Colaboración: Sobre Sexualidad, Pederastia y Clericalismo

Jesús Bonet Navarro

El miedo a la sexualidad

Históricamente, una buena parte de los responsables de la institución eclesial católica no ha sabido gestionar nunca de modo positivo la sexualidad. Desde finales del s. I y, sobre todo, desde los ss. IV y V, el pensamiento teológico ha bebido más de la filosofía neoplatónica, gnóstica o estoica que del Evangelio. Esas filosofías, con raíces en los pitagóricos, Platón y algunos mitos, han marginado el cuerpo, la sexualidad y el placer físico por ser algo malo o sucio, un freno para la libertad espiritual.

La Iglesia ha tenido y tiene miedo a la sexualidad, y sobre ese miedo ha creado una moral obsesionada con el pecado sexual que muchas veces esconde altos niveles de hipocresía, de antinaturalidad y de incomprensión de las personas. Una moral que ha hecho mucho daño en los creyentes, aunque, afortunadamente, la mayor parte de los cristianos hace tiempo que se ha despojado de ese miedo y vive la sexualidad de modo positivo y libre.

Esa moral sexual pasó en la Edad Media al ámbito canónico eclesiástico y luego al dogmático con el Concilio de Trento, que pone la virginidad y el celibato por encima del matrimonio. Después vinieron catecismos, encíclicas y decretos en la misma línea.

Se puede intentar disimular, reprimir, ocultar, culpabilizar o sublimar la sexualidad. Intento inútil. La sexualidad pertenece a la esencia de los seres vivos y siempre aflora con fuerza, porque es una energía necesaria para el encuentro, para la vida, para el amor. Es muy difícil hablar adecuadamente del amor sin saber bien qué y cómo es el amor. Por eso, el empeño en reprimir y convertir en peligroso lo que de por sí es bueno sólo genera sufrimiento y patologías.

Es cierto que la sexualidad humana no es sólo un hecho biológico, sino que incluye la llamada a la ternura, al compromiso, al respeto, a la sensibilidad afectiva y a la relación personal. Pero, precisamente por eso, no puede tomarse el miedo a las desviaciones y a los abusos como pauta de referencia moral.

Pederastia en el ámbito eclesial

Digámoslo sin paliativos: la pederastia es: a) psicológicamente, una parafilia de carácter patológico; b) éticamente, una perversión moral; c) legalmente, un delito.

La víctima del pederasta es siempre un o una menor en situación de fragilidad o vulnerabilidad, lo que agrava el significado de la conducta –aislada o continuada- del  pederasta.

Aunque la incidencia de la pederastia es baja en el clero (a pesar de la resonancia que le dan algunos medios), la valoración del hecho no ha de ser sólo cuantitativa, porque la dignidad y la vulnerabilidad del menor tendrían que ser exquisitamente protegidas por la conducta personal del sacerdote o religioso. Por tanto, obra mal y delinque el pederasta, pero también quien lo encubre. Ambos han de asumir responsabilidades.

Dicho esto, no puede escaparse un dato sociológico de otro tipo. También hay intereses no confesables en algunos medios de comunicación o en el capital que los sustenta; no todo es trigo limpio. El papa Francisco resulta especialmente molesto a los poderes económicos por sus denuncias del neoliberalismo salvaje, la “economía que mata”, dice él. Emplear la pederastia de algunos curas o religiosos para desviar la energía de Francisco o para, supuestamente, taparle la boca es un arma útil a los que se sienten señalados con el dedo a causa de su egoísmo neoliberal, pero inútil ante un Francisco que tiene muy clara la esencia del Evangelio. No conviene olvidarlo. Lo uno no puede ocultar lo otro.

El mal del clericalismo

“El clericalismo es el peor mal de la Iglesia”, decía el papa en una entrevista el año pasado. La sacralización del ministerio (o sea, del servicio) otorga poder sobre las conciencias y también, a veces, poder social y económico. El celibato obligatorio tiene mucho que ver con ese poder; y la hipocresía, la casta, la marginación de la mujer, el dogmatismo y la intolerancia, también.

Bastantes miembros de una clase eclesial “virgen” han hecho atropellos en las conciencias y en la vida de los cristianos. En mal momento el traductor de Is 7,14 del hebreo al griego eligió la palabra virgen para traducir lo que en el texto original hebreo decía joven. La palabra virgen de ese texto mal traducido entró luego en los evangelios de Mateo y Lucas. Aunque éstos no pretendieron que la virginidad de la madre de Jesús se interpretara de modo biológico, porque el relato era sólo simbólico-catequético, la Iglesia la tomó en sentido literal, y de ahí se derivaron dos hechos importantes: 1) María ocupó el puesto que dejaban libre las diosas vírgenes-madres de los mitos y, en la práctica, ha sido y es adorada como tal (véase la cantidad de “vírgenes” por todas partes); 2) se ha elevado la virginidad o el celibato al supremo rango de pureza, de virtud inmaculada, de ideal sublimado y de antítesis de la sexualidad, con el añadido de que, míticamente, eso ha dado (esperemos que por poco tiempo) ascendencia y poder.

Celibato obligatorio o libre

Por amor a la verdad y a la justicia: no todos los sacerdotes lo viven así y tampoco todos tienen problemas con el celibato obligatorio (aunque debe ser libre), pero hay muchos (y entre los más jóvenes, más) que participan de ese clericalismo, de ese estilo de clase superior que está por encima del bien y del mal. ¡Qué peligro para entender el gran valor de la sexualidad y del verdadero amor humano!

No estaría de más reflexionar alguna vez sobre estas palabras de la carta a Tito: “Todo es limpio para los limpios; en cambio, para los sucios no hay nada limpio: hasta la mente y la conciencia la tienen sucia. Hacen profesión de conocer a Dios, pero con sus acciones lo desmienten” (Tit 1,15-16).

2 comentarios

    • Antonio Zugasti
    • Antonio Zugasti en 23 noviembre, 2018 a las 15:58
    • Responder

    Me parece muy bueno y muy necesario el artículo. Es fundamental dar una visión positiva de la sexualidd a una humanidad que oscila entre la represión, la comercialización y la obsesión.

    • Felisa en 23 noviembre, 2018 a las 11:30
    • Responder

    Muchas gracias por esta aportación que arroja LUZ con palabras sencillas pero tocando la profundidad del tema. Es constatable en el día a día que cuando por dentro estás sucio, contaminas todo lo que te rodea haciendo daño a los demás a uno mismo. Gracias de nuevo.

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