CSOA LA MADREÑA

 Movimiento 15M de Uviéu

 En el espacio social pueden desatarse dos tipos de incendios. Si arden los hierbajos, el fuego se expande con rapidez según la dirección del viento, quema lo que quiere y se va. Sin embargo, siguiendo con la metáfora de Aritz Intxusta y Alberto Pradilla, es quizás el menos peligroso, puesto que las llamas pasan demasiado aprisa, chamuscando sólo superficialmente los árboles. Una nueva corteza sale al año próximo y del incendio no queda ni rastro. El incendio que deja huella es el que avanza lentamente y da tiempo a las llamas a quemar los árboles.

El Centro Social Ocupado y Autogestionado La Madreña supone un intento de alimentar las brasas de la contestación social, que a lo largo de las jornadas de mayo de 2011 se habían avivado de nuevo en el Estado español. El 15 de noviembre de ese mismo año, el movimiento 15M hacía pública la recuperación de la antigua Consejería de Sanidad, situada en la calle General Elorza de Uviéu. El objetivo era doble. Por un lado, irrumpir en plena campaña electoral señalando que las necesidades de la ciudadanía no son compatibles con las de los mercados, incluido el electoral; por otro, denunciar la complicidad de las administraciones con los grandes promotores, principales beneficiarios de la burbuja inmobiliaria cuyo estallido padecemos ahora las clases populares.

El edificio recuperado para la ciudadanía estaba en el centro de una operación de especulación urbanística que debía desembocar en la construcción de viviendas de lujo. En 2007, los gobiernos autonómico (PSOE-IU) y local (PP) deciden rescatar a la empresa “Jovellanos XXI”, propiedad  de los multimillonarios José Cosmen Adelaida y Alberto Lago, tras el relativo fracaso de su inversión en el Palacio de Congresos y Exposiciones. En primer lugar, la administración autonómica adquiere dos alas del edificio Calatrava, con el fin de trasladar allí las oficinas de las consejerías de Sanidad y Bienestar Social. Para financiar esta compra de 59 millones de euros, las diversas administraciones convirtieron en suelo residencial tres parcelas públicas, incluyendo los emplazamientos originales de las consejerías de la calle General Elorza. Estos terrenos fueron vendidos a la constructora SEDES, de participación pública, de forma ilegal: según un informe de la Sindicatura de Cuentas de Asturias del 1 de abril de 2009, la Ley de Patrimonio exige la aprobación del Parlamento autonómico en el caso de realizarse una permuta de tales dimensiones.

En otros términos, la administración autonómica vendió el coche para comprar la gasolina. Sin embargo, toda esta operación se vio trastocada por la crisis inmobiliaria, por lo que los edificios permanecieron abandonados durante 4 años, a pesar de los reiterados anuncios de derribo “inminente” para construir en su lugar viviendas de lujo, a 3.600 euros el metro cuadrado.

El panorama electoral surgido de la convocatoria del 20N facilita el que no se produzca un desalojo “express”. El gobierno autonómico ya había pasado en junio de 2011 a manos de FAC, unas siglas no implicadas directamente en la operación, y la victoria del PP a nivel estatal implica la designación de un nuevo Delegado del Gobierno en Asturies. Esto permite ganar unas semanas clave para abrir las puertas del nuevo centro, bautizado como La Madreña: un guiño a la cultura popular frente a las veleidades “cosmopaletas” del consistorio local y a una de las consignas más coreadas en las manifestaciones “Madreñazu al sistema”. El intenso programa de actividades, el apoyo público de la asociación de vecinas, la participación de personas y grupos con amplia trayectoria en actividades concretas y su amplia difusión en las empresas de comunicación permite una legitimación importante de cara a un posible desalojo. Sin duda, también la normalización de la desobediencia ciudadana y de las luchas impulsadas por el 15M contribuyó a que el tratamiento mediático recibido por La Madreña difiriera considerablemente respecto al recibido por experiencias anteriores de recuperación.

La territorialización de nuestras luchas y la siempre difícil recomposición de los vínculos sociales es uno de los objetivos de este centro, por lo que el contacto con el vecindario y la apertura a los movimientos sociales y culturales se establece como uno de los ejes de trabajo, una vez finalizadas las primeras tareas de acondicionamiento de unos equipamientos que formaron parte de la biografía de muchos vecinos, y no solo del barrio de Pumarín: miles de personas recibieron atención en “La gota de leche” y no pocos profesionales de la salud recuerdan su paso por el centro. De ahí que los colectivos sociales y vecinales hayan reclamado durante años su uso social, con campañas como “Salvemos Pumarín”.

Las líneas de trabajo y los debates principales se intentan impulsar desde la asamblea general, que se reúne todos los lunes. Fomentar la autoorganización popular y la construcción de una subjetividad colectiva al margen de las identidades que ofrece el mercado es quizás la tarea más complicada, sobremanera en un momento marcado por la precariedad, la crisis de representación, la destrucción de los espacios tradicionales de encuentro y la potenciación de las formas más ególatras de individualidad. Tan posible es un desalojo policial como que la asamblea se desaloje a sí misma si se impone el “sentido común” hegemónico de puertas afuera, que nos invita a competir y consumir sin responsabilizarnos de las consecuencias de nuestras acciones.

La potenciación del pensamiento crítico y la creación colectiva han sido dos preocupaciones fundamentales en este espacio, que había sido arrebatado por la especulación, y que en sus seis meses de existencia ha estado abierto a múltiples actividades: exposiciones, talleres, debates, conferencias, cine, teatro, biblioteca, poesía, música… protagonizadas por gentes de diferentes edades, incluido el público infantil. Las problemáticas abordadas van desde las alternativas económicas y ecológicas o las aportaciones del movimiento feminista hasta las relacionadas con la escena musical alternativa y la cultura libre.

La Madreña ha sido un espacio de encuentros y también de desencuentros. Nuestros comportamientos colectivos vienen con frecuencia sobrecargados de tensiones simbólicas, expresión de una crisis más extensa de los “lugares de la experiencia” conocidos por las generaciones previas (la escuela de masas, la familia nuclear, la fábrica fordista o el barrio). Por eso, se ha tratado de que el ocio y la sociabilidad fuera de los circuitos comerciales sean objeto de debate, aunque resulte complicado que los consensos reemplacen a los hechos consumados.

En relativamente poco tiempo se ha logrado abrir espacios –y no solo salas– y explorar caminos. La Madreña alberga un gran potencial y no pocos retos. No olvidemos que en Asturies ha habido pocas experiencias de recuperación y ninguna en Uviéu (el Gaviluetu en Avilés, la Campera en Moreda d’Aller o la Flex en Xixón).

Las proyecciones, los ensayos teatrales, el taller de crianza de bebés, el taller de autodefensa para mujeres o los grupos de yoga y capoeira se consolidan poco a poco entre las actividades continuadas, al tiempo que surgen otras iniciativas, como los grupos de conversación en inglés, el aprendizaje de la lengua asturiana… a pesar de las dificultades técnicas y el trabajo que supone el mantenimiento de un edificio de tales dimensiones.

Sin embargo, las personas que participan en La Madreña aspiran a que el proyecto contribuya –como lo hacen otros espacios y procesos de la ciudad– a revertir unas tendencias que apuntan a un escenario nada prometedor (criminalización de la protesta, exclusión, recortes, privatizaciones…), por lo que buscan complementar la búsqueda de alternativas con una acción colectiva que vaya más allá de la mera resistencia filantrópica.


 

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