Es complicado ser cristiano de izquierdas

ES COMPLICADO SER CRISTIANO/A DE IZQUIERDAS

Respuesta de José María García Mauriño a la carta de Javier Domínguez,

publicada en estas mismas páginas del anterior número de Utopía 96

 Todo el mundo sabe que ser cristiano o cristiana es mucho más que ir a misa los domingos y no robar ni matar. “Creer es comprometerse”, y lo complicado es el compromiso de los cristianos. ¿A qué nos comprometemos?  Es algo muy personal, no es una obligación impuesta por las normas más o menos dogmáticas de la Iglesia. Lo difícil es el compromiso serio con las personas empobrecidas. Es una característica de los creyentes de izquierdas el ocuparse y preocuparse por la pobreza, por las desigualdades sociales, por los últimos de la sociedad.

 

Todos y todas somos muy de izquierdas mientras no nos toquen el bolsillo. Ser de izquierdas es ser solidario con las personas empobrecidas. Es tomarse en serio lo que llamamos “opción por los pobres”.  Jon Sobrino decía: “No hay opción por los pobres sin decisión a defenderlos. Y por lo tanto, sin una decisión a introducirse en el conflicto histórico. Esto no suele ser muy tenido en cuenta. Ni siquiera teóricamente. Pero, digámoslo una vez más: no hay opción por los pobres sin arriesgar”. Hasta aquí Jon Sobrino.

 

No cabe duda que la decisión personal y comunitaria de la gente de base es la defensa de las personas empobrecidas. Los defendemos cuando vamos a las mareas blanca y verde, denunciamos el silencio de la jerarquía ante el drama de los refugiados, hacemos declaraciones en  contra de las desigualdades sociales, estamos de acuerdo con los partidos más radicales, la mayoría somos antisistema, escribimos cosas contra el capitalismo; más todavía, participamos en comprometidas eucaristías, asistimos a foros sociales, hacemos reflexiones profundas sobre la justicia, buscamos un conocimiento más profundo de los Evangelios, defendemos los Derechos humanos, estamos por una Ecología radical y mucha solidaridad con América Latina. Todas esas cosas son buenas, necesarias para mantener la tensión de la fe, pero insuficientes si no llegamos al bolsillo

 

¿Qué más podemos hacer? La exigencia fundamental es una exigencia de justicia social, lo mismo para creyentes que para  no creyentes. El punto decisivo, lo mismo para unos que para otros, es el de la propiedad, el del dinero. El problema es el bolsillo.

 

¿Qué pasa con el bolsillo? Que es un  tema tabú. Eso no se puede tocar porque saltan chispas. Tocamos lo más sagrado que hay, la propiedad privada. Es lo propio de la mentalidad capitalista. Mi dinero es mío ha sido fruto de l trabajo de toda mi vida  y hago con él lo que me da la gana. Y nos cuesta trabajo ver que las necesidades básicas de la mayoría de la gente no están cubiertas. Cada Ser Humano es igual a otro Ser Humano, las personas empobrecidas tienen la misma piel que tu y que yo. No es fácil exigirnos lo que nos corresponde a cada uno de nosotros, creyentes o no, en conciencia, por estricto deber moral, no por imperativo legal de la hacienda pública.

Nos podíamos preguntar, si queremos ser coherentes con la opción por las personas empobrecidas, ¿qué es lo que arriesgamos los creyentes de izquierdas?  Mientras no nos toquen el bolsillo, somos un ejemplo de compromiso sociopolítico. Repito, el punto clave de la ética y de la fe en Jesús es el bolsillo, no solo las tertulias cristianas, la celebración de la eucaristía o las clases de Biblia y los compromisos sociales; todo eso también es muy conveniente, es necesario, pero no es suficiente.

 

Jesús dijo claramente (¿de forma simplista?): “No podéis servir a Dios y al dinero”. “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme”.  Darlo a los pobres, dice Jesús, no a la familia o a los amigos y amigas. Servir al dinero es lo que hacen muchos que se identifican con los objetivos del capitalismo liberal, propio de la derecha, como es el deseo de acumular beneficios, no de repartir o de compartir. El dar de comer al hambriento no es sólo un imperativo ético de justicia distributiva, sino que al mismo tiempo, para los creyentes, es una exigencia de fe. Es un postulado evangélico que se preocupa de los últimos. No se puede servir a Dios y al dinero, a la propiedad. Nosotros y nosotras vivimos muy bien, muy cómodamente, pero hay muchísimos millones de personas que no viven, que se mueren cada día de hambre o de miseria o todo junto, o que se van muriendo lentamente. Tenemos de todo, no nos falta de nada, y la mayoría de los Seres Humanos apenas tienen lo necesario para vivir.

 

En un cartel de la comunidad de Sto. Tomás de Aquino, ejemplar en  muchos aspectos, dice lo siguiente: “No os canséis de dar, pero no deis de las sobras, dad hasta sentirlo, dad hasta que duela”. Dar de lo que tenemos en la cuenta corriente, dar de la pensión, de lo que tenemos, si es mucho, mucho, si es poco, poco. Pero siempre dar. Si en el 31 de diciembre tengo más dinero en mi cuenta corriente que en enero de ese mismo año, se puede decir que me he enriquecido, pero no he compartido nada.  Es complicado crecer económicamente y al mismo tiempo ser solidario de verdad con las personas empobrecidas.

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