CARTA DE PABLO A LOS CURAS OBREROS

Mariano Gamo

 XIV Encuentro de Curas Obreros

Queridos Hermanos:

              Os recuerdo mi carta a Filemón en la que le encomendaba a su antiguo esclavo, Onésimo, a quien yo engendré en la fe, entre cadenas, y a quien alguno de vosotros consiguió afiliarle a un sindicato de clase. Ya sé que en estos días celebráis una reunión con ocasión del 25º aniversario del primer encuentro de curas obreros en España. Y ha sido idea del propio Onésimo, obrero una vez que dejó de ser esclavo, que yo os dirija un saludo epistolar a fin de animaros a sacar las conclusiones pertinentes de vuestra rica experiencia. Porque, aunque aisladamente seamos –yo el primero- “siervos inútiles”, sin embargo “todo lo podemos en Aquel que nos salvó y se entregó por nosotros”.

             Lejos de aquel tiempo de disputas con el primero de los Apóstoles y con la Iglesia madre de Jerusalén, quiero transmitiros unas reflexiones breves sobre el problema de fondo que, entonces como ahora, sigue siendo el mismo. Como bien sabéis, el ministerio de Pedro tuvo por destinatarios a los fieles provenientes de la circuncisión, mientras que los gentiles constituyeron –no sin serias tensiones con la Iglesia y la comunidad de Jerusalén- el campo de mi apostolado. Al final, el propio Pedro se asentaría en la capital del mundo y del orbe gentil, la Roma imperial. Es decir, Pedro se hizo de los míos.

              Hoy día, la clientela de la sinagoga eclesiástica se ha multiplicado por muchos enteros; pero no se ha quedado a la zaga el número de los nuevos gentiles de hecho que crece sin cesar. Vosotros, los curas obreros del siglo XX, habéis optado por seguir mi camino hacia el mundo de los que, aún procediendo sociológica y culturalmente del mundo de la antigua cristiandad, viven al margen de la sinagoga eclesiástica, cuando no la hacen objeto de desprecio y hostilidad. Y en consecuencia, muchos siguen persiguiendo, como yo mismo lo hice, a un Jesús al que desconocen. Yo tuve mi camino de Damasco y confío en que otros muchos también lo tengan.

              Si vosotros, en un momento difícil de la antigua Hispania –que yo visité, por cierto, tras desembarcar en la vieja Tarraco, según anticipé en mi carta a la Iglesia de Roma, a los romanos, como vosotros decís- fuisteis capaces de asumir el trabajo como forma y estilo de vida, hoy debéis perseverar en esa línea de honradez y de compromiso, aunque tengáis que pagar o seguir pagando el precio de nuevos anatemas. Hoy también debéis recapitular vuestra experiencia, de la misma manera que hace años pasasteis por distintas dificultades, e incluso por nuevas cárceles Mamertinas como las que yo conocí.

              Mientras os resulte posible, aprovechad las estructuras de la sinagoga eclesiástica; yo también lo hice en relación con la sinagoga judía. De las restantes, utilizad las posibilidades de las distintas sinagogas civiles, sindicales, políticas, asociativas, etc. –en las que no faltan personas de buena voluntad- hasta que llegue el día en que la fe en Jesús os depare nuevas formas de organización y autonomía para todos aquellos que confían en Jesús, en el Hijo del Hombre, que ha venido a salvarnos.

              Os saludan todos los que se embarcaron conmigo en la aventura de la misión entre los gentiles de mi tiempo, que suelen ser más o menos, mutatis mutandis, los mismos de ahora: Bernabé, Tito, Timoteo, Priscila, Aquila y otros muchos. Al final, hasta el mismo Pedro se vino a la capital de los gentiles. Que el Espíritu de Jesús os acompañe. Salud y trabajo.

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