¿IDENTIDAD O IDENTIDADES?

Mujeres y hombres multidimensionales

                                                                                                                                                                                           Jesús Bonet Navarro

 Identidad y seguridad

             Apenas salgo del útero de mi madre y ya me encuentro en otro útero social que comienza a ofrecerme pertenencias y señas de identidad para que me sienta seguro; señas y pertenencias que luego irán aumentando en número: me identifico con un cuerpo, un color de piel, un sexo, una familia, un paisaje, un idioma, un país, una cultura, una fe religiosa, unas aficiones…; es decir, tengo una identidad compleja que irá retocándose con el tiempo y que, en principio, me arropa como un edredón psíquico. Con ese mismo paso del tiempo, iré cambiando, probablemente, la jerarquía de los componentes de mi identidad.

            Psicológicamente, es patológico vivir sin identidad; pero también es patológico reducir la identidad a una sola pertenencia, vivida pasionalmente, con exaltación, con desasosiego o incluso con violencia.

            Toda identidad conlleva unos símbolos, pero el valor de éstos hay que saber relativizarlo; y también conlleva una mirada sobre los demás, mirada que nunca debería servir para encerrarlos en la prisión de lo que se considera peligroso y de lo que hace temblar nuestra seguridad. El susto continuo no puede ser un ingrediente de la vida, porque cuando “se multiplican los asustados, éstos pueden ser más peligrosos que el peligro que los asusta” (E. Galeano, Patas arriba, p. 79).

Necesitamos un fundamento, pero no hay que confundir fundamento con fundamentalismo. Necesitamos no perder la memoria, pero tampoco perder el futuro; una identidad basada exclusivamente en la memoria del pasado es incompleta. Además, puede haber una construcción artificial de la identidad: cuando la manipulación de la información y el adoctrinamiento construyen la realidad, es decir, se la inventan, esa construcción puede llevar a sospechar de otras identidades y a verlas como amenazadoras, cosa que suele provocar un violento enfrentamiento “preventivo” (una especie de “guerra preventiva”) con ellas.

Mi identidad, compleja pero frecuentemente cambiante, me hace diferente de todos, único en el mundo, porque cada historia y cada vida son diferentes; pero lo que a mí me proporciona seguridad no me da derecho a poner en peligro la seguridad de otros, que tienen también su historia y su vida.

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 Identidad, miedo y violencia

             El conflicto ha formado siempre parte de las relaciones humanas, y el asunto de la identidad de las personas y de los grupos ha sido una de las causas habituales de conflicto. Por defender con fuerza un único componente amenazado de nuestra identidad compleja podemos estar dispuestos a matar. Sentirse agredido en la propia identidad ha sido y es una de las justificaciones más comunes de la violencia, porque el miedo a perder la identidad o a verla victimizada, marginada o ignorada despierta alucinaciones de violencia y de destrucción de la identidad de los demás.

            La raíz más profunda del miedo es la angustia existencial, y una de las cosas que más angustia producen es la duda sobre la propia identidad o el peligro de que otras amenacen su existencia. Y miedo, lo que es miedo, podemos tener, en este terreno, a muchas cosas: a vivir libres y dejar que los demás vivan libres; al pluralismo cuando creemos que puede conllevar la pérdida de la propia identidad o de la propia significatividad dentro un conjunto de personas; a lo diferente y a los diferentes (a los que tienen otra identidad sexual, a los inmigrantes y a tantos otros); a que la realidad pueda ser de otro modo; al cambio; a no tener razones; a perder poder; a lo desconocido y al vacío; y a muchas cosas más. Y todo eso puede traducirse en violencia.

            Cuanto más dependemos de un solo aspecto de nuestra identidad y más miedo tenemos, más peligro existe de convertirnos en crispadores crónicos o de estar siempre crispados. En el fondo, “dime cómo dogmatizas y te diré de qué tienes miedo”. Cuando se asocia la verdad absoluta a una identidad, ésta se convierte en un fetiche, porque el fetiche, en este campo, no es más que una identidad radicalizada, y ésta lleva a la intolerancia, que no es más que “la angustia de no tener razón” (Sajarov). En defintiva, entre el miedo, la ignorancia y las identidades a golpe de emociones, tenemos servido el plato de la violencia con la salsa de la intolerancia.

 

Una identidad abierta

 

            Creo que otro humanismo es posible; un humanismo que, entre otros rasgos, pueda caracterizarse por una identidad multidimensional, una identidad abierta. Si no radicalizo ninguna de las dimensiones de mi identidad, tengo más posibilidades de ser libre y contribuir a la convivencia pacífica de todos los seres humanos, que tenemos en común, sobre todo, esa identidad que es de todos: la dignidad de seres humanos. Y esa identidad es previa a cualquier diferencia. Una identidad multidimensional me permite sentirme más cerca de unos en ciertas cosas de la vida y más cerca de otros en otras, pero sin imponer identidades ni aceptar que me las impongan.

            Tal vez, ese otro humanismo del que hablo podría llevarnos a otro modo de entender la identidad, con mucha más sensibilidad hacia todas las personas. Sería, citando a Amin Maalouf, “una identidad que se percibiría como la suma de todas nuestras pertenencias, y en cuyo seno la pertenencia a la comunidad humana iría adquiriendo cada vez más importancia hasta convertirse un día en la principal, aunque sin anular por ello todas las demás particulares”, “porque desde el momento en que concebimos nuestra identidad como integrada por múltiples pertenencias, […] se establece una relación distinta con los demás y también con los de nuestra propia tribu”. (Identidades asesinas, pp. 109 y 39).

            Parafraseando uno de los mensajes de Jesús en el evangelio (Mt 16,25), quizá podría decirse: “Quien quiera conservar a toda costa su identidad, la perderá; y quien, por amor a sus hermanos, esté dispuesto a no depender de ella, la encontrará”. Seguramente, es un modo de entender el mandamiento del amor.

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