Cincuenta años de desarrollo y contaminación

Javier Domínguez 

Para los que tienen o tenéis menos de cincuenta años, es decir, para la mayoría de los que ahora vivimos, 1955 es un año remoto, casi tan remoto como los dinosaurios. Sin embargo, si estamos interesados y preocupados por la degradación de la tierra y por el desarrollo sostenible tenemos que estudiar lo que ha ocurrido desde 1955. Quisiera ayudar con mi experiencia (yo tenía 26 años en aquellas fechas) y aportar unos datos que nos ayuden a la reflexión. En 1955 España era un país pobre, muy pobre. El salario mínimo, que sólo cobraban los que tenían trabajo y no había seguro de desempleo, no llegaba al dólar diario. A los que trabajaban para los americanos en la Base de Rota les daban tres dólares y eran unos privilegiados en la clase obrera. Ahora hablamos de los pobres, los que no llegan al dólar diario. Nosotros éramos uno de ellos. Los niños trabajaban de pastores o en las faenas agrícolas desde los seis o siete años. En muchos pueblos no había luz eléctrica. Se alumbraban con carburos o quinqués. Teléfono sólo tenían los ricos. En muy pocos sitios había agua en las casas. Se iba a diario a la fuente con cántaros.

Sin embargo, la tierra estaba limpia. En la Sierra de Guadarrama, a la que íbamos los madrileños en un tren que tardaba dos horas y pico, con una tortilla de patatas, se podía beber agua de cualquier arroyo sin problemas. La gente se bañaba en el Jarama, que llevaba el agua limpia (Sánchez Ferlosio escribió una muy famosa novela titulada El Jarama, que lo describe). En el Henares se cogían cangrejos a espuertas. El Manzanares era cristalino hasta el momento en que la cloaca entraba en él, sin depurar y se convertía en un río muerto y maloliente hasta Aranjuez o incluso Toledo. Vaciamadrid, llamaba la gente a su confluencia con el Jarama). Olía a Kilómetros. Todo Levante eran pueblos de pescadores. Tardarían pocos años en que los especuladores empezarían a comprar tierras valdías junto a la playa, hasta llegar a lo que ahora es. Las calas llenas de pinos escondían rincones paradisíacos; sobre todo en la Costa Brava. Pronto arderían. Las Rías Gallegas estaban llenas de vida. Las playas llenas de navajas que la gente no cogía ni para merendar. Se cogían almejas, pulpos, nécoras, incluso centollos entre las rocas. Los pescadores de bajura traían la barca llena en poco tiempo. Incluso algunos llevaban una red a unos quinientos metros de la playa, la dejaban allí un rato y luego tiraban de ella y llegaba a tierra llena. Las Rías eran un lugar privilegiado para la vida marina, sobre todo para el marisco.

La Manga del Mar Menor era un lugar solitario. Lo visitaban los pescadores que tendían sus redes en la comunicación de los dos mares.

La degradación que ha sufrido esta tierra en los últimos cincuenta años (ya no hay ni sardinas en el Cantábrico, y la anchoa está a punto de desaparecer) es impactante. Todas las aguas están corrompidas en mayor o menor grado.

Pero, por otra parte, comemos todos los días, los niños van a la escuela, tenemos luz, agua corriente, nevera, prácticamente en todas las casas. Tenemos coche incluso los obreros y los jubilados; algunos pocos extranjeros ya van teniendo coche y comprando casa. El aire acondicionado es cada vez más normal…

Creo que ha llegado el momento de pararse, reflexionar, plantearse un desarrollo global.

Si todos los países que tienen gente hoy en día que no llega al dólar diario, se plantean un desarrollo como el nuestro, mientras nosotros seguimos multiplicando la contaminación, nos cargamos la tierra. Es necesario un planteamiento global. Hay algo absolutamente claro: esto no se puede dejar al mercado. No existe la mano invisible que todo lo arregla. Tampoco se puede dejar a los imperios, que sólo van a explotar para propio provecho y mucho menos a los constructores de armas, que deberían ser los primeros en desaparecer con vistas a un desarrollo sostenible.

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