De la Cañada Real a “El Lugar de la Mancha”

Alicia García Lázaro

Parroquia Sto. Domingo de la Calzada

            Como pasó con Don Quijote,  para muchas personas “habíamos perdido el 63 Vivir 3juicio” aventurándonos a llevar a 40 niños rumanos de etnia gitana con edades comprendidas entre los 4 y los 12 años a un campamento toda una semana. Pero… “si no saben nadar, si no saben lo que es una ducha, si muchos no hablan casi español, si algunos son muy pequeños, si ni siquiera la mayoría sabe escribir, si tienen otras costumbres, si muchos de los monitores no les conocemos, si no estamos preparados, si no disponemos de ayudas, si nunca lo ha hecho nadie, si no tienen nada…” Las objeciones, preguntas y dudas que nos surgían eran muchas, pero las motivaciones para emprender la aventura siempre fueron más fuertes.

            Estos 40 niños viven en un barrio marginal de Madrid,  llamado la Cañada Real Galiana, en el Kilómetro 14 de la carretera de Valencia. Paradójicamente de real no tiene nada, salvo por ser el paraíso de la droga. La mayoría viven en chabolas o en casas en malas condiciones: carecen de agua potable, baños, alcantarillado, escuelas, centro de salud,  etc… Aunque estas personas existen, no así para la administración pública.

63 Vivir 4

         Tras varias horas de viaje, con un alto en el camino para comer, llegamos a  un cortijo de  Villanueva de los Infantes,  donde pasaríamos una semana inolvidable.       Al llegar, se le dio a cada niño/a una mochila con todo lo necesario para la semana: ropa y artículos para el aseo personal. Mientras tenían la bolsa en sus manos e iban sacando de ella los objetos, sus caras nos demostraban asombro y alegría, al tiempo que expresaban verbalmente: “¿Para mí? ¡Gracias!

         Uno de los aspectos que nos creaba más interrogantes era la noche, el dormir. Para ubicarnos, sus “casas”, dígase chabolas, son una habitación pequeña en la que está la cocina y la cama, donde duermen junto con sus padres y hermanos; es por ello que no sabíamos cómo iban a responder al hecho de tener una cama propia. 

            Lo que más interés despertó y, a la vez, la actividad en que más disfrutaron fue la “pisquina” (así es como la nombraban). Para la mayoría era la primera vez que disfrutaban de esta experiencia, que no cabe duda que ha sido inolvidable, teniendo en cuenta que muchos de estos niños/as viven en lugares sin agua potable, lamentable en un Madrid tan desarrollado.   

            Podría decir que estos niños y niñas,  que viven en esas condiciones infrahumanas ya mencionadas, se adaptaron de maravilla al medio, de tal manera que disfrutaban de ducharse, de comer, de ir limpios, y a decir verdad sin mucho esfuerzo por parte de los monitores para conseguirlo. Se estableció rápidamente una simbiosis con el medio, negándose, alguno de ellos, a ponerse una camiseta que no estuviera bien limpia. Esto, que parece una trivialidad, a mí personalmente me abre muchos interrogantes…

            Todos tenemos en la mente y en el corazón muchas imágenes grabadas de esa semana en Villanueva de los Infantes, pero una de las más impactantes fue el último momento cuando nos despedimos todos entre verdaderas lágrimas; llorábamos porque nos separábamos de unas criaturas a las que ya amábamos, pero llorábamos también porque éramos conscientes de adónde volvían. Para todos no había sido tan sólo una aventura sino que, como Don Quijote y Sancho, hubiésemos querido que fuera para siempre, nuestro sueño: su felicidad.. Tal vez nos queda luchar con muchos molinos para conseguir que personas como las que acabamos de conocer vivan con dignidad… Pero ya sabemos que vale la pena.

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