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Queridos amigos de Utopía: Al leer el editorial del número de marzo de este año, he visto que pensabais dedicar alguno de los próximos números a la sexualidad, el amor, los placeres… y me ha encantado que lo hagáis.

Por intentar seguir las normas de la Iglesia sobre la sexualidad, he sufrido en otros momentos de mi vida escrúpulos, sentimientos de culpa, complejos de no poder evitar la mancha del sexo y muchas cosas más. Un día me di cuenta de que la sexualidad necesitaba sólo dos normas: el amor y el sentido común; desde entonces me sentí libre. Por eso, ahora, cuando veo que aparecen documentos del Vaticano o de algunos obispos con una idea tan negativa y represiva de la sexualidad, me pregunto: ¿sabrán lo que es el amor?; ¿o tal vez es que no saben lo que es el sentido común?; ¿o quizá es que les faltan el uno y el otro? No saben lo que se pierden; lo malo es que durante siglos han causado grandes sufrimientos a la gente. Siento pena por ellos, porque creo que la fe y el evangelio no nos llevan, a muchas cristianas y cristianos, a las conclusiones a las que llegan ellos, sino a otras muy diferentes y mucho más interesantes.58 Para leer 2

Me parece, pues, muy importante que todos los cristianos que vivimos con alegría y libertad nuestra sexualidad, que no somos pocos, nos posicionemos muy claramente a favor de una sexualidad creativa, profunda y libre en la que caben diferentes orientaciones sexuales (con todas sus consecuencias sin excepción) y distintos tipos de familia, en la que nadie haga de juez sobre la regulación de la natalidad que ejercen otros, en la que lo que cuente no sea sobre todo tener hijos, en la que estar divorciado teniendo una nueva pareja no sea motivo de marginación en la comunidad, en la que el celibato sea libre para quien se vea llamado a ello pero no condición para ejercer ningún ministerio, en la que nadie se escandalice porque se usen preservativos, en la que nadie piense ni de lejos que el placer es por principio malo y en la que las mujeres no seamos vistas como bichos peligrosos. Además, que quede claro que la única ética sexual posible (y buena) no es la religiosa.

¡Ah!… y me encanta pensar que la sexualidad, con todo lo que significa de cariño, ternura, placer, gozo y comunicación, es uno de esos anticipos que tenemos en esta vida de lo que Dios nos guarda en la otra.

Teresa Román

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