Ciudadanos en un mundo sin fronteras

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Editorial

Vamos a dedicar los cuatro números de la revista Utopía del año 2007 a la construcción de un mundo sin fronteras. En estos momentos de globalización salvaje, lo único que no conoce límites y se mueve con absoluta libertad es el dinero. Todo lo que no sea dinero, sobre todo si está vivo, choca con las fronteras más duras y mortales que se han conocido en la historia. Hace unos años el símbolo ominoso de las fronteras injustas y asesinas era el muro de Berlín. Cayó por la presión de los ciudadanos  y se han levantado otros muros más mortíferos, unas veces como muros de hormigón, como en Palestina o en el Sur de Estados Unidos, otras veces como muros burocráticos, otras veces por el control de las costas marinas, como en España, donde mueren en pocos meses ahogadas más personas que las que murieron en el muro de Berlín a lo largo de toda su historia. Y el baño de sangre y lágrimas sigue sin que nos afecte mucho a la conciencia.

Este primer número de 2007 lo dedicaremos a la ciudadanía, que debe ser base de la igualdad de todos. En los tres números siguientes analizaremos la laicidad, (un mundo sin fronteras religiosas), la emigración (que es la principal afectada por las fronteras en todo el mundo y también en España) y el mestizaje (fruto de la ruptura de las fronteras) 

Dedicamos este número a la ciudadanía. Narran los Hechos de los Apóstoles que el comandante romano ordenó azotar a Pablo. “Mientras lo estiraban con las correas preguntó Pablo al capitán, que estaba presente: ¿Os está permitido azotar a un ciudadano romano sin previa sentencia? Al oírlo el capitán fue a avisar al comandante: mira lo que vas a hacer, ese hombre es romano. Acudió el comandante y le preguntó: dime,¿tú eres romano?  Pablo respondió: Si. El comandante añadió: a mí la ciudadanía romana me ha costado una fortuna. Pablo contestó: pues yo la tengo de nacimiento. Los que iban a azotarlo se retiraron enseguida y el comandante tuvo miedo de haberle puesto cadenas siendo ciudadano romano” (Hechos de los Apóstoles 22,25-29).  

El concepto de ciudadano que ahora tenemos viene de Roma y de Atenas. Los ciudadanos atenienses, (Atenas era una Ciudad Estado) eran los oriundos de Atenas. Ser ciudadano ateniense suponía gozar de una serie de derechos civiles y políticos. Sólo los ciudadanos podían intervenir en la Asamblea, que era el órgano político que detentaba el poder. Sin embargo la ciudadanía no implicaba la igualdad de derechos, porque los ciudadanos se dividían en 4 clases sociales. La más baja de estas clases , la cuarta,  tenía voz, pero no voto. La tercera clase no podía ocupar el cargo de Arcontes (hasta la reforma de Pericles).Sólo la primera y segunda clase tenían todos los derechos políticos. En Atenas, además de los ciudadanos convivían los esclavos (que no tenían ningún derecho) y los extranjeros (que no tenían derechos políticos ni algunos derechos civiles).  

. Esta concepción de la ciudadanía se transmite a Roma en la que sólo los patricios tenían todos los derechos y sólo ellos podían tener cargos públicos y pertenecer al senado. El Pueblo Romano, la Plebe, mantiene una fuerte lucha por conseguir la plenitud de los derechos ciudadanos. 

La ciudadanía venía por la sangre: los hijos de ciudadanos eran ciudadanos. En Atenas durante un tiempo se excluyó de la ciudadanía a los hijos de madre extranjera, aunque el padre fuera ateniense. 

Los ciudadanos romanos eran los oriundos de Roma. Poco a poco tras muchas luchas la ciudadanía romana se va extendiendo al Lacio, luego a toda Italia y finalmente a una serie de ciudades extendidas por todo el Imperio. Una de estas ciudades era Tarso y por eso Pablo era Ciudadano Romano de nacimiento. El Comandante lo era por dinero. La Ciudadanía se podía comprar.(Hoy en día no se puede comprar, pero si eres rico obtienes los papeles sin problemas y con algo de tiempo pides la nacionalidad y te la conceden.) 

Nos hemos detenido en esta concepción de la Ciudadanía porque es la base de nuestra ciudadanía: los mismos problemas y la misma lucha por los derechos de todos. 

En nuestra civilización Occidental durante toda la edad media y la moderna continúa la misma concepción de la ciudadanía: El lugar de los patricios romanos lo ocupa la Nobleza y el Clero, que gozan de todos los derechos, el pueblo sigue con derechos restringidos y luchando por los derechos ciudadanos, los esclavos, que no tienen derechos, siguen existiendo hasta entrado el siglo XX y finalmente, los extranjeros .

A lo largo de toda la historia la lucha ciudadana ha tenido dos vertientes: la primera es la lucha por la ciudadanía y la segunda la lucha por la igualdad  de todos los ciudadanos.

Y en estas estamos todavía. La ciudadanía supone igualdad de derechos para todos. Por esto se está luchando desde la revolución francesa que impone los derechos del ciudadano, sea noble o clérigo o sea plebeyo. La igualdad de los ciudadanos supone la extinción de los privilegios de el clero y de la nobleza. 

En el Siglo XXI los más llamativos privilegios de la nobleza (incluido el derecho de pernada, vigente durante siglos)  y del Clero (como cobrar diezmos y primicias) han desaparecido, pero todavía no hemos llegado a la igualdad de derechos ciudadanos.

Todavía en nuestra sociedad hay ciudadanos de primera, ciudadanos de segunda, ciudadanos de tercera, extranjeros con papeles que no tienen derechos sino permisos, y extranjeros sin papeles, que son los esclavos del siglo XXI, algunos sobre todo mujeres, auténticas esclavas por deudas. 

Esta es la situación que pretendemos arreglar exigiendo la ciudadanía sin fronteras para todos los seres humanos.

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