APALEADAS Y APALEADOS QUE ENCONTRAMOS EN EL CAMINO DE LA VIDA

 Amparo MADRIGAL VÍLCHEZ

 A lo largo de la historia de la humanidad nos encontramos con personas o colectivos asaltados y apaleados injustamente por otras personas o colectivos. Algunos se preguntan dónde estuvo Dios al momento de semejante injusticia, o por qué tolera tanta injusticia en el mundo. Desde mi perspectiva, la pregunta no es ¿dónde estaba Dios al producirse una injusticia?, la pregunta en cualquier caso sería ¿qué hacemos nosotros ante estas injusticias, qué nos pidió Jesús que hiciéramos al encontrarnos frente a ellas?

Diariamente, al leer o escuchar los diferentes medios de comunicación nos enteramos de infinidad de abusos de poder que se ejercen a cada momento. En este mismo instante mientras escribo, o tú lees este texto, se están cometiendo innumerables injusticias. De muchas de ellas no tendremos noticias, otras nos llegarán a través de algún medio de comunicación, y otras posiblemente las presenciemos y/o suframos en primera persona.

La gente asaltada o golpeada por las injusticias está por todas partes, sin embargo, a veces parecen ser invisibles, y todos y todas pasamos de largo, sin percibir el daño y el sufrimiento que se les está haciendo a la vida de estas personas y/o de estos colectivos.

Entre los y las apaleadas en el camino de la vida nos encontramos un amplio abanico de situaciones y personas que sufren esta violencia. Situaciones que pueden ser fácilmente identificables, por la sencilla razón que son golpeados en el sentido literal de la palabra; pero también nos encontramos situaciones en las que a primera vista no se reconocen como tales, porque se ejercen otros tipos de violencia, las cuales están tan “asumidas”, nos pasan desapercibidas y en algunos casos son interiorizadas por la persona o colectivo que las sufren.

Son apaleadas, víctimas de violencia, cientos de mujeres que mueren a manos de sus parejas o exparejas. Sufren de forma individual una violencia física, psicológica y cultural. Pero también somos apaleadas a través de la violencia estructural, y simbólica, todas las mujeres que desempeñando un importante papel en la vida cotidiana, se minusvalora e invisibiliza nuestra contribución al crecimiento social; así como cuando estando capacitadas para ejercer una profesión o vocación, se nos niega o dificulta su ejercicio por razón de género. (Ej., negación de la propiedad de la tierra, o el ejercicio de la aviación y navegación militar, conducción de transporte pesado, ambulancias, etc., y por supuesto: el sacerdocio).

Asimismo, se ejerce violencia simbólica sobre todas las mujeres al hacernos creer que la dominación del género masculino sobre el femenino “es lo normal o ley natural”. Que el rol establecido, esperado y deseado en las mujeres es el de la sumisión. Este tipo de violencia simbólica es aparentemente inofensiva e imperceptible porque logra interiorizarse como una creencia. Es ejercida sobre las personas sin que ellas sean plenamente conscientes de la misma, con la intención de disimular las relaciones de dominación y poder ejercida sobre la víctima.

Son múltiples los colectivos y las situaciones en los que los asaltantes ejercen violencia física, estructural y simbólica sobre otras personas, los más débiles, los “pequeños” en las relaciones de poder y dominación. Es el caso de algunas personas migrantes, quienes tienen que sobrevivir a situaciones físicamente crueles, y emocionalmente demoledoras; asaltados por los traficantes de personas que desprecian sus ilusiones de alcanzar el primer mundo, y les dejan abandonados y despojados en el camino (desierto, alta mar, puerto fronterizo, o club de alterne entre otros muchos escenarios del camino).

La violencia estructural sobre la población migrante se ejerce desde el mismo hecho de aplicar leyes migratorias que limitan la movilidad a las personas –derecho humano reconocido en la Declaración Universal–, mientras se eliminan las fronteras y el control al mercado capitalista. A esto se suma la creación de Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) y la aplicación de la Directiva Europea de Retorno, conocida como la “Directiva de la Vergüenza”, la cual permite que una persona migrante sin documentación en regla según la ley de extranjería puede ser retenida en CIE hasta 18 meses antes de ser deportada, manteniéndolas en un limbo jurídico, desprotegidas, maltratadas y criminalizadas por el simple hecho de encontrarse fuera del país de origen. Muchas de estas personas se habían visto obligadas a migrar y buscar refugio fuera de sus países, peligrando sus vidas si son retornados a su país.

