Catalina Martín Pérez

Como Tengo este espacio,  voy a deciros esto: Tenéis que tener en cuenta que camino para los 92 años. A mi casa ya no puedo ir no siendo acompañada y no siempre puedo hacerlo. Y tanto Alandar como Utopía la sacan del buzón y, con algo de suerte, vienen otra vez a dejarlas. Y si la mandáis a la residencia, no me dan muchas cartas… Me duele tener que deciros esto, pero debo hacerlo: no me la mandéis más. No es que esto quiera ser una despedida definitiva, pero quién sabe. No dejéis nunca de trabajar en ella. Es el oxígeno de muchos espíritus. Siempre os recordaré con cariño.

 PD. Si queréis aprovechar algo para la próxima edición, hacedlo. Si algo vale, pues lo hacéis, y si no, que sepáis que me habéis ayudado a seguir siempre, y también quiero compartir con vosotros estos recuerdos míos y que surgen al leer lo que será mi última revista. Gracias.

             Catalina, de Comunidades Cristianas Populares de Carabanchel (Caño Roto),  está actualmente en una residencia de ancianos de Toro (Zamora). Comenta en una larga y entrañable carta cada uno de los artículos del último número de Utopía 67. Todos le gustan, los pone  por las nubes. También cuenta algunos episodios de su vida donde descubre un corazón humanamente muy rico y compasivo. A su edad no se olvida de nadie que sufra: ni de los presos a quienes dedicó gran parte de su vida, ni de las pateras, ni de los niños de la calle…

 A este propósito,  cuenta ella: “una Nochebuena que me invitó a cenar mi hermana que vivía en aquellas torres que se iban levantando, oímos cantar villancicos en la calle y nos asomamos a la ventana. Desde el 5º piso se veía un grupo de niños, payos y gitanos,  mal vestidos, muertos de frío, caritas de hambre y ¡cómo cantaban! Y me dice mi hermana: “ya los verás esta noche en la misa”. Así fue. La misa se celebraba en un local que solo tenía tres paredes, sin sillas ni bancos. Y cantaban con una alegría…Yo en cambio me pasé un buen rato llorando de emoción. Decía yo: ¡cuánta miseria!, ¡Y cuánta fe! Y aquella misa y aquellos niños heladitos de frío.. Lo teníamos nosotros que íbamos abrigados! Pero es que entraba la nieve por el lado que no tenía pared. Y la gente llenando aquel local. En el momento de la elevación,  la gente quiso arrodillarse, pero el sacerdote dijo: “¡Eso no! Bien sabe Dios el sacrificio que estamos haciendo. ¡Cómo consentir que se arrodillen en la nieve!… Todo esto me quedó grabado en el corazón.    

 ¡Felicidades, Catalina, por esa vida tan plena de humanidad y de sentido!

 Equipo de Redacción de Utopía

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