CONVERSANDO CON LAS HERMANITAS DE JESÚS EN EL 50 ANIVERSARIO DE SU PRESENCIA EN ESPAÑA

Evaristo Villar

 El número 153 de la calle Cristo de la Victoria está emplazado en el interior de un patio parecido a las antiguas corralas. Antes fue zona verde y se abrió para acoger a las 350 familias que venían de las chabolas de Torregrosa, en la carretera de Madrid-Andalucía. Desde el 1982, y gracias a la Asociación de Vecinos que controló desde el primer momento al IVIMA, esta zona del barrio de Usera ha cambiado como de la noche al día. Ahora son 1.100 viviendas cómodas y llenas de luz, abiertas a la comunicación entre sus gentes. En este barrio y en esta calle está asentada la Fraternidad de las Hermanitas de Jesús (de Foucauld), integrada actualmente por tres hermanas: Begoña (que trabaja en la coordinación y animación de las fraternidades de la región), Carmen (en tareas de limpieza) e Irene (atendiendo a un familiar enfermo). Pero esto sigue siendo el Sur.

 ¿De qué vive aquí la gente?, le pregunto después de los saludos iniciales.

De lo que puede, se apresura a responder sonriendo Carmen. Ha habido y sigue habiendo mucho paro. Quienes han sacado las castañas del fuego, con humildes trabajos de limpieza  y economía sumergida, han sido las mujeres. También a ellas se deben en gran medida estas viviendas cómodas, con luz y agua corriente que antes no teníamos.

La luz mortecina de la invernal tarde madrileña se va apagando y comienzan a prenderse las farolas.  Sobre las amplias, pero un tanto destartaladas calles del barrio, juegan gloriosamente los niños, pasan las jóvenes parejas empujando el carrito del bebé, los ancianos hablan con los niños de tú a tú…

¿Cómo, les pregunto, está la educación de los jóvenes y de los niños?

Los niños están todos escolarizados –vuelve a intervenir Carmen–, pero, a pesar del esfuerzo de los padres, hay mucho fracaso escolar. La juventud está en el desempleo y en el trabajo precario. La Asociación de Vecinos, autorizada por la Consejería de Educación, imparte clases de acompañamiento a los chavales escolarmente retrasados y cursos de alfabetización y jardinería a jóvenes y adultos. Me emociona el vecino que antes fue alcohólico y analfabeto y hoy sabe leer y escribir. Además, se va a quitar del tabaco.

El rostro de estas dos mujeres comienza ya a ajarse con los años, pero en sus ojos brilla una alegre esperanza.

¿Qué hace aquí –le pregunto a bocajarro– una comunidad como la vuestra?

Nosotras somos unas vecinas más, se apresura a responder Begoña. Unas vecinas trabajadoras. Aportamos nuestro granito de arena para hacer el barrio un poco más acogedor. Carmen, en la Asociación de Vecinos; Irene, en el contexto parroquial, y yo, entre mis funciones de animación de las fraternidades y la convivencia con las vecinas. Nos importa, sobre todo, el «modo de estar». Todas estamos convencidas de que en el seguimiento de Jesús tenemos las mejores claves del crecimiento humano. Nuestra convivencia comunitaria y nuestra presencia en el barrio son expresión de ese seguimiento. En Jesús, Dios se nos va mostrando como Padre y nosotras vamos descubriendo el camino de la fraternidad.     

Más que lo que yo hago en la Asociación de Vecinos –puntualiza pausadamente Carmen, que pertenece a la directiva– hablaría de lo que en ella recibo. Frecuentemente pienso, ¡qué buena es la gente conmigo! ¡Fíjate qué detalle! Yo, por mi trabajo, no pude estar presente en la preparación de la cabalgata de Reyes. Pero ellos me prepararon el disfraz para que pudiera participar en la fiesta. Todos en la Asociación hacemos de todo,, intentando construir algo nuevo. Yo lo hago en nombre de Dios y ellos por mejorar el barrio. En definitiva, ¿qué más da? Dios se nos va manifestando en estas tareas y vamos leyendo juntos la historia que él quiere ir escribiendo a través de nosotros. Yo estoy con ellos y ellos están conmigo. 

Begoña, desde su función actual de coordinadora de las fraternidades de la región, mira con envidia a sus hermanas y parece añorar sus buenos tiempos de inmersión popular y de su estancia misionera en Papuasia.

 ¿Cómo es un día cualquiera tuyo, Begoña?

