CARTA DE LA SEÑORA MARÍA

Amigos:

He dictado esta carta a mi hijo, que la ha corregido. Yo leo mal y nunca escribí bien.

Yo soy viuda. Mi marido murió hace meses y estoy en silla de ruedas. Ayer me angustié. Vino a verme mi hijo Alfonso, que es comerciante y buen hijo. Traía un papel que me causó honda impresión: “salvemos la hospitalidad”, un manifiesto que había firmado ya mucha gente.

La ley, dice el manifiesto, va a poner multas de hasta 30.000 euros “a quien promueva la permanencia irregular en España de un extranjero, y la promueve cuando dependa económicamente del infractor”. Eso me leyó mi hijo. Me explicó que la ley quiere intimidar a los españoles para que no den apoyo a extranjeros sin papeles, es decir, que les hagamos la vida imposible, que se queden en la calle sin dinero, sin comida y sin casa y así se les fuerza a regresar a sus países o a morirse.

Yo tengo a Lucía, una chica del Caribe, me lava, me arregla, que soy coqueta, y me saca a la calle en silla de ruedas, me gusta hablar con gente del barrio. Ella tiene los papeles en regla y yo le doy un sueldo, cama y comida y pago sus seguros sociales. Hace meses llegó a España su marido, con lo mal que van las cosas se quedó sin nada y sigue sin papeles, a pesar de las colas que hizo. Ahora el marido duerme en el cuarto de Lucía, les cambié la cama para que quepan, un cuarto sin luz a la calle, pero es lo que tengo. Según mi hijo hay miles de personas que cuidan a extranjeros sin papeles, les acogen en sus casas, les buscan trabajo y papeles y no van a pagar multas por eso, ni un solo euro. Como yo. No pagaré una multa de 30.000 euros o 100 o lo que sea. Primero porque no tengo dinero, mi pensión es mínima y mi hijo me ayuda a veces, pero me da vergüenza pedirle. Si voy a la cárcel será un lío porque mi silla de ruedas es ancha y no cabe por muchas puertas. No se puede tratar así a los seres humanos, ponerles en la calle para que vuelvan a su país, pero si salieron disparados, como los de las pateras y otros que vienen de turista, al no tener trabajo o amenazarles, como a Lucía, un mangante se encaprichó de ella y escapó por pies. Además esa ley va contra la Constitución española, mi hijo tiene apuntados cinco artículos.

Yo soy católica. El párroco de mi parroquia, don Genaro, nos dijo hace días en la misa que Jesús ponía unas ovejas a la derecha y otras a su izquierda. Y a las que llevaba a su reino era “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, anduve sin ropa y me vestisteis, fui forastero y me recibisteis”, que yo procuro cumplir lo que dice Jesús, aunque a veces falle. Algunas amigas mías no van a la iglesia, pero dicen que harían lo mismo. Dos que tienen chicas como Lucía tampoco pagarán porque es un escándalo.

Mi hijo no tiene miedo. Dice que muchos que él conoce están asombrados de que en este país, y con un Gobierno socialista, se prepare una ley tan brutal. Ellos harán “objeción de conciencia” a esa ley injusta. Yo también hago objeción de conciencia, y espero que, siendo muchos católicos

como somos en este país, demos techo, alimento y ayuda y trabajo a esos inmigrantes sin papeles que hay en este nuestro país que también es suyo.

Con todo mi corazón

María

(Madrid, mayo de 2009)

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