EL QUE CURA ES TU PRÓJIMO

 Emiliano DE TAPIA PÉREZ

 La cárcel no cura, no reinserta, no recupera, no humaniza, no acompaña, “no es tu prójimo”. Tantos servicios llamados públicos y sociales no curan, no priman la dignidad de cada persona y su protagonismo, “no es tu prójimo”. El sistema educativo actual que no posibilita sentimientos y valores comunitarios, sino que son simplemente instrumentos y hábitos de competitividad, “no es tu prójimo”. Las religiones que hoy no llenan de esperanza, y continúan controlando conciencias y utilizando a su dios, “no son tu prójimo”. Los colectivos diversos de la sociedad que no acogen a los distintos/as, antes los/as criminalizan, “no son tu prójimo”. Los medios de comunicación que no nos dan más libertad, que simplemente nos entretienen y nos van ganando paso a paso para el pensamiento único, “no son tu prójimo”.

  Ver y sentir con apaleados por la vida y por la historia, nos indigna.

 Ver personas heridas y abandonadas a la suerte que otros y otras marquen, nos indigna.

 Acompañar a colectivos que se sienten impotentes ante la dureza de su situación para poder salir adelante, nos indigna.

 Ver el engaño con el que se dirige y gobierna nuestra sociedad, nos indigna.

 Ver la injusticia con la que se justifica cuanto aparece ante nuestros ojos, nos indigna.

 Ver cómo se nos intenta utilizar o se nos utiliza para defender sistemas socio-económicos radicalmente injustos y provocadores de desigualdad y violencia, nos indigna.

La indignación la proclamamos en plazas y espacios públicos. La indignación se expresa por escrito y se defiende con propuestas. La indignación nos lleva a la calle a lanzar reivindicaciones y denuncias. Puede que la indignación sea motivo de reflexiones, charlas y debates. Puede que hasta sea o haya sido motivo de oración y reflexión a la luz de la fe en grupos creyentes…

Sólo sentir la indignación, no basta. Tampoco así, de esta manera, solamente así, llegaremos a curar las hondas heridas que existen en muchos colectivos y personas.

Curar es humanizar

Situar al ser humano como centro; acompañar a las personas para que ellas mismas sean protagonistas de su recuperación, es humanizar.

Que nadie hable por nadie teniendo esa capacidad y posibilidad; que nadie utilice a nadie para su interés particular y privado; que nadie someta a nadie a sus decisiones; que las relaciones horizontales primen sobre las relaciones de arriba abajo, es humanizar.

J. L. Sampedro en uno de sus libros habla de una realidad que tenemos muy cercana; cómo desde la misma infancia, “antes de ir a un colegio o una guardería el niño ha recibido muchas imágenes sin hacer ningún esfuerzo”; convencerle que haga el esfuerzo de leer, es humanizar. Continúa diciendo que “la educación ya empieza muy mal y no me parece el mejor remedio amarrar al niño a un ordenador”; sin embargo, “aprender jugando en la calle, en el recreo, haciendo deporte, jugando entre seres humanos”, es humanizar, y por lo tanto, es curar.

Nos hemos acostumbrado a llevar a nuestros mayores a residencias, y la soledad más absoluta y la más inhumana frialdad, muchas de las veces, nos ha llevado a hablar de ellas como “jaulas de viejos”. En muchos casos se utilizan como negocio altamente lucrativo. Sin embargo, trabajar porque la persona mayor permanezca en su propio medio, que cuide sus raíces y costumbres, y que en la medida de lo posible pueda comunicar sus saberes, su historia y sus tradiciones, esto es humanizar.

En unas cárceles masificadas y utilizadas como instrumentos de amenaza para cuidar la seguridad del resto de la sociedad que no repara en renunciar incluso a derechos fundamentales en esa búsqueda sin sentido de la seguridad. Utilizadas igualmente para ser espacios de acogida a personas cuyos conflictos no ha resuelto la propia sociedad. Apostar, sin embargo, por denunciar e informar públicamente de cuanto sucede en ellas, el fracaso de los procesos de inserción, la injusticia que supone la presencia en ellas de muchas personas sin alguna actitud delictiva o el encontrarse en ellas sin posibilidad de solucionar la causa de su situación. La acogida como respuesta al abandono total al salir de los Centros Penitenciarios, o el apoyo y acompañamiento para favorecer la inserción; es humanizar.

Curar es defender

lo público

Las privatizaciones han sido, son y seguirán siendo un signo de identidad del sistema socio-económico actual. Se privatizan servicios públicos imprescindibles para todos los ciudadanos, con el único interés del lucro colectivo partidista y personal. Luchar por defender los servicios públicos sanitarios o educativos a los que gratuitamente acuden todos los ciudadanos; esto es curar.

Asegurar la acogida pública de personas discapacitadas a las que atender con cariño y asegurar su cuidado al faltar sus seres más cercanos, como derecho de esa persona y deber de la sociedad; esto es curar.