La violencia simbólica ejercida sobre estas personas llega a ser tal que en determinados momentos llegan a sentirse culpables por haber deseado migrar para proteger su vida, o por haber soñado con mejorar su futuro y el de sus familias, responsabilizándose de cuanto dolor y desgaste han sufrido ellas mismas y sus seres queridos.

La interiorización del sentimiento de culpa insana y destructiva también se ejerce sobre un gran número de personas que viven con algún tipo de enfermedad grave, especialmente con los que conviven con enfermedades estigmatizadas socialmente; es el caso de las personas que viven con el virus de la inmunodeficiencia humana. A ellas se les culpabiliza por estar infectadas por un virus inicialmente asociado a una conducta hedonista. No hay razón alguna para la discriminación y rechazo de las personas que viven con el VIH/Sida o cualquier otra enfermedad, sin embargo, se les responsabiliza del supuesto alto costo de los tratamientos, a la vez que se ponen dificultades a la prevención del VIH y a la distribución y comercialización de fármacos genéricos en los países en desarrollo. A los asaltantes del camino no les importa el dolor de las personas enfermas y trafican con su anhelo de curación, ofreciéndoles infinidad de tratamientos mágicos que desgastan sus organismos y esperanzas.

La culpabilización y el estigma social también se utilizan con las personas que por las razones que sean, se encuentran privadas de libertad en algún centro penitenciario. Son muchas las mujeres y los varones que pudiendo gozar de permisos para salir de prisión durante un fin de semana, no lo solicitan ni disfrutan por la sencilla razón de no tener dónde ir ni a quién visitar fuera de prisión. Igualmente, las posibilidades de conseguir un empleo, una vez que se ha cumplido la pena de prisión, se reducen considerablemente por el simple hecho de haber estado en prisión, y a pesar que se haya cumplido la pena impuesta y se haya logrado el objetivo de reinserción social a través del estudio y formación laboral en prisión.

Muchas de las mujeres y varones internados en centros penitenciarios tienen unas historias de vidas asociadas a la marginalidad. Muchos de ellos ha crecido en barrios de acción preferencial (eufemismo utilizado para encubrir o maquillar la marginalidad). Barrios en los que los programas urbanísticos no se interesan ni siquiera por el mantenimiento de la limpieza, iluminación ni seguridad frente a las bandas de traficantes o expendedores de droga que deshumanizan las relaciones entre las familias y entre el vecindario.

Barrios en los que la violencia estructural se ejerce implacablemente, con altos porcentajes de paro, absentismo escolar, escasos servicios públicos de calidad y aumento progresivo de todo tipo de tráfico y trata (de armas, drogas, personas, etc.), y escasos programas sociales de educación y prevención de la exclusión social. La violencia simbólica se ejerce de forma que las personas interiorizan la marginalidad, pierden la esperanza de cambio y mejora e intentan dejar el barrio, pensando que el problema está en el vecindario y no en el sistema de opresión, de violencia estructural al que están sometidos.

El abandono a su suerte de muchos barrios, también se experimenta de una forma particular en otros sectores, como son los pueblos y los habitantes del mundo rural. El fomento de un modelo de producción a gran escala intensiva excluye a la población campesina, perdiendo poder sobre sus recursos, incapaces de competir con grandes empresas globalizadas, limitando la producción de determinados productos locales porque no son rentables según las prácticas del mercado. Situaciones que empujan a la población a emigrar a las ciudades, vaciando los pueblos de jóvenes, especialmente de mujeres, dejando únicamente a la población envejecida, quienes no se encuentran con fuerzas para reiniciar su vida en un entorno urbano.

El estilo de vida campesina, al igual que el estilo de vida de muchos grupos de indígenas que intentan continuar viviendo en el campo en armonía con la naturaleza, con un estilo de vida asociada al consumo responsable, y mantenimiento de saberes populares y ancestrales (artesanía, cultura, danzas, etc.) se encuentra hoy en peligro, apaleados y apaleadas por este sistema que genera violencias de todo tipo, ante las que podemos pasar de largo, o podemos curar, según sea nuestra libre elección.

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