DICHOSOS LOS QUE ELIGEN SER POBRES, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE DIOS

Amparo Madrigal

 Son varios los argumentos que durante mucho tiempo nos han hecho suponer que “la economía iba bien”, aunque ésta únicamente fuera bien para unos pocos. En el comunicado de CCP sobre quiénes y qué provocó la crisis financiera se revelan falsos argumentos que durante mucho tiempo nos han hecho creer eso. No obstante, a lo largo de los últimos semestres sólo escuchamos desagradables noticias sobre inmensos fraudes (el caso de las hipotecas basura, la pirámide Madoff), en los que han caído hasta los más “despabilados inversores”. Como un efecto dominó, el desastre financiero ha ido afectando a las economías nacionales hasta convertirse en una crisis global. Los analistas sólo nos dan malos presagios y entre algunas personas cunde el pánico.

Grandes, medianas y pequeñas empresas pretenden “salvarse” de la crisis reduciendo personal, dejando a muchas personas en el paro y/o desempleo, algunas de ellas en completo desamparo. No hace falta ser un gran analista económico para identificar que el origen de esta crisis financiera está en la codicia, la avaricia e irresponsabilidad sin límites de las autoridades económicas y políticas que la han permitido. La posesión desmesurada de dinero y el poder que éste otorga están en la raíz del problema.

Sin embargo, el dinero en sí mismo no es únicamente una fuente de problemas, todo lo contrario, el dinero es necesario para vivir, da seguridad a las personas porque a través de él se facilita la solución de muchos problemas. El problema no está en el dinero, sino en el uso que hacemos de él. A través del dinero se obtiene lo necesario para vivir, pero también lo vano e innecesario. En diferentes pasajes del evangelio encontramos situaciones en las que el dinero es utilizado como salario para realizar transacciones de compraventa, para pagar impuestos y en algunos casos es utilizado con buenos fines, por ejemplo, el buen samaritano que cuida del malherido que encuentra en el camino, y luego le lleva a una posada y paga dos denarios al posadero para que continúe cuidándolo hasta su regreso.

La cuestión no está en la posesión del dinero, sino en la acumulación inútil, en el disfrute egoísta del mismo y en la confianza absoluta puesta en él. Quien deposita su seguridad en el dinero, siente la necesidad de poseer más, de acumularlo y no compartirlo, llegando a idolatrarlo y convertirlo en su Dios. Por el contrario, Jesús no siente ninguna necesidad ni apego al dinero, ni a lo que se consigue con él. En este sentido, no se siente fascinado ni deslumbrado por el dinero ni el precio de las cosas que se compran con él, tal y como parece deslumbrarse Judas cuando critica a la mujer que rompe un frasco de alabastro y derrama perfume de alto precio sobre Jesús (Mc 14:3-9). Para Jesús, lo importante está en la manifestación de ternura, entrega y cuidado por el prójimo, por tanto, por qué escandalizarse al verter un perfume sobre él, si siempre habrá pobres a quienes hacerles bien.

Jesús advierte a sus seguidores sobre el apego al dinero y la riqueza diciéndoles: “Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero” (Lc 16:13).

Por ello, cuando Jesús envía a sus discípulos a anunciar la buena nueva, los envía sin más posesiones que la confianza en Dios; y para predicar con el ejemplo les instruye diciéndoles cómo actuar y qué deben o no llevar consigo, practicar la austeridad y confiar en la providencia. Aunque hay pequeñas diferencias entre los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas el mensaje respecto a las posesiones es el mismo: no llevar más que la voluntad de servicio a los necesitados y anunciar la buena noticia.

Llamó a los doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que, aparte de un bastón, no llevasen nada para el camino: ni pan, ni alforja, ni dinero en la faja; que fueran calzados con sandalias, pero que no llevaran dos túnicas (Mc 6: 7- 9).

Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, echad a los demonios: gratis lo habéis recibido, dadlo gratis. No llevéis oro, ni plata, ni dinero en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni calzados, ni bastón, porque el obrero merece su salario (Mt 10: 8-10).

Reunió a los doce, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y de curar enfermedades, y los envió a predicar el reino de Dios y a curar a los enfermos. Les dijo: “No llevéis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas” (Lc 9:1-3).

Las instrucciones que Jesús da a los discípulos (a los doce y a los setenta, Lc 10:1-12) no las da por ser un asceta, las da para que sean ejemplo de liberación como lo es él. Jesús no fue un asceta, ni un ermitaño, por el contrario, gozaba del encuentro con las personas, sin importarle sexo, ocupación, nacionalidad, religión que profesaran o enfermedad que padecieran; en ocasiones le acusaron de comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores (Mt 11:18-19). Lo que Jesús enseña a sus seguidores es compartir los bienes y cuidados entre todos, especialmente con los más necesitados, renunciando a la acumulación de bienes, gloria y poder. La única riqueza que Jesús propone es la riqueza ante “los ojos de Dios”; riqueza que se obtiene en el amor y cuidado a los más pequeños, débiles y necesitados.

