A propósito de la ordenación de Geneviéve Beney

He leído en el último número de Utopía las referencias a la reciente ordenación de Geneviéve Beney y quiero com­partir en esta carta algunas reflexiones al respecto:

Como miembro de la Corriente Somos Iglesia desde hace ya varios años, he sido testigo de largas y fuertes contro­versias en torno a este tipo de ordenaciones en el marco de los grupos internacionales que demandan una Iglesia más democrática y participativa.

Todos estamos de acuerdo en que la prohibición del sacerdocio para la mujer es una gran injusticia y una gran contradicción en la Iglesia Católica. Sin embargo, los procesos de discernimiento y de reflexión que han tenido lugar después del Concilio Vaticano II, tanto a un nivel teológico como en muchas comunidades y grupos, han llevado a situar tanto esta problemática como la del celi­bato opcional en el marco de un planteamiento más de fondo en el que se cuestiona la misma realidad del sacer­docio en relación con la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y el redescubrimiento de los ministerios en la comunidad.

 

Si bien es cierto que hay diversos colectivos que se cen­tran en la petición del sacerdocio para la mujer en muchos países europeos y americanos, lo que yo he vivido siempre en el entorno de Somos Iglesia ha sido la propuesta de una Iglesia de iguales sin discriminaciones, democrática y basada en realidades comunitarias y fraternas.

En este sentido, surgen interrogantes ante las ordenacio­nes que se están celebrando en los últimos años.

Más allá del gesto de desafío y transgresión ante la jerar­quía, me pregunto desde qué propuesta de Iglesia y sacer­docio se ordenan estas mujeres, si han sido elegidas de algún modo o enviadas por una comunidad, cuáles van a ser a partir de ahora sus «tareas pastorales» y dirigidas a quién , si van a ser vehículo de renovación en la Iglesia en la línea que he dicho antes, cómo se plantean ellas la autoridad y el servicio, etc.

Creo que el debate merece la pena y es una oportunidad más para reflexionar sobre la Iglesia que queremos cons­truir.

Raquel Mallavibarrena

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