ideología tribalista de la “elección como pueblo” que lleva necesariamente a la exclusión de todos los demás y, sobre todo, de la “demonización de la naturaleza” por causa de la caída del ser humano. Es terrible, a este propósito, la mentalidad que respira la sentencia bíblica: “maldita la tierra por tu causa” (Gn 3,17). Todo esto está a la base del desprecio cristiano del mundo, de la sospecha sobre todo placer y de la falta de cuidado de un planeta que hemos considerado como objeto de explotación y hasta como enemigo.

3 Sin espacio para entrar más a fondo en estos temas, será cuestión de preguntarnos ¿en qué medida el cristianismo, que ha sido (no solo él, pero sí en gran parte) causa del problema, podría llegar a ser parte de la solución? A mi modo de ver, la respuesta puede llegar desde estas dos prácticas: la recuperación de “la frescura de la mirada de Jesús a la naturaleza”, completada, a su vez, con el “discurso que hicieron los primeros cristianos” sobre su propia identidad (la de Jesús)”. Sobre esta base, recuperado el aliento inicial del cristianismo, tanto la espiritualidad como la ética podrían llegar a ser un revulsivo profético importante frente a la crisis ecológica actual.

En primer lugar, la frescura de la mirada de Jesús sobre la naturaleza. La unión de Jesús con Dios, arraigada en su experiencia de Dios como Abba, se manifestó, según los sinópticos, en su identificación con los seres humanos y en su unicidad con la naturaleza. El Abba era un Dios creador, solícito con todos los seres, con los lirios del campo, con las aves del cielo, con los seres humanos y la maravillosa diversidad de vida sobre la tierra. Todos los seres y todas las vidas eran -estaban siendo- obra de la acción creadora y providente del Abba. Hasta el mismo Jesús debió entenderse a sí mismo como fruto de esa acción amorosa que todo lo

creaba y mantenía en la existencia. En una edad precientífica como la suya, este mantenimiento en el ser debió ser experimentado por Jesús como una acción poética y providente, en vigilante cuidado para vestir de colores las flores del campo, para dar de comer a las aves del cielo y aun para hacer salir el sol sobre buenos y malos (Mt 5 y 6). Todo el cosmos se mantenía vivo y en constante evolución por la creatividad permanente del Abba. Visto desde la mirada de Jesús, ¿no recobra el universo todo en la mirada fresca de Jesús aquella ternura de los primeros capítulos del Génesis, cuando las cosas que iban apareciendo sucesivamente eran todas buenas a los ojos de Dios?

Esta mirada original de Jesús sobre una naturaleza, siempre nueva y reciente, se completa con la reflexión profunda que hace posteriormente Pablo, identificándolo con el Cristo pospascual, o el Mesías de Dios. Se trata de todo un alarde de interrelación con el cosmos globalizado (habla del Cristo cósmico) y de un proceso de recapitulación de todas las cosas hacia la unidad definitiva en el Cristo total

-el Punto Omega, como dirá osadamente Teilhard de Chardin desde una cosmología todavía incipiente-. Ya en la década de los 60 del primer siglo, Pablo había hecho síntesis tan atrevidas como las siguientes: que el Mesías está al principio de las obras de Dios, como modelo de su creación; que es además “la meta y plenitud” hacia la que toda la creación tiende: “el es modelo y fin del universo creado, él es antes que todo y el universo tiene en él su consistencia” (Col 1, 17). Un par de décadas más tarde, profundizando la reflexión anterior, Pablo descubre el proyecto de Dios para la época final de la historia. Este proyecto consiste en la “unidad universal” que tiene como elemento fundamental la unidad de todos los seres humanos (lo terrestre) con Dios (lo celeste): “nos reveló (por medio de Jesús Mesías) su designio secreto, conforme al querer y proyecto que él tenía para llevar la historia a su plenitud: hacer la unidad del universo por medio del Mesías, de lo terrestre y de lo celeste” (Ef 1, 10).

Para el propósito de esta breve incursión en la teología del Nuevo Testamento quizás nos basten estas dos reflexiones finales: una referida a la genuinidad de la espiritualidad cristiana y otra a sus consecuencias ético-ecológicas.

Referente a la primera, ya no se puede hoy día, contando con las aportaciones de la ciencia, contemplar la naturaleza como algo acabado y completo sino como un organismo histórico en permanente evolución (recreación) hacia un futuro desde donde le llega la consistencia y solidez. Tampoco se puede pensar el ser humano como un extraterrestre venido de fuera como un aerolito sobre el cosmos, ajeno en un universo que resulta ser su propio hogar (él pertenece a la noosfera, la parte pensante de la naturaleza). Es parte de un proceso evolutivo que, pasando por la geoesfera (la materia) y la biosfera (la vida) sigue caminando (encarnación) hacia la unidad plena de todo el universo en Cristo, empujado y mantenido por la acción amorosa del Abba.

Y respecto a la ética ecológica, si ya no podemos pensar el ser humano fuera del cosmos ni encontrar a Dios y a su Cristo fuera de esta misma realidad, sería siempre un desatino pretender una praxis correcta, cristianamente hablando, desde fuera de esta base cristológica que nos aporta el Nuevo Testamento. El haber pensado al ser humano y al Dios creador fuera del cosmos nos ha llevado a la crisis actual del planeta. Será necesario retornar nuestras prácticas de fe, esperanza y caridad a la tierra donde está nuestro hogar. Todas las miradas cristianas más conscientes se fijan hoy día en Francisco de Asís que, siguiendo a Jesús de Nazaret, supo hacer una síntesis perfecta entre el cosmos, el ser humano y Dios.

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