Te  cuento el de hoy. Me levanté temprano y pasé un rato en la capilla  leyendo y meditando el Evangelio. Yo trato de recibir en mí aquella palabra que me dé vida. Por cuestiones familiares, estaba por aquí mi hermana.  Desayunamos juntas y luego la acompañé hasta el autobús. Al volver a casa,  me encontré con dos vecinas. Puri, que le toca hacer mañana la escalera,  está furiosa por este asunto y  entre las dos tratamos de calmarla. Le ofrecí mi apoyo en lo que me pareció justo.  Pero, inmediatamente me vino a la cabeza la otra mujer que vive en el cuarto. ¡Qué diferencia! Esta es una mujer excepcional, ha luchado en la vida como nadie: Casada con un alcohólico que la abandona muy pronto, ella tiene que sacar adelante a sus dos hijos y lo hace con tal dulzura y tal respeto… y recibe y atiende en casa, además, a su hermana drogadicta con una dedicación que te emociona. Me  encontré luego con otra persona que no había saludado desde hace tiempo y charlamos otro rato. Pude, al fin, hacer algunos encargos y volver a casa a la hora de almorzar. Comí pronto, puesto que ya había dejado preparada la comida antes de salir y estaba yo sola. Luego he dedicado el tiempo a preparar unos documentos para el Secretariado General de la fraternidad y… estaba justamente en la capilla cuando tú llegaste. Éste es mi día. Otros días, cuando regresa Carmen,  rezamos juntas las Vísperas y cenamos juntas. Mañana, por ejemplo, tengo la reunión mensual con las familias del Hermano Carlos (Hermanitas del Sagrado Corazón, el Grupo de Modalidad, Jesús Cáritas y la Fraternidad Sacerdotal). También estoy (y estamos)  participando en el Sínodo de la diócesis de Madrid

La capilla de estas hermanas es ciertamente una monada, un pequeñísimo oratorio. Te cautiva por su simplicidad: un sagrario diminuto con una luz que le da vida, unas flores frescas  y un niño Jesús (tiempo de Navidad) recostado en el mismo suelo. Dadas sus  reducidas dimensiones, difícilmente podría entrar un cardenal romano en esta estancia a no ser que renunciara previamente a  sus periféricos. Me encanta provocar a estas hermanas y le pregunto, como en los buenos tiempos, por su vida de comunidad

¿Hasta dónde llega vuestra vida en común?

Nosotras lo compartimos todo, somos muy interdependientes, afirma con aplomo Carmen. Como somos poquitas y corresponsables,  formamos una familia. Nuestra economía, la que conseguimos con nuestro trabajo,  y nuestros pocos bienes los ponemos en común y los compartimos con la gente del barrio. Interviene decidida Begoña: nosotras somos vecinas, estamos llamadas a ser vecinas trabajadoras, a realizarnos en los ambientes y contextos donde vive la gente. En esos contextos cada una recibe y aporta lo que es y lo que tiene.

¿Qué imagen creéis que tienen los vecinos de vosotras?, les pregunto.

La de unas vecinas más. Cuando tienen algún problema muchos te lo cuentan. Existe un cierto enganche a nosotras, afirma  Carmen con evidente satisfacción. Estuve un año en Torregrosa, continúa Begoña,  y pude apreciar la relación tan estrecha que existía entre la fraternidad y la gente de las chabolas. Nuestra casa es  considerada generalmente como la casa de todos. Quizás ésta nuestra de Usera, por las peculiares circunstancias que la afectan, no puede disfrutar tan plenamente de ese ambiente.

En estos momentos  suena el timbre de la puerta, se oye un breve cuchicheo entre mujeres y, al instante, aparece Carmen con una pequeña fuente de paella: «He hecho una paella y me ha quedado muy rica; os traigo un poco para que la probéis», le dijo la vecina. Sonreímos cariñosamente.

Se respira en la sencillez de esta casa,  en el trato  cordial que te ofrecen Begoña (guipuzcoana emprendedora), y Carmen (malagueña más reflexiva),  en el afecto y respeto con que se tratan ellas mismas,  algo que te invita a mirar más al fondo, a lo que está detrás,  en la base de sus vidas: sus valores, lo que les da sentido

 ¿Cuáles son, les pregunto, las claves de vuestra vida, de vuestra espiritualidad?

Una vida contemplativa,  responde casi mecánicamente Carmen. Contemplar el rostro de Dios, no sólo en la Eucaristía, sino en la vida misma, en las personas, en  los acontecimientos, en el mundo. Como aconteció en el misterio de Nazaret: Jesús, durante 30 años, llevó una vida normal  y ya nos estaba redimiendo  desde su obediencia inquebrantable al Padre. Además, señala Begoña, yo añadiría un amor por la inclusión. Por hacernos cercanas a todos aquéllos que la sociedad va rechazando. Como hizo Jesús, como ha hecho siempre Dios con los hombres: caminando con el pueblo, siempre cercano a los que sufren; sintiendo debilidad por los más frágiles. Y para hacer esto, no hace falta ser nada especial.  Se trata de caminar «con los que han perdido el tren», sentencia finalmente Carmen. En nuestra sociedad se va quedando mucha gente que ha perdido el tren.

