CELEBRAR LA FIESTA CRISTIANA

José Ramón Campos

Educador y sacerdote.

             Son muchas las alegrías y los gozos que los creyentes podemos compartir. El cristiano vive y disfruta cada día la experiencia clave de la fe: el sentirnos ya salvados. A pesar de nuestros condicionamientos humanos y de las pesanteces existenciales la esperanza nos hace vivir ya el acontecimiento pascual. El Reinado de dios está ya entre nosotros y su Providencia nos ayuda a cambiar el  llanto en alegría, el egoísmo en amor, las injusticias en solidaridad y la tristeza en cantos de alabanza.

            En muchas comunidades rurales se siguen entonando el día de la fiesta los cantos llamados “gozos”. Son estrofas que exaltan la vida de los santos desde una 60 pg 23perspectiva lúdica y animan a los fieles a seguir  peregrinando con optimismo frente a las rutinas del resto del año. El camino de la vida cristiana es forzosamente pascual y optimista o no es el camino de un verdadero creyente.

            Son interminables los motivos de alegría que hoy no ofrece el seguimiento del Evangelio en nuestro contexto actual de miedos, depresiones y amenazas  violentas que nos acechan: la constatación empírica del amor de Dios que nos abraza y nos acompaña aquí y ahora, en este espacio y tiempo dolorosos que nos tocan vivir. La fe es una gracia y una seguridad interior que de El nos viene y nos mantiene en un sustrato de eternidad. Lo que hacemos tiene un sentido y un valor: quedará para siempre en la colaboración que hacemos a la llegad anticipada de nuestro Paraíso.

            El cristianismo como experiencia solidaria nos abre el gozo de existir y caminar con otros muchos hermanos. No estamos solos. Aún con ideologías diferentes y maneras diversificadas de ser y actuar, algo nos unifica por encima de las diferencias y nos invita a danzar acompasadamente, a bailar juntos en esperanza en el compromiso de la construcción de la ciudad futura.

            La fe como fuente de paz y serenidad interior, como descanso anticipado de nuestro espíritu en los bienes eternos, nos ofrece ése bienestar interno al que los místicos siempre nos animan a llegar y que no es otra cosa que la felicidad personal: la confianza de que nuestra vida y lo que traemos entre manos tiene sentido. Esa armonía vital, ésa quietud interior es el mayor fruto de nuestra fe y el mejor don que podemos esperar del Espíritu de Dios.

            60 pg 24Todas estas realidades las expresamos en la celebración festiva y compartida de lo que creemos e intentamos vivir. La fe es una fiesta interior que expresamos y celebramos con los otros hermanos. Nuestra salvación y la promesa de una vida más auténtica para todos nos hace rebosar de felicidad. Esto es nuestra mayor fiesta. Una fiesta que no debería tener fin. De igual manera que los jóvenes reclaman sus fiestas y los grupos sociales se esfuerzan en encontrarse y compartir sus experiencias y éxitos vitales, nosotros los cristianos hemos de hacer de nuestras creencias y celebraciones una fiesta continua. Si nuestras comunidades no viven la experiencia evangélica como festiva será muy difícil que hagan vivo hoy al Señor en esta sociedad.

            Un sencillo análisis de nuestra iglesia nos llevará a afirmar que hoy tanto el discurso de la jerarquía como el de muchos eclesiásticos no es precisamente de ilusión, de esperanza y de fiesta, el color negro que se vuelve a poner de moda en las vestiduras expresa muy bien el pesimismo y el cansancio que se cuela por sus palabras. Y  las celebraciones parroquiales en su gran mayoría no transmiten la fiesta de Jesús y de la fe pascual que tendríamos que publicitar. Muchos de nuestros contemporáneos vinculan hoy lo eclesial sólo con el espacio de la muerte, de misas de difuntos, de entierros y de lágrimas. Pocos llegan a vivir su experiencia cristiana desde el placer, el baile, la plenitud, el amor o la diversión, en un clima de alabanza festiva y plenificadora.

             Me atrevería a señalar algunas propuestas  imaginativas para que entre todos recuperásemos el sentido festivo de la fe y de nuestra vida.

–         Ante todo nuestro lenguaje tendría que ser más positivo y optimista. Abandonar esos discursos abstractos y serios sobre la verdad, el dogma, los legalismos y expresar algo nuevo: tratar los temas que realmente afectan y preocupan a las personas con un tono vitalista, de confianza en los valores humanos y de apoyo asertivo hacia todos.

–         Seguir avanzando en el cuidado de los espacios, ritos y maneras en nuestras celebraciones cultuales y en la vida diaria, dando un tono de alegría, de belleza, de cuidado de la ambientación, haciendo que nuestros signos y palabras sean humanas y acogedoras.

–         Educar a nuestros creyentes en la risa y en el buen humor, relativizando las posturas rigoristas y serias, haciendo una casa común en la que seamos aceptados como hijos de Dios por encima de nuestras diferencias. Tenemos que recuperar el sentido del humor y tolerancia que tiene el Evangelio.

–         Hay que dar más variedad a las celebraciones y a la vida delas comunidades, ofreciendo otros lugares de encuentro y escucha, manteniendo espacios y actividades de comunicación y cercanía, participando en los actos culturales de los barrios y asociaciones, colaborando con todos los que de buena voluntad trabajan por los demás.

–         Hemos de favorecer las actividades lúdicas que nos hagan recuperar el arte, la salud, el gozo de vivir, los viajes, el ejercicio corporal, el yoga…todo lo que contribuye a encontrarnos y descubrir el gusto por la vida.

Hoy más que nunca los creyentes estamos llamados a ser ánimo, consuelo y esperanza para todos. Sin un sentido profundo de los festivo nuestra fe resultará infructuosa. Hagamos algo por recuperar y transmitir el gozo de la Pascua de Jesús. Nos va en ello nuestro futuro. Estamos de fiesta con Jesús. Ojalá lo experimentemos y sepamos comunicarlo a este mundo desalentado y aburrido.

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