Entonces el rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui emigrante y me acogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, preso y fuisteis a estar conmigo (Mt 25:34-36).

Por otra parte, Jesús identifica, y muestra a sus discípulos, la confianza en la providencia del amor del padre-madre que demuestra la viuda que en el templo deposita unos céntimos, que eran posiblemente todo lo que tenía para vivir (Mc 12: 41-44 y Lc 21: 1-4). Jesús valora más el donativo de la pobre viuda, que confía en Dios más que en el dinero, del que puede desprenderse aunque lo necesite más que los ricos que donan lo que les sobra.

Esta actitud de plena confianza en Dios es la que Jesús pide a quien le quiere seguir. Vender todos sus bienes y repartirlos entre los pobres es lo que responde al joven que le pregunta ¿cómo alcanzar la vida eterna? (Mc 10: 17-22). Asimismo, advierte a quienes quieren seguirle que la renuncia es radical, una renuncia igual a la que él vive, pues “las raposas tienen madrigueras, y las aves del cielo nido, pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8:20 y Lc 9:58).

Pero Jesús invita, no obliga a nadie, cada quien decide hasta dónde puede implicarse en su seguimiento. El joven rico ha cumplido con los mandamientos, pero no está dispuesto a desprenderse de sus riquezas, y por ese apego a la riqueza Jesús explica a los discípulos que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios” (Mc 10:25; Mt 19:24 y Lc 18:25). Jesús se alegra por Zaqueo, y aunque tampoco le sigue como discípulo, se reconoce como pecador, y está dispuesto a repartir la mitad de sus bienes entre los pobres y devolver cuatro veces más a quienes hubiese estafado (Lc 19:1-8). Jesús también pone el ejemplo del administrador infiel o astuto que al temer por su futuro, al sospechar que su amo le puede despedir, decide renunciar a las altas comisiones que obtenía de la administración de los bienes de su amo, garantizándose de esta manera la solidaridad de aquellos a quienes él había reducido la deuda (Lc 16:1-13).

Jesús no se angustia por el futuro, pues sabe que el amor del padre que alimenta y cuida de las aves, también alimenta y cuida de sus amadas y amados hijos (Mt 6:26, Mt 10:31). Esto no significa cruzarse de brazos a la espera de que Dios provea, sino buscar el alimento igual que las aves, sin acumularlo ni especular con él.

Tal como lo expresa Jesús Peláez1, “hacerse pobres no es otra cosa que renunciar al individualismo, al deseo de codicia, al consumo desenfrenado, al materialismo dominante, y abrir paso a la cultura de la moderación, eligiendo el camino de la austeridad solidaria, nueva formulación de la primera y principal bienaventuranza, la que hace posible que Dios reine y que los hombres sean hermanos”.

La codicia, la búsqueda de poder y gloria es lo opuesto al proyecto del Dios Padre y Madre que nos presenta Jesús. El proyecto que Jesús nos propone para liberarnos de la angustia o preocupación por el futuro es el servicio a los demás, especialmente a los más débiles, los más pequeños y marginados, y quien elija esa opción será dichoso o bienaventurado.

“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3).

Y es que la dicha de servir a los demás, especialmente a los más necesitados, sólo se tiene cuando el espíritu nos impulsa a hacerlo libremente, sin esperar nada a cambio. No se trata únicamente de desprenderse del dinero para satisfacer las necesidades de los más pobres, se trata de cuidar al desvalido como lo hizo el buen samaritano, y de brindar ternura a quien la necesita.

Cuando las injustas circunstancias de la vida nos obligan a ser pobres (explotación, miseria, ignorancia, enfermedad, etcétera) no hay ninguna dicha, todo lo contrario, reina la injusticia; pero cuando es el espíritu –es decir, la capacidad humana de elección– la que nos invita a ser pobres, la dicha es definitiva. La pobreza que nos obliga a servir a otros para poder subsistir no es buenaventura. La pobreza impulsada por el espíritu, la pobreza elegida, es el camino a la felicidad propuesto por Jesús en el sermón de la montaña. De acuerdo con Fernando Camacho2 “Jesús proclama dichosos a los que optan por la pobreza, puesto que esa opción, que extirpa la raíz interior de la injusticia, la ambición humana, permite el ejercicio del reinado de Dios, impulsa la liberación de los hombres y hace posible unas relaciones humanas basadas en el amor activo”.

 1 Peláez, J.: Jesús y el dinero: la parábola del rico y los graneros. http://www.sedos.org/spanish/pelaez.htm

2 Camacho Acosta, F.: Jesús, el dinero y la riqueza. Revista ISIDORIANUM 6 (1997) 393-415.

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