Contemplativas en la acción, uniendo en la misma experiencia, como la corriente del río, las dos riberas: la contemplación de María y la acción de Marta, ambas amigas de Jesús y residentes en Betania.

Una clave  importante de nuestra espiritualidad, añade Begoña, siguiendo a nuestra fundadora (hermanita Magdaleine), es la infancia espiritual. «Yo sentía, dice nuestra fundadora,  que la Madre de Jesús me ponía el niño en brazos. Y esto me daba fortaleza porque Dios se ponía en mis manos». Es nuestra  manera de ir y estar con los demás: con confianza, sin poder, en pura gratuidad. Me acuerdo de un caso que traduce muy bien lo que está diciendo Begoña, dice Carmen: La hermanitas de Valverde, que trabajan en los espárragos, tienen unos vecinos marroquíes. El marido perdió un dedo en un accidente y lo trajeron a Madrid. La mujer se acercó a nuestra fraternidad y les dijo: «Vuestras hermanas de Madrid ¿no podrían ir a verlo y atenderlo?» Esta mujer ha percibido perfectamente lo que nosotras queremos ser.

 Todo parece muy bonito, maravilloso. Como si en este mundo nuestro no existiese el mal, y los odios, y las guerras, y las injusticias flagrantes que se ocultan muchas veces bajo la obediencia ciega a las instituciones. Pero ya está suficientemente demostrado que, además de nuestra debilidad personal, existe un poderoso pecado estructural que va arruinando tantos valores.

Le pregunto por su implicación  en la lucha contra la injusticia estructural…

En el tema de la justicia, se apresura a decir Begoña, hay que distinguir, al menos, dos niveles. Nosotras vivimos de trabajos muy sencillos, es verdad; generalmente discriminados y mal retribuidos, explotados. Pero ¿cómo gastamos nuestro pequeño dinero? Y no se trata sólo de gastar poco, es gastar solidariamente, justamente según el espíritu del Comercio Justo. Esto implica, continúa Carmen que es objetora fiscal, ir hilando fino. No puedo luchar por la justicia si no soy justa conmigo, con los que me rodean. Yo no puedo decir «tú eres injusto». Yo me siento también responsable de la injusticia que hay en las instituciones, en la misma Iglesia, en la congregación religiosa. Yo estoy en un grupo del Sínodo de Madrid con Pastoral Obrera. Aquí está también una consejera general de una congregación religiosa. Y varias veces hemos constatado cómo en nuestras casas, en nuestros mismos colegios pasa desapercibida la empleada que trabaja con nosotras en casa, etc. La verdad,  yo me siento afectada por  los dos niveles.

Luchar por la justicia y soportar las injusticias. Esta es la  paradoja que se nos planta en el centro mismo del Evangelio. La vida de Jesús en este sentido es un  paradigma difícil de entender y de seguir. Estar con los que sufren la injusticia denunciando esa situación injusta parece un verdadero reto. Y fuera de ese lugar  la denuncia y la profecía se desvirtúan,  pierden gas.

¿Cómo estáis vosotras en la Iglesia?

También en la Iglesia hay bastante injusticia. Pero nuestra manera de ser nos hace que estemos donde va la gente con la que estamos. Y esta gente va a la parroquia. (Begoña no ignora que existen Comunidades Cristianas Populares, Iglesia de Base de Madrid, Somos Iglesia y tantos otros Movimientos cristianos).  Soñamos con una Iglesia diferente, más evangélica, como soñamos con una sociedad diferente. Pero nosotras somos parte de esta sociedad y de esta Iglesia que no son justas. En la parroquia, en el arciprestazgo, en la CONFER, tratamos de ser una presencia evangélica, aunque muchas veces nos encontramos como  peces fuera del agua. No es nuestra sensibilidad la que más se respira en  estos ambientes, sin embargo, es nuestra manera de estar.

Igual que el respirar, para nosotras lo más importante es apostar la vida por los que han perdido el tren, dice Carmen. Queremos decirles de alguna manera que Dios los ama porque Dios es amor. Y esto tenemos que decírselo allí donde están. Somos limitados y tenemos que trabajar para vivir y orar para mantener el espíritu; no podemos estar con todos y vamos escogiendo en función de nuestras posibilidades.

La noche, ya perfectamente asentada sobre el barrio de Usera, nos sorprendió en este punto. Un vaho sonoro y creciente subía desde las calles atascadas de coches  y  los bares repletos. Las humildes farolas del Cristo de la Victoria ya estaban a pleno rendimiento. Pero antes de despedirnos celebramos nuestro encuentro y el 50 Aniversario de la  Presencia de las Hermanitas de Jesús en España con una riquísima tarta acompañada de un sabroso café.

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