Procurar a través de pisos, alberges u organizaciones desde lo público; la acogida, el cuidado y el apoyo digno a personas de extrema precariedad, o abrir procesos de acompañamiento; esto es curar.

Lo público es imprescindible para atender las necesidades prioritarias de las personas a través de instrumentos como las rentas básicas universales; y esto es curar.

Defender lo público es apostar por una sociedad más igualitaria y por derechos sociales para todos y todas; y esto es curar familias y personas.

Cuidar lo público es participar activamente trabajando por el bien común y potenciar la cooperación, la sociabilidad y la convivencia; y esto es curar.

Trabajar lo público debe significar entender y conseguir un mundo y una sociedad como lugar de “gente buena”, tal como lo entiende y lo escribe L. Boff, “(‘la buena gente’) son personas que a pesar de todo han conservado su humanidad. Es aquella que en el trabajo, cubre el hueco del compañero ausente. Es aquella que no necesita ser religiosa, pero siempre muy respetuosa. Es la gente humilde que vive en los suburbios y se sienta en la plaza a charlar y a ver pasar la vida. Es la gente que afronta la vida con ánimo. Es la gente valiente, honesta y trabajadora. Es la que hace que el mundo vaya para adelante y que la sociedad funcione. La gente buena vive las virtudes simples y cotidianas”. En lo público es posible; y esto es curar.

Curar es apostar por lo comunitario

Lo comunitario será el espacio imprescindible para curar la situación de precariedad de muchas personas y colectivos. Será el espacio para afrontar, con la riqueza de la diversidad de todos y de todas, la curación del problema que supone el pensamiento único. Será el espacio para que la pobreza de grupos y personas sean curados con la aportación de todos y de cada uno a la mesa común en corresponsabilidad.

Lo comunitario será el espacio en el que viviremos la experiencia de poder curar a tantas personas heridas y aplastadas por el poder, posibilitando otro tipo de protagonismo y de relaciones humanas.

Lo comunitario, en definitiva, será quien dé sentido a la manera de buscar el encuentro de cada grupo creyente, con el Dios que libera y hermana.

La apuesta por lo comunitario necesita de unos instrumentos y de una manera de hacer distinta para que se pueda desarrollar esta opción humana de vivir. Veamos algunos ejemplos.

Raúl Zibechi, analista latinoamericano del momento actual, refiriéndose a la educación como instrumento extraordinariamente importante en lo comunitario, dice que “el espacio educativo no es sólo el aula sino toda la comunidad; los que enseñan no son solamente los maestros, sino todos los integrantes de la comunidad”. Entendida así la educación será sin duda un instrumento importantísimo en la comunidad para curar.

Este mismo autor, refiriéndose a la alimentación como otro de los pilares de la vida y de las relaciones en la comunidad, o aún más, como realidad importantísima a la hora de buscar otras relaciones en la humanidad y en el momento actual, plantea que “en la producción y la alimentación, se ha de buscar el autoabastecimiento y la diversificación para depender menos del mercado; hay que intentar que todos los productores dominen todos los saberes de la producción”. De esta manera la propia comunidad se autoabastece y satisface sus necesidades, curando así posibles graves situaciones de pobreza y precariedad.

Sobre la salud, otra dimensión imprescindible a cuidar en la vida comunitaria y personal de los seres humanos, el mismo autor dice que “hay que buscar que el médico no se convierta en un poder separado sobre la comunidad; debe intentarse que la comunidad y cada uno de sus miembros se re-apropien de los saberes expropiados”. Esta salud comunitaria sí que cura.

Otro autor, José Fernández, que tiene diversas reflexiones y escritos desarrollando la necesaria dimensión política de la persona y del colectivo, llega a decir que “la esencia de la sociedad comunal está en la capacidad que tenemos los seres humanos para mantener relaciones políticas y vivir colectivamente en formas comunitarias. La solidaridad humana sólo se materializará en la ayuda y el apoyo mutuo, colectivo y comunitario”. Y esta dimensión política desarrollada en la comunidad, ¡vaya que cura!

Algunos autores más, cuando en estos momentos de crisis plantean salidas, urgen para que las acciones transformadoras que se realicen se caractericen por el cuidado de la dimensión colectiva y participada, frente a liderazgos personales con la única pretensión de aparecer como vanguardistas y modernos.

Terminando, sólo habrá verdadera y auténtica curación cuando mi prójimo tenga conciencia clara de tener que acercarse al apaleado, de vendar las heridas, de montarlo en su propia cabalgadura, de llevarlo a la posada y de hacerse cargo de cuanto esto suponga.

Reconocer la condición humana del herido; acogerle como derecho de la persona; incorporarle como derecho social irrenunciable y acompañarle haciéndole partícipe, como uno más de la comunidad, eso es curar.

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