Apoyos de mi esperanza

Esther López Ojeda

 Intento luchar día a día y con esfuerzo por esa “terca” esperanza a la que se refiere Casaldáliga. “Terca”, porque no se me hace fácil; porque es sencillo ignorarla e incluso negarla en un mundo donde, si me dejo llevar, termino en la apatía, en la sumisión, en los miedos. Y es “terca” porque, a pesar de todo, me resisto a olvidar que existe y a no luchar por ella, o no lo sé, quizá es ella la que no me quiere abandonar y me exige y me empuja a seguir hacia adelante.

Necesito de esta esperanza para mover los hilos de mi vida, para replantearme los hechos que suceden y las ideas, y así marcar los caminos que quiero seguir. Necesito de esta esperanza para obtener de ella la energía necesaria, para reintentar de nuevo las cosas, para no abandonar la lucha.

Y esta esperanza la encuentro en la idea del Reino de Dios y en la responsabilidad, que firmemente la tengo asumida en mi interior, de crear este Reino en la Tierra. La figura de Jesús es la referencia. La idea es tan bella y de magnitudes tan grandes que no puedo asimilarla en su conjunto, pero sí que me empuja a hechos concretos, muy pequeños e insignificantes a veces, y otras con el empeño de toda mi persona.

Y lo más importante es que esta creencia en los valores del Reino y de Jesús parecen rodearme y no abandonarme nunca (esta es la suerte que tengo). He atravesado épocas de fe más profunda y otras de fe tan ligera que rozaba el agnosticismo, épocas de lucha dentro de la Iglesia institución y otras de lucha cristiana fuera de la institución e incluso con rechazo a ella, pero siempre queda dentro de mí ese poso que me dice que hay que seguir hacia adelante, que estamos aquí para conseguirlo, o, por lo menos, para no dejar de intentarlo.

Aparte de las creencias, ¿quién en concreto me anima? El compromiso de las personas cercanas que conozco, la lucha y la entrega a algo que parece inaudito para “el resto del mundo”. El reconocer su constancia a pesar de las dificultades.

Me empuja también el contacto con los hermanos más pobres, como los presos (con quienes tengo la suerte de compartir un pedacito de vida), los perdedores de todo, que pagan los costes de nuestra sociedad lujosa. Ellos ponen la cara a todos los ropajes que me rodean de la sociedad materialista, a todas las máscaras, y me obligan a despojarme de ellas, no sin dolor ni de forma fácil, porque con su contacto me reafirman la existencia del Reino de Dios y me estimulan a cambiarme yo, a luchar por ellos y a no abandonar la Utopía.

Por tanto, necesito de los demás para mantener esta esperanza; sin ellos me encontraría perdida, y yo sola con mis ideas-mi fe no sería capaz de encontrar el rumbo.Y me es imprescindible el contacto con los desfavorecidos para que su cruel realidad me golpee en el espíritu y me incomode, empujándome a luchar por los valores del mundo que quiero construir. Esta es mi lucha diaria y mi camino, no sin dificultades pero llena de ilusión y esperanza necesarias.

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