¡Cuéntame un cuento!

Amparo MADRIGAL

 El Reino de Dios es para los que se parecen a los niños,

 y les aseguro que quien no reciba el reino de Dios como un niño,

 no entrará en él. (Mc, 10:15)

 La infancia a la que se refería Jesús

En tiempos de Jesús, la vida de los niños no era fácil, y la de las niñas era aún peor. La esperanza de vida era muy baja y la mortalidad materna e infantil era muy alta, y muchos hijos e hijas no eran deseados por sus progenitores. Lo normal era tener mucha descendencia, pues no había métodos fiables para el control de la natalidad, y además se sabía que debido a las enfermedades muchos no llegarían a mayores.

Procurar el alimento, salud, educación y protección de una familia numerosa era –y sigue siendo- la eterna preocupación de las madres y los padres. La competencia por sobrevivir era dura y en cuanto crecían y podían valerse por sí mismos, los hijos tenían que salir a “rodar la fortuna”. La novela “La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades” es un claro ejemplo de las dificultades que afrontaban los menores antiguamente, y de la astucia y picardía que tenían que desarrollar para subsistir.

Son numerosos los cuentos populares rescatados por la tradición oral, y posteriormente por autores como Perrault, los hermanos Grimm, Andersen, que relatan las dificultades que vivían las familias, y cómo la infancia no era una etapa vital colmada de juegos, alegrías, fantasías e ilusión. Cuentos como “Hansel y Gretel”, “Pulgarcito”, “La habichuela mágica”, muestran los apuros de las familias para alimentar a sus niños, y la frecuencia con que les abandonaban cuando no podían asumir esa tarea.

Algunos de los cuentos tradicionales enfatizan la astucia y valentía de los niños y las niñas para sobrevivir a la dura realidad en las que les tocaba vivir. La tradición oral tenía una función pedagógica, eran una fuente de enseñanzas para la infancia, y servían para inculcar los valores de la comunidad, a veces valores conservadores e inmovilistas, y otras veces, orientados hacia el ejercicio de una actividad transformadora, tanto a nivel personal como colectiva.

En este sentido, los cuentos abrían el camino a la reflexión y a la esperanza de cambio ante las injusticias sociales, infundiendo ánimo, motivación e ingenio para atreverse a acabar con las penalidades que les acuciaban. Es el caso del cuento principal que enmarca los diferentes cuentos de “Las mil y una noches”, en el que la heroína Sherezade arriesga su vida y se las ingenia junto con su hermana para encontrar una solución al feminicidio ejercido por el Sultán Sahriar.

Aunque muchos cuentos son para adultos, han sido denominados “cuentos infantiles” porque es en los niños y las niñas en quienes se observa con mayor transparencia la confianza, el entusiasmo, la simplicidad y la alegría de embarcarse en la aventura personal y colectiva de construir un mundo mejor. Son éstas las actitudes necesarias para construir, recibir y entrar en la sociedad alternativa, en el Reino de Dios.

¿Ha cambiado la situación?

Los malos tratos, la violencia y opresión hacia seres indefensos, sean éstos menores o adultos, han existido a lo largo de la historia de la humanidad. La indefensión y vulnerabilidad de determinados sectores de la población como la infancia, las mujeres, las personas con alguna enfermedad o discapacidad, los ancianos y ancianas, o las personas excluidas por un sistema productivo que ya ni les oprime ni explota, por la sencilla razón de que les ha excluido de su sistema, sigue siendo por desgracia el pan nuestro de cada día. Todos y cada uno de ellos representan a los niños y las niñas que se acercaban a Jesús.

Afortunadamente, la humanidad avanza, tímidamente, con altos y bajos por el camino, porque el reino germina aunque no veamos muy bien cómo lo hace (Mc, 4:26-27). Y es que cuando la compasión y el amor intervienen nos lleva a actuar en consecuencia, y puede ser que la semilla germine y crezca como el grano de mostaza. Un ejemplo de ello lo vemos en la historia de la lucha contra los malos tratos a la población infantil.

Cabe recordar que fue hasta en 1874 cuando un tribunal de justicia de Nueva York condenó por primera vez en la historia a unos padres por crueldad hacia su pequeña hija de 8 años de edad. Mary Ellen fue una niña que sufría malos tratos por parte de sus padres. Éstos afirmaban su conducta en el hecho de ser los “dueños” de la niña y poseer todos los derechos sobre ella. El caso fue denunciado por una trabajadora de la caridad, que al no tener argumentos jurídicamente válidos respecto a “los derechos sobre la propiedad de los hijos”, buscó apoyo en la Sociedad Americana para la prevención de la Crueldad hacia los Animales, alegando que la niña también formaba parte del Reino Animal y como tal no debía permitirse la crueldad, aunque fuera ejercida por sus propietarios. Gracias a la astucia y confianza de esta trabajadora de la caridad se alivió el sufrimiento de la niña, y posteriormente se fundó la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños, extendiéndose por muchos países y siendo fermento de lo que hoy conocemos como la Convención sobre los Derechos del Niño.

Fue en 1989 cuando los representantes de la Organización de Naciones Unidas dieron a conocer el primer instrumento internacional jurídicamente vinculante para promover y defender los derechos humanos de los menores de 18 años. Esta convención establece pautas en materia de salud, educación y la prestación se servicios jurídicos, civiles y sociales 1. Sin embargo, no basta con que se firme una declaración de intenciones, ni siquiera firmar una convención jurídicamente vinculante, si no se vela por su cumplimiento.

