Carta de una catequista (ex)

A su atención:

 Amigos de Utopía:

 Soy lectora de la revista desde hace varios años. Hasta hace casi dos meses era catequista de jóvenes que se preparaban para la confirmación en mi parroquia. Como estoy convencida de que hay que atreverse a pensar y a hablar cuando se tiene conciencia clara de algo que merece la pena, hablé en varias reuniones con los jóvenes sobre la necesidad de igualdad, dignidad y posibilidades de la mujer en la Iglesia, sobre que el centro del mensaje de Jesús era la lucha por la justicia y el ponerse del lado de los que nadie quiere, sobre la sexualidad como elemento necesario para el equilibrio de la persona y, además, aconsejé a los padres de los jóvenes que leyeran y comentaran con sus hijos el libro “Jesús” de Pagola; eso y otras cosas parecidas.

Cuando alguien se lo contó al párroco, éste me prohibió autoritariamente seguir de catequista en la parroquia: “Usted confunde a Cristo con un revolucionario como Che Guevara” (textual), “usted no acepta las tradiciones de la Iglesia sobre el papel de la mujer” y, además, “se le ocurre recomendar la lectura del libro de un hereje”; “usted no puede ser catequista”; “lo he consultado con el obispo y opina lo mismo”.

Al principio me dolió, pero luego pensé: ¿Qué tipo de evangelio lee esta gente? ¿Cómo es posible que estén tan enfermizamente obsesionados con el sexo de los demás –quizá, digo yo, por celos de quienes sabemos disfrutar de la sexualidad- y no digan una sola palabra sobre temas tan acuciantes como la reciente reforma laboral, los desahucios, los injustos centros de internamiento para inmigrantes, el machismo en la vida de pareja, la mentira política institucionalizada y cosas por el estilo? Es normal que no quieran catequistas que pongan en cuestión sus mentes oscuras.

Así es que me apliqué con alegría la frase del evangelio “Cuando no os acepten en un lugar, sacudid el polvo de vuestros pies y marchad a otro lugar”, y me marché, feliz, con la música a otra parte. Pero las actitudes como la de mi párroco no van a alejarme de creer aún con más firmeza en el mensaje revolucionario -¡pues claro!- de Jesús.

Cristina Blanco

 

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