A PROPÓSITO DE LAS FRONTERAS

He leído vuestro editorial del mismo N° 61 (‘Ciudadanos en un mundo sin fronteras’) y hay algúna diferencia, para mi importante, a nivel ideológico, que me incita a escribirles estas líneas.

Creo que es una herencia de ‘utopías’ hoy decaídas el hablar de «un mundo sin fronteras». Me parece que tanto desde el marxismo como desde las propuestas liberales y socialdemócratas nos han transmitido unas bases ideológicas en las que parece que la concepción individualista ha ido a converger con la colectivista: ambas han promocionado (aunque nunca hayan hecho nada por avanzar en tal sentido) la eliminación de las fronteras, en aras de una ‘sociedad humana’ de seres aislados -en la idea liberal y sus derivados- o de un ‘internacionalismo proletario’ que se quedó sin sujeto a medida que el proletariado iba perdiendo sus formas originales.

En ese camino nos hemos perdido el hecho básico de que el ser humano se presenta, a través de todas las épocas pasadas, en unos conjuntos (de variadísima índole) llamados ‘pueblos’. Estos pueblos han sido los auténticos sujetos de la historia.            .

Entre las aportaciones de Carlos Marx, creo que la primera es la que obliga a observar la realidad que tenemos delante, tanto la visible como la que está escondida. Y si miramos la realidad de hoy, lo primero que vemos es que la única ‘supresión’ real de fronteras viene de la mano de la Interpol, de la CIA o de las multinacionales.

Si observamos a los pueblos de la periferia, lo que salta a la vista es que se les ha impedido desarrollarse como tales pueblos. Invadiéndolos, hostigándolos, negándoles toda posibilidad de autonomía, se les está empujando a atrincherarse en sus formas más tradicionales. Como sus economías, como sus formas políticas, como sus hábitos económicos, también se ha bloqueado su desarrollo cultural.

Nadie discute que, a nivel teórico, un mundo de poder tan concentrado como el de hoy requiere las alianzas más amplias que sean posibles entre los pueblos marginados. Pero estas posibles alianzas aparecen constantemente saboteadas desde el imperio y sus asociados. En general, lo que vemos es pueblos aislados, que luchan denodadamente, pero con pocas perspectivas de éxito, por defender sus culturas propias. Y estas culturas, no lo olvidemos, pueden crear caminos diversos en cuanto a formas sociales, políticas y económicas, sin que deban sentirse obligados a seguir determinadas recetas: ni las democracias impuestas -no adoptadas como modelo, sino impuestas a sangre y fuego y condicionadas por el poder imperial- ni las ‘grandes soluciones’ que han propuesto otras ideologías (las nacidas del marxismo, el fascismo, el anarquismo, etc.), deben valorarse como fórmulas universales y, por tanto, tampoco hay porqué defenderlas como modelos únicos, válidos para todos.

Hasta en Europa, poderoso agrupamiento de naciones asociado al imperio norteamericano, la fuerza de las identidades nacionales hace que una y otra vez fracasen los proyectos para darle una dimensión política unificadora al continente.

El proletariado ha ido difuminándose en nuevas formas económicas nacidas del capitalismo (muy lejos de haber desembocado en algún tipo de socialismo); y el individualismo ha naufragado en una sociedad que, hoy más que nunca, condiciona y somete al individuo a las necesidades del consumo y del mercado.

¿Por qué, entonces, seguimos pensando en términos de ‘clases’ o de ‘individuos’ y no terminamos de aceptar que los sujetos de esta etapa histórica siguen siendo, como en el pasado, los pueblos, que no han podido desarrollarse como tales, aplastados por el poder militar y tecnológico del imperio y sus aliados?

Desde esta perspectiva, la reivindicación de la ‘ciudadanía’ puede ser una manera legítima de mostrar las incoherencias, las falsedades y las trampas del poder, que constantemente promete unos derechos ciudadanos cada vez más amplios, mientras en la práctica los restringe progresivamente. Cuando recordáis las luchas por la ciudadanía en la República Ateniense o en el Imperio Romano, no hacéis más que refrescar la memoria sobre estructuras de poder que mantenían una amplia masa de esclavos sobre la cual los privilegiados ciudadanos ejercían una variedad de derechos. Y algo similar ocurre hoy, como bien lo refleja vuestro editorial. Pero me parece que es en las tres líneas finales cuando aparece un estereotipo: «Esa es la situación que pretendemos arreglar -se dice- exigiendo la ciudadanía sin fronteras para todos los seres humanos».

Por ese camino podemos caer en la trampa de reclamar, buenamente, que el imperio le dé un vaso de leche a todos los niños hambrientos del mundo (algo que algunos intelectuales creían que iba a ocurrir al cabo de las guerras mundiales del S. XX). De lo que se trata, a mi juicio, no es de reclamarle al poder metropolitano que ‘suprima’ las fronteras (que ya las arrasa cuando le interesa) sino de romper las ataduras que impiden el desenvolvimiento autónomo de cada pueblo y de cada cultura: una ‘biodiversidad’ que es lo primero que está matando Occidente. En un mundo hipotético de pueblos autónomos, en el equilibrio de una comunidad de pueblos en la que ninguno tenga poder suficiente para avasallar a los otros, las distintas culturas ya se apañarán para convivir. O al menos esa parece una ‘utopía’ más coherente con el pasado de la especie humana.

Horacio Eichelbaum

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