En este sentido hay que señalar la importante labor que realizan organizaciones como UNICEF, Save the Children, Amnistía Internacional (AI), en la promoción y defensa de los derechos humanos. Por ejemplo, AI no sólo denuncia los casos de violación de estos derechos, sino que también denuncia la omisión de los Estados de velar por el cumplimiento y promoción de los mismos. En el caso de Nicaragua, AI está llevando a cabo una campaña de petición al Gobierno de Nicaragua para que tome medidas para cambiar la situación de las víctimas de violencia sexual y la prevención de la misma. Y es que la violación y los abusos sexuales tienen carácter endémico en Nicaragua 2. Según el informe presentado por AI, existe una honda preocupación por el incumplimiento por parte del Estado de Nicaragua de una serie de artículos de la Convención sobre los Derechos del Niño.

El problema de los abusos sexuales no es sólo un problema de los países del tercer mundo, sino un problema estructural basado en relaciones de dominio, sometimiento y desprecio a los más débiles y vulnerables; por lo tanto, es un problema existente en todas las sociedades y grupos sociales donde el más fuerte –mayoritariamente varón–  abusa de su poder para satisfacer sus deseos sexuales, destrozando en muchos casos la vida, la salud mental y el futuro de los y las menores. Este problema es alarmante, teniendo en cuenta que según un estudio realizado en la Universidad de Granada (España) 3, las cifras de prevalencia de abusos sexuales a menores entre la población española general es de un 22,5% entre las mujeres y el 15,2 % entre varones.

Afortunadamente, al igual que con la historia de la defensa de Mary Ellen, cada día salen más a la luz estos abusos que han estado sumidos en el espacio privado de las familias, donde difícilmente se puede intervenir si no es con la determinación de quienes quieren liberarse de la opresión, y el apoyo de un marco jurídico y los recursos de éste, para garantizar la protección de la víctima y la penalización del victimario. Hoy en día, las denuncias de abusos sexuales a menores han salido con fuerza al espacio público, y nadie que se llame cristiano o cristiana puede hacer oídos sordos ante el drama vivido por tantos menores. Porque ya lo había dicho Jesús: “El que tiene oídos para oír, que oiga” (Mc, 4:9; Mc, 9:42).

La desvalorización del espacio privado ha facilitado el abuso de poder hacia quienes han sido recluidos a dicho espacio, principalmente las mujeres, y las personas con dificultades de autonomía personal, enfermas, o con algún tipo de discapacidad que requieren del cuidado de otras personas, a quienes también se les subvalora el trabajo realizado.

En este sentido, cabe recordar que en España sólo hace seis años que se cuenta con una Ley de Medidas de Protección Integral Contra la Violencia de Género; violencia que hasta hace poco, muchos varones y mujeres justificaban como “problemas de la vida privada de las pareja” o “crímenes pasionales” en los que no debía intervenir nadie ajeno a la pareja. Actualmente continúan siendo asesinadas muchas mujeres a manos de sus parejas o exparejas, y en muchos casos también son asesinados sus hijos e hijas.

En el espacio de lo privado también se encuentran los abusos de poder hacia quienes prestan su fuerza de trabajo en este ámbito. Es el caso de las empleadas del hogar, colectivo que actualmente está conformado principalmente por personas extranjeras, muchas de ellas sin contrato de trabajo, porque el régimen especial de empleados del hogar no lo exige, por tanto, realizando un trabajo que beneficia a muchas familias, pero que a ellas les puede dificultar la regularización de la residencia legal en el país, y por consiguiente, la reagrupación familiar, en caso que tengan a sus hijos e hijas en el país de origen. Hoy las empleadas del hogar reivindican la valoración del trabajo realizado, y luchan por la equiparación de los derechos laborales del Régimen Especial de Empleados/as del Hogar, con el Régimen General de la Seguridad Social.

Muchas veces las situaciones de injusticia no son tan evidentes, y eso aumenta la vulnerabilidad de quienes la sufren; es el caso de personas aquejadas por alguna enfermedad, a quienes se les culpabiliza de haberla adquirido, o simplemente se les desvaloriza porque no cuentan como personas productivas. Las injusticias cometidas contra los más vulnerables no salen con facilidad a la luz pública, y requieren de éstos una gran fortaleza, constancia y confianza para lograr la erradicación de la misma.

Es por ello que ser como niños y niñas es vivir un proceso que parte del reconocimiento de la debilidad, la sencillez, de la capacidad limitada, de la ausencia de certezas y poder, para iniciar un proceso de crecimiento que lleva a desarrollar el potencial humano emancipador, y en cuya base se encuentra la confianza, libertad y la alegría que da el amor del Dios Padre-Madre que nos invita a su reino de plenitud.

Para finalizar este artículo, y para que continuemos reflexionando, les transcribo un cuento de Anthony de Mello, sobre la preocupación de un niño de hoy.

Una maestra observó que uno de sus alumnos estaba triste y pensativo.

-“¿Qué te preocupa?”, le preguntó.

-“Mis padres”, contestó él. “Mi papá se pasa el día trabajando para que yo pueda vestirme, alimentarme y venir a la mejor escuela. Además hace horas extras para poder enviarme algún día a la universidad. Y mi mamá se pasa el día cocinando, lavando, planchando para que yo no tenga que preocuparme”.

-“Entonces ¿por qué estás preocupado?”.

-“Porque tengo miedo de que traten de escaparse”.

 

1 http://www2.ohchr.org/spanish/bodies/crc/index.htm

2 http://www.es.amnesty.org/ga/grupos-locales/andalucia/grupos/universidad-de-sevilla/paginas/noticia/articulo/escucha-sus-voces-y-actuaacto-por-las-ninas-de-nicaragua-victimas-de-violacion-y-violencia-sexual/

3 M.R Cortés Arboleda et al. Gac Sanit, 2011; 25 (2): 157-165

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