Apostasía ¿por qué no?

DEME ORTE

(CCP. VALENCIA)

El 24 de Junio de 2006, dentro de la campaña “Jo no t’espere”, se celebró en Valencia un acto de apostasía masiva. Masiva, numerosa, enfrente del Palacio Arzobispal, que estaba bien cerrado. Yo, creyente, no fui a apostatar, pero estuve allí. ¿Por qué?Apostasía

En primer lugar, por apoyar el derecho constitucional de libertad de conciencia y libertad religiosa de las personas que quisieron apostatar y del colectivo que lo organizaba.

Además, quiero mostrar mi reconocimiento por la coherencia de las personas que apostatan. Es un paso que otras muchas no dan simplemente por inercia, por pereza o indiferencia. Muchas personas siguen siendo católicas bautizadas, pero no creen ni se consideran vinculadas a la Iglesia Católica. ¿Por qué no apostatan?

“Apostatar” en estos casos que conozco no es “renegar de la fe”por parte de personas que no se confiesan creyentes y en muchos casos no lo han sido nunca. Más bien es querer “borrarse de la Iglesia” porque no le ven sentido a estar inscritos en un “club” en el que no quieren estar y que rechazan.

Y quisiera mostrar mi comprensión para con muchas personas y grupos sociales, como las mujeres y las personas homosexuales, para las que la Iglesia Católica ha sido causa de mucho sufrimiento. Algunas la han dejado por eso y han experimentado una liberación. Otras siguen en la Iglesia pero viviendo con dificultades, a veces dramáticas, su doble condición de creyentes y de mujeres o de homosexuales. Ciertamente la Iglesia ha dado motivos y argumentos para no creer en ella. Es hora de reconocerlo y no de que se escandalice porque haya personas que la quieran dejar.

Además, mi presencia quiere apoyar también la reivindicación de que la Iglesia facilite el trámite de la apostasía, con lo cual entiendo que la Iglesia no sólo debe facilitar y no entorpecer el derecho de las personas a su opción no religiosa, sino que además creo que la Iglesia se haría un favor a sí misma: el de clarificar quién sí y quién no es y quiere ser Iglesia. ¿Por qué poner dificultades a quien no se considera en su casa y está, por tanto, de mala gana? La Iglesia reclama libertad religiosa para sí, pero pone dificultades en reconocer la de los demás.

No habría tanta apostasía si se entendiera que la fe es una adhesión personal, libre, consciente y responsable. No una “pertenencia” a una institución, ni una aceptación pasiva ni sumisa, y menos a ciegas, de unas creencias. Ello requiere superar una catequesis y una sacramentalización rutinaria, tradicional y sociológica.

Va siendo hora de que la Iglesia se dé cuenta de que ya no es tiempo de “cristiandad” sino de “laicidad”. Que ya no vale el argumento de que “la inmensa mayoría” de la población es católica, para con ello reivindicar privilegios en un Estado aconfesional y en una sociedad laica. La Iglesia ha de  autofinanciarse. Con ello ganará en transparencia, en libertad evangélica y en credibilidad. Es absurdo que se financie con impuestos también de no creyentes. Por eso las personas apostatas reivindican también que sus impuestos no sirvan para financiar a la Iglesia Católica.

Creo que la Iglesia tiene que comprender que evangelizar no es cristianar, que no es cuestión de conseguir adeptos; que el proselitismo de intentar captar y dificultar salir es más propio de una secta; no es extraño que muchas personas no creyentes vean a la Iglesia como una gran secta: hay rasgos que lo dan a entender.

No es verdad que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Dicho en castizo, también en la Iglesia sucede que “ni están todos los que son ni son todos los que están”. Hay personas de “dentro” que no parecen cristianas, y hay personas de “fuera” que lo son de hecho, por su comportamiento, aunque no lo sean por sus creencias o increencias. Considero que el Evangelio no es para “hacer cristianos”, sino “para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos; para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18).

Apostatar, ¿por qué yo no?

Soy creyente. Para mí la fe es un don, como la vida, como el amor…, que me hace feliz y da sentido a mi vida. Es la confianza en Alguien que sé que me quiere como soy.

Para mí la fe es también una opción personal, una adhesión a Jesús y a su Causa, que es la utopía de una Humanidad liberada. Es una fe utópica, que apuesta por lo que parece imposible pero anima a caminar y hacerlo posible.

Mi fe, además de personal, es comunitaria, compartida, vivida en comunidad. Para mí la Iglesia, a pesar de todas sus sombras, defectos y pecados, es la Comunidad, santa y pecadora, de quienes creemos en Jesús. La jerarquía es Iglesia, pero no es la Iglesia. Muchos cristianos y cristianas somos creyentes y somos Iglesia, aunque muchas veces no sea gracias a nuestros obispos sino a pesar de ellos, de sus doctrinas , de sus posicionamientos e incluso de sus testimonios personales.

La fe me hace relativizar la Iglesia, pues no es ella lo más importante, sino la Causa de Jesús,  que solemos llamar Reino de Dios y que va más allá de la Iglesia, y a quien la Iglesia debería servir. En esa Causa, que lo es de toda la Humanidad, los primeros son los últimos: los pobres, los excluidos de esta sociedad… son los preferidos.

Hay personas y grupos, creyentes o no, que están por esa causa de igualdad, de justicia, de solidaridad…, se llame como se llame. Por eso podemos ir codo con codo y hacer frente común contra la desigualdad, la injusticia, la discriminación…, aunque se vista de ropajes religiosos.

Curiosamente, hace poco, el Papa recomendaba alejarse de los que se alejan de la fe. ¿Por qué no se pregunta por qué se alejan de la fe? ¿Quién se aleja de quién?

Es por todo ello (y más razones) por lo que yo (y como yo creo que muchos creyentes), no apostato, ni renuncio de mi fe, ni me borro de la Iglesia, sino que me reafirmo en mis opciones. Pero ello no me supone distancia ni divergencia de quienes apostatan o de quienes no se consideran cristianas o cristianos, pero caminamos codo con codo en muchas causas comunes de justicia y solidaridad.

No apostatamos, pero sí discrepamos en muchos aspectos de la doctrina oficial de la Iglesia, en muchas normas y disciplinas, en la misma estructuración jerárquica, dogmática, patriarcal, clerical, eurocéntrica, vaticanista…. La disidencia no es sólo un derecho, sino muchas veces un deber de conciencia, y un compromiso de fidelidad al Evangelio de Jesús y a la opción por los pobres como prioridad; además de la libertad a que nos sentimos animados por el mismo espíritu de Jesús. No nos vamos de la Iglesia porque es nuestra; porque la consideramos nuestra nos duelen sus defectos y queremos que sea de otra manera. Creemos que”otra Iglesia es posible” y necesaria, y la estamos haciendo ya.

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