¿Todavía curas obreros?

XII Encuentro estatal de curas obreros

(Madrid, 19-20 junio 2004)

 Deme Orte Cura obrero

 Un amplio grupo de curas obreros hemos celebrado este encuentro estatal bajo el lema “vivir y compartir la esperanza dentro de un mundo en cambio”. Hemos compartido vida e inquietudes, hemos reflexionado, dialogado y orado. Al revisar la vida del colectivo nos hemos preguntado: ¿qué futuro tiene nuestra opción? Hemos aplaudido la reciente aparición del libro de Julio Pérez Pinillos sobre Los curas obreros en España y el proyecto de escribir otros libros. Y nos hemos vuelto a dispersar con la esperanza renovada y la alegría del encuentro celebrado. Los ejes sobre los que hemos reflexionado han sido estos:

 De Jerusalén a Galilea

La intuición básica de nuestra opción por los pobres hace tiempo la identificábamos con la clase obrera, con el proletariado. Hoy renovamos esa misma opción con nuevas presencias en nuevas precariedades, pues el pobre de hoy no es tanto el trabajador asalariado fijo, sino el de los nuevos trabajos precarios. El sistema neoliberal, además de explotación, produce exclusiones por doquier.

Nuestro carisma de curas obreros no está tanto en el entorno institucional, en el templo, en «Jerusalén», sino en «Galilea»: en la periferia, en la exclusión, puesto que la inmensa mayoría de la gente está ahí, en Galilea, no en Jerusalén. El mandato de Jesús «Id a Galilea; allí me veréis» (Mt 28,10) es una invitación a vivir el seguimiento de Jesús en la periferia, en una dedicación prioritaria a las nuevas pobrezas, y a vivir nuestra misión evangelizadora con los de fuera, con los de lejos, a quienes la Iglesia institucional dedica menos empeño.

 «Uno de tantos» (Filip 2,7)

La Iglesia en cuanto institución no se ha situado en el lugar social que le es más auténtico: entre los empobrecidos. Hace tiempo se dijo que la Iglesia había perdido a la clase obrera. Hoy experimenta un nuevo retroceso y repliegue sobre sí misma, con corrientes integristas y un neoconfesionalismo que le aleja de la mayoría. Ella se queja de la indiferencia religiosa, pero el lenguaje e intereses eclesiásticos resultan ajenos a la vida de la gente.

Nuestra opción de curas obreros nos ha llevado a situarnos en la escala más baja de la sociedad, asumiendo los valores de los de abajo, viviendo nuestro servicio en primer lugar como presencia («estar con», «vivir con y como…», acompañar), en un proceso de des-profesionalización del ministerio, viviendo de un trabajo civil, no religioso y desclericalizado, renunciando al status clerical que desclasa. Desde un estilo de vida sencillo y de austeridad compartida, procuramos impulsar un proceso liberador dentro de las organizaciones populares, sin protagonismo, estando en ellas como uno más y, a veces, como un «don-nadie». Desde esa presencia creemos en una Iglesia comunidad de iguales, en la que nuestro ministerio sea un servicio y no un privilegio. El misterio de la encarnación se convierte para nosotros en núcleo de nuestra espiritualidad y compromiso.

«Etsi Deus non daretur» («Como si Dios no existiese»)

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Con esta referencia del creyente Bonhoeffer nos referimos al convencimiento de que la secularidad es uno de los signos de nuestro tiempo a aceptar lealmente. Tenemos la sensación de que la jerarquía eclesiástica mira al mundo con reticencia cuando no con rechazo. Su mismo lenguaje resulta muchas veces ajeno a la gente de hoy. Parece que gran parte de la jerarquía está contra la sociedad secular y se siente atacada, queriendo recuperar una cristiandad donde tener el control y el poder, como en otros tiempos.

Creemos que la Iglesia tiene una misión evangelizadora, no de «cristianizar», sino de anunciar la Buena Nueva y trabajar por el Reino de Dios. Muchos cristianos y cristianas dentro de la Iglesia nos sentimos llamados más al servicio del Reino que de la propia Iglesia, más al anuncio profético y liberador que a la defensa del dogma y la institución.

Creemos que la sociedad actual tiene unas características de secularidad, de interculturalidad y mestizaje, que no sólo merecen respeto, sino que son ocasión para valorar lo humano en sí mismo, sin añadidos religiosos. Trabajar por la dignidad humana «como si Dios no existiese» es trabajar por el Reino de Dios, aunque no se exprese religiosamente. Para nosotros, creyentes, en lo más profundamente humano está Dios presente, aunque callado. La gloria de Dios es la dignidad humana. Por eso, nuestra presencia y nuestro compromiso en este mundo secularizado no es «confesional», sino «como si no fuéramos curas».

 «¿Dónde están los profetas?»

Creemos profundamente que la vida es el lugar privilegiado de la presencia y la acción de Dios. El profeta interpreta el paso de Dios por la realidad. Ese convencimiento nos lleva a un estilo de espiritualidad profundamente vital y vitalista. No una espiritualidad de mucha práctica religiosa, sino la espiritualidad que te quema con la pasión de Dios por los pobres.

Creemos (con Malraux y Rahner) que nuestro siglo será de místicos o no será. El mundo, la Iglesia y nosotros mismos necesitamos esa mística como fuente de nuestra espiritualidad. Dios es Padre-Madre en cuyo seno-útero lleva todo el universo; pero no somos «fetos» pasivos; el gozo de la Diosa Madre es vernos autónomos, aunque nunca nos deja de su mano ni rompe la comunión. Esa comunión de amor es la fuente de nuestra espiritualidad.

Por el Bautismo todos somos profetas y nos sentimos llamados a ser mensajeros y colaboradores del anuncio profético: en su dimensión de denuncia, desenmascarando la inhumanidad del sistema neoliberal y la injusticia presente en tantos ámbitos; y también anunciando positivamente la Buena Nueva liberadora para los pobres, sabiendo que anunciar no es sólo «decir», sino «hacer» con hechos significativos. Y como esa Buena Nueva nos hace felices al poder vivirla nosotros, nos hace también capaces de transmitirla con alegría.

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