A LOS CUARENTA AÑOS DEL VATICANO II

EL 8 de diciembre de 1965, día de la Inmaculada, se clausuraba el Concilio Vaticano II. Los que participaron activamente en la elaboración de los documentos, que aún viven, rondan los noventa años, como Díez Alegría. Los que tienen menos de cuarenta no habían nacido y, para ellos, es algo que pertenece a la historia. Nosotros queremos en este número de la revista, por una parte, hacer un balance de lo que supuso este Concilio para la Iglesia, y, por otra, estudiar los retos pendientes.

Hace cuarenta años la estructura de la Iglesia estaba anclada en el barroco y llevaba tres siglos rechazando todo diálogo y comunicación con la modernidad. La Curia Romana era una curia integrista y muchos de los obispos se oponían radicalmente a todo cambio. El Episcopado español y el Episcopado polaco en bloque desechaban los documentos conciliares y votaron en contra de los más importantes. Pero no pudieron frenar un verdadero huracán del Espíritu y salieron adelante documentos tan importantes como la Lumen Gentium (Constitución dogmática sobre la Iglesia) en la que la Iglesia es concebida como Pueblo de Dios; la Gaudium et Spes (Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual) en la que se defienden los derechos humanos y los derechos de los trabajadores, y se llega a decir que la huelga es un medio necesario para defensa de estos derechos; la Dignitatis Humanae Personae (Declaración sobre la libertad religiosa), que defiende el derecho a profesar cualquier religión. Estos fueron los tres documentos más polémicos. Se hablaba de una Iglesia en estado de cristiandad que pasa a una Iglesia en Estado de misión.

La oposición del Episcopado español en su conjunto es perfectamente comprensible. Los obispos habían sido elegidos por Franco (Franco elegía al obispo en una terna previamente pactada con el Vaticano, según el concordato). Gozaban de una situación de poder. La huelga era un delito y, según la ley fundamental de la legislación, debía regirse por la doctrina de la Iglesia. El Estado era confesional. El Concilio fue un pepinazo en la línea de flotación de la Iglesia española.

Los obispos latinoamericanos y algunos occidentales no quedaron plenamente contentos con los textos del Concilio y echaron en falta el compromiso con los pobres y quisieron hablar más de la Iglesia de los pobres que de la Iglesia Pueblo de Dios. Incluso un grupo de padres conciliares presentó un manifiesto de Opción por los Pobres que podéis leer en la sección de comunicaciones. Inmediatamente después de la Clausura del Vaticano II prepararon una Conferencia del Episcopado latinoamericano. Querían que fuera un Sínodo, un Concilio Regional convocado por el Papa, pero para entonces la Curia se había rehecho. Hubo un año de tira y afloja y, por fin, en 1968, en Medellín, se celebró la Segunda Conferencia General del Episcopado latinoamericano. Hubo obispos que se opusieron, sobre todo los argentinos, pero salieron adelante los documentos de Medellín, aprobados por el Papa, que suponen las bases de lo que se llamó y llama Teología de la Liberación.

El Concilio Vaticano II supuso un abrir las puertas y ventanas y un dar canchas a teólogos y laicos que habían estado machacados. Supuso una libertad interior colectiva. Había una gran opresión religiosa, un amordazamiento de las conciencias, un silencio clandestino… Todo esto saltó y vino la libertad.

La Iglesia como Pueblo de Dios, la responsabilidad de los laicos o seglares independiente de la de los obispos y sacerdotes, y autónoma, el nacimiento y florecimiento de las Comunidades de Base, el respeto a las demás religiones y el derecho a profesarlas, la defensa de los derechos humanos y de la justicia y el haber dado pié a los obispos latinoamericanos para que llegaran a la Conferencia de Medellín y abogaran por la Iglesia de los Pobres y la Teología de la Liberación…

Pero el neointegrismo formado por los cardenales más reaccionarios y por la poderosa organización llamada Opus Dei han intentado, y en gran parte conseguido, relegar el Concilio al baúl de los recuerdos y restablecer, en gran parte al menos, en la Curia Romana y en bastantes episcopados el neointegrismo católico.

En este número analizaremos los tres retos que todavía quedan: Encontrar el lugar de la Iglesia en un mundo laico y aconfesional, estructurar la Iglesia como Pueblo de Dios, y estructurar la Iglesia como Iglesia de los Pobres. Son las tareas pendientes del Vaticano II y los retos que nos aguardan. ¡Feliz Navidad